“Me identifico con los nadie porque soy uno de ellos”

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En cuanto la asistenta abre la puerta y él escucha que llegaron los invitados, desde el segundo piso de su vivienda, en el Upper East Side de Manhattan, lanza una exclamación: “¡Habéis llegado antes de hora”!

Que nadie piense que a Gay Talese, de 92 años, se le coge en fuera de juego. La casa está en perfecto estado de revista, los libros ordenados en las estanterías, ni una mota de polvo, las alfombras relucientes y el sofá de piel marrón brilla como si fuera recién comprado de esta tarde.

El anfitrión luce espléndido con su traje de tres piezas, cosa que, junto a su arte literario, también le ha hecho ilustre. No viste así para la ocasión. Lo hace a diario, incluso para estar en su hogar y ni que decir cuando sale de su domicilio aunque solo sea para ir a la siguiente esquina, “ahora con bastón”, advierte

Quién es

“Siempre me he sentido un ‘outsider’ mirando por los cristales de la ventana”

Su frase ha sido de admiración. Es un devoto de la puntualidad, como explica en Bartleby y yo (Alfaguara), una especie de memorias o un manual de periodismo (del de verdad) que publicó en inglés el pasado septiembre y ahora aparece en la traducción al castellano.

Cuenta que lee mucho, que ve en la tele deportes y películas. Acaba de disfrutar con El buen patrón , la película de Fernando León de Aranoa. “Este actor, Javier Bardem, me encanta, es uno de los mejores del mundo”.

Como buen periodista, y por lo tanto curioso, el que empieza preguntando es él. “¿Sigues casado?”, sí. “¿Y tú?”, se dirige a Enrique, el colega fotoperiodista. Sí, pero por segunda vez. “¡Dios mío! Eso es mucho dinero, abogados, pensión alimenticia… Es más barato no divorciarse”, se ríe con ironía.

Qué hace

“Quise dar voz a las personas sin voz,…, dar un obituario a los que no lo tienen”

De manera reiterada habla en esta entrevista de su esposa Nan, a la que dedica el libro. “Llevamos casados 66 años. Está arriba, tiene 90, hay unas personas que la cuidan”.

Usted sigue escribiendo.

He publicado desde los 15 años, en el diario de mi instituto, con mi nombre, y ahora, con 92, publicaré de nuevo en noviembre, una recopilación.

¿Algo de lo que retractarse?

La gente me pregunta, ¿hay algo que harías diferente? No. Me digo que si mañana me voy a la tumba, no me arrepentiré de nada. La verdad es que no puedo recordar nada que cambiaría. Me preocupé de acabar mis historias y de dar lo mejor que podía dar de mi mismo.

Pero aún piensa en futuro.

He de vivir hasta los 94. Estoy con otro libro sobre mi matrimonio. Guardo las cartas que nos escribimos con mi mujer, las notas que nos cruzamos, que si ella está enfada, que si está contenta, y mis respuestas a lo largo de los años. Todo esto existe, aunque no puedes creer siempre todo lo que escribes.

¿Cómo es eso?

Escribimos lo que sentimos. En una ella dice que quiere el divorcio y en la otra que es feliz. Tal vez no puedes creer todo lo que escribes. No estoy hablando de ‘fake news’ y las tonterías de Donald Trump. Lo que digo es que tengo cartas que fueron escritas ¿pero reflejan la verdad?

Tiene fama de recopilar los datos de sus entrevistados.

Sí, tengo notas sobre la gente que he entrevistado y también de mí. Desde joven escribo un diario de mis actividades.

¿Por qué esa tenacidad?

Tengo una doble personalidad. Era consciente de que no era totalmente americano. Mi padre, de día, era un ciudadano estadounidense en su sastrería y de noche hablaba con mi madre de la guerra, tenía dos hermanos con Mussolini. Vivían una doble vida. Yo empecé a registrar lo que hacía para poder entender quién era. Veo las cosas desde un punto de vista diferente, por eso no me gusta la política exterior de Estados Unidos (guerra de Afganistán, invasión de Irak,…), no puedo votar por Biden y el otro tipo aún es peor. Soy una especie de persona con fracturas.

Recurre a Bartleby, el escribiente creado por Herman Melville, un tipo del que no se sabe nada, ni su apellido, que ante las órdenes responde con un “preferiría no hacerlo”. ¿Qué le atrajo del personaje?

Me identifico con los nadie porque soy uno de ellos. Siempre me he sentido un outsider , un extraño mirando por los cristales de la ventana, intentando ver lo que hay dentro. Los periodistas somos voyeurs que miramos la vida de otra gente.

¿Cómo lo trasladó a los reportajes, a sus libros?

Siempre quise escribir de gente común y corriente. Pensé que estas son las historias que se habían de explicar porque nunca se habían explicado. Las noticias se centran en las personas importantes y yo me fijé en los que mueren y no se merecen un obituario puesto que sus vidas no significan nada. Yo quise darles un obituario. Hablé con gente a la que nunca se le había entrevistado. Quise ser su escribiente. Yo soy ese Bartleby.

Dejar constancia de las existencias que no constan.

Exacto. Quise dar voz a las personas sin voz.

Para eso hay que escuchar…

Aprendí de mi madre en la tienda de ropa que tenía. Era amable, educada, de buenas maneras con los clientes. La gente de la que entrevisto también son mis clientes, no les vendo trajes, pero escribo su historia.

¿Abre puertas la elegancia?

Desde luego. Y visto bien porque estoy orgulloso de estar vivo. Vas a un funeral y al muerto le ponen chaqueta y corbata. ¿Por qué no vas a llevar corbata cuando estás vivo?

Al salir este libro en EE.UU. una reseña le elogió como “el viejo del nuevo periodismo”.

Me considero un afortunado. Los conocí a todos, a Norman Mailer, Tom Wolfe, Truman Capote. Pero murieron.

¿Cuál es su secreto?

Tal vez es que no me divorcié. He tenido la misma casa por setenta años, no tengo teléfono móvil, el mismo coche. No tengo nada nuevo. No me he estresado porque no he cambiado nada, salvo la edad. Y tengo la suerte de tener una esposa de 90 años. No tienes ni idea de lo maravilloso que es.

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