Los nuevos libros de animales que hablan y sueñan (de verdad)

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El biólogo y documentalista británico Tom Mustill estuvo a punto de morir en el 2015 cuando sobre el kayak desde el que contemplaba ballenas se elevó una gigantesca jorobada. Un impactante vídeo, con el giro final de la ballena al caer para evitar matarle, se viralizó. Mustill tenía un sinfín de preguntas. Una sonaba fuerte: ¿Qué pasaría si humanos y animales pudieran hablar entre sí? El resultado es Cómo hablar balleno (Taurus), un libro que explora la posibilidad de establecer contacto real con los animales gracias a los avances que realiza la inteligencia artificial y cómo cambiaría nuestra manera de verlos. Su libro forma parte de un renovado interés editorial por el mundo animal, desde sus sueños (Cuando los animales sueñan, Errata naturae, del filósofo de la Universidad de San Francisco David Peña-Guzmán) a sus derechos (Justicia para los animales, de Martha Nussbaum, en Paidós), su convivencia: George (Errata naturae), las historias de cuidado y pérdida de Frieda Hughes, hija de Sylvia Plath, con urracas, cuervos y búhos, y hasta su rebelión (Insurrección animal , de Sarat Colling).

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El momento en que la ballena jorobada salta sobre el kayak de Tom Mustill 

REDACCIÓN / Terceros

En el caso de Mustill, él quería entender. Y descubrió un nuevo mundo. “Pude saber mucho más sobre la ballena que saltó sobre mí, quién era, quién era su madre, dónde había nacido, cuántos años tenía, con qué ballenas pasa su tiempo, a través de la IA, que puede reconocer patrones del cuerpo de la ballena en las imágenes. Supe de mi ballena que tenía siete años. Y el año pasado la identificaron de nuevo científicos en México desde un barco gracias a estas herramientas de IA. Son muy poderosas para comprender la naturaleza y conectarse con ella, escucharla”. Si cuando Cousteau grababa vídeos se hablaba del océano silencioso, dice, ahora tenemos sus muchísimos sonidos.

Las ballenas se enseñan unas a otras, tienen culturas y locuras de TikTok, los delfines poseen nombre propio

Tras el éxito de la IA con los lenguajes humanos, hoy se aplica al lenguaje animal con grandes proyectos como CETI (Cetacean Translation Initiative). “Hoy se pueden distinguir las diferencias entre ballenas individuales, entre sus voces, sus diferentes poblaciones, sus dialectos, a veces con grandes diferencias como entre catalán y vasco. Los delfines que cazan en colaboración con los pescadores en Brasil tienen voces diferentes de los que no. Cuando comparas las diferencias en sus voces, ves diferencias en sus comportamientos. Diferentes culturas. Las ballenas se enseñan unas a otras diferentes formas de comportarse”, señala, igual que no toda la humanidad es china. Una IA que ha servido para saber que “los cachalotes tienen patrones en sus clics, vocales y consonantes, un alfabeto fonético”, pero también que el 20% de las ballenas jorobadas han desaparecido por hambre debido al calentamiento global,

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Dos ballenas jorobadas 

Jodi Frediani / Terceros

“¿Podremos alguna vez entenderlas? Llevan millones de años hablando en el mar. Podría ser que la IA demuestre que tienen un lenguaje y nos cueste entender qué significa para una ballena. A la vez, tienen muchos desafíos similares a los nuestros. Tener bebés a los que alimentar con leche. Respirar. Hablar y enseñarse cosas unos a otros. Construir relaciones y aprender a confiar. Tal vez sean comprensibles”, razona. Y cuenta que hay hechos sorprendentes que cambian tu entendimiento sobre ellos y nosotros. Como la cría de ballena cuyo parto fue registrado por el CETI. “Estaba rodeada de su madre, hermana, hermano, abuela, e incluso de otras especies, llegaron delfines, todos comunicando. Al nacer la levantaron sobre sus espaldas y la ayudaron a respirar. Se escuchaba a las diferentes ballenas hablar, a los diferentes individuos con sus personalidades y relaciones con este bebé. Y escucharon al bebé hablar por sí solo por primera vez, aprendiendo a usar su voz. Y ahora pueden seguirlo durante su vida. Tal vez escuchar a esta cría de ballena pueda enseñarnos a hablar cachalote y al primer film de animales subtitulado”.

Muchos animales sueñan y eso supone memoria, imaginación y emoción, y replantea sus derechos

“Las ballenas –concluye– tienen una vida social muy intensa. Hacen cosas por diversión. Una orca empezó a llevar un salmón como sombrero. Y todas las hembras de su grupo la imitaron, como una locura por TikTok. Los delfines tienen nombres que aprenden de bebés. Unos delfines, diez años después de separarse, gritaron sus nombres y jugaron. Tal vez el mundo entero esté lleno de individuos donde sólo vemos un canguro o una ballena. Y la IA nos está ayudando a saberlo”.

Unos animales que, añade el filósofo David Peña-Guzmán, además de hablar, sueñan. Su interés por la mente animal, por la diferencia entre seres vivientes y seres que sienten, por la posición de los animales en nuestra cultura y nuestras casas, le llevó a sus sueños y de ahí a lo político y lo ético. “Los animales tienen una posición incoherente en nuestra sociedad, hay muchas similitudes entre un perro y un cerdo, pero el trato es muy distinto. Es arbitrario a qué animales amamos, comemos o utilizamos en laboratorios”, dice, “y el hecho de soñar implica un tipo de conciencia, de sensibilidad, que la mayoría de nosotros reconocemos como muy importante desde un punto de vista moral y legal. Desde que uno sabe que un animal sueña, puedes concluir que tiene el tipo de experiencia sensorial, quizá incluso cognitiva, que nos requiere un cambio legal y moral en nuestro punto de vista acerca de los animales”.

La IA ha revolucionado el conocimiento del mar y trata de traducir el lenguaje delos cetáceos

Y, afirma, las pruebas indican que muchos animales sueñan. “Experimentos neurocientíficos muestran patrones de actividad cerebral en el sueño asociados con comportamientos muy específicos que tienen un valor funcional en la vida de ese animal. Ver a un animal de la misma especie, a un enemigo, patrones neuronales ligados al acto de cantar o de comer. Y en sus sueños hay señales fisiológicas de activación de sentimiento. Con determinados sueños, la presión de la sangre sube. Están teniendo un sueño que significa algo para ellos, con un lado afectivo. Ese acto requiere facultades mentales que no habíamos pensado en seres no humanos. Porque el hecho de soñar típicamente tiene que ver con experiencias pasadas que hemos vivido: los animales tienen la capacidad de recordar su pasado, cargan eventos de lo que ya fue y tienen el poder de activarlos en el presente. Una segunda capacidad es la imaginación, porque los sueños nunca son rendiciones literales del pasado. Y está la emoción, siempre hay un lado sentimental en el sueño. Memoria, emoción e imaginación son el puente que nos lleva del acto de soñar a un cambio de manera de ver a los animales que tiene que ver con la ley, con la moralidad, con la ética”.

El problema, dice, es que la filosofía occidental ha sido fetichista de la razón, definida como pensamiento abstracto, cálculo y lenguaje. “Una concepción muy rígida de la razón que se ha puesto en un pedestal. Esto ha causado que muchas dimensiones de la experiencia y de la existencia, incluso humana, hayan caído a un lado. Por eso la emoción ha sido denigrada, el cuerpo, puesto en posición inferior a la mente, y eso se ha traducido en un sistema de pensamiento misógino, con la mujer asociada con el cuerpo y la emoción, y a los no europeos desde los griegos se les ha considerado como individuos sin razón. Ahora está cambiando el paradigma de cómo pensamos la vida animal, pero estamos muy lejos del tipo de cambio práctico que se refleja en el discurso”, concluye.

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