una oportunidad económica y climática

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“Debido al cambio climático, los viveros de mejillones del delta del Ebro se vacían cada vez más pronto porque el agua en los meses de julio y agosto ya es demasiado caliente para la cría de este bivalvo, pero, en cambio, es ideal para el cultivo de algas, que son unas grandes captadoras de dióxido de carbono (CO₂)”, explica Ignasi Gairín, investigador del centro de La Ràpita del Institut de Recerca i Tecnologia Agroalimentaris (IRTA). Desde este centro de la comarca del Montsià, Gairín trabaja para conseguir producir macroalgas comercialmente. “En el 2023 y en colaboración con la FAO, llevamos a cabo de forma exitosa unas pruebas de cultivo, y este año el objetivo es empezar a escalar la producción”, añade el experto.

Las algas son comunes en la gastronomía oriental y, debido a la popularidad de esta, se están empezando a hacer un hueco en las mesas de los países occidentales. “Son una fuente rica en nutrientes y se han vuelto cada vez más populares en la gastronomía europea por su sabor único y sus beneficios para la salud”, afirma Aida Serra, profesora colaboradora en los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Además, su producción “requiere pocos recursos, sobre todo hídricos y de suelo, por lo que tienen una baja huella ambiental en comparación con la producción de carne o de otros productos de origen animal”, apunta la experta de la UOC.

Beneficios ambientales

Cada tonelada de algas laminarias puede llegar a capturar 120 kg en CO₂

Según datos de la Unión Europea, la producción mundial de algas ha pasado de 0,56 millones de toneladas en el año 1950 a 35,82 millones de toneladas en el 2019. En Europa, las más populares –de acuerdo con la UOC– son el nori, el wakame, el espagueti de mar, la dulse, las kelp, la Chlorella y la espirulina (esta última en realidad es una cianobacteria, pero coloquialmente se la conoce como una microalga).

Desde el IRTA, los grupos de especies en investigación son las de los géneros Ulva y las Gracilaria por tratarse de macroalgas marinas, a diferencia de, por ejemplo, los géneros Chlorella y la espirulina, que son de agua dulce. “Las macroalgas son ricas en proteínas y al ser marinas no entran en conflicto con el uso de agua dulce, un recurso cada vez más escaso, especialmente en Catalunya, no como el mar”, argumenta Ignasi Gairín. Además de los viveros de la zona del delta del Ebre, el experto explica que el golfo de Roses es otra zona idónea para el cultivo de algas.


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Aida Serra destaca que, además de captar CO₂, “las algas producen oxígeno, lo que mejora el balance de gases atmosféricos y oxigena el agua, tanto dulce como salada, y beneficia a las especies que viven en ese hábitat”. Según la UOC, se estima que las algas laminarias que crecen hasta medio metro cada día en bosques submarinos pueden llegar a capturar 120 kilogramos de CO₂ por tonelada. Asimismo, son capaces de filtrar aguas residuales del exceso de nutrientes inorgánicos.

Desde el punto de vista comercial, las algas tienen muchas más salidas que el consumo humano. “Pueden utilizarse en la composición de piensos para consumo animal y también tienen aplicaciones en las industrias farmacéutica y cosmética. ¡Son una oportunidad económica y ambiental enorme!”, asegura Gairín.

El impulso de iniciativas en torno al cultivo sostenible de algas es una de las líneas de trabajo incluidas en la Estrategia Marítima de Catalunya 2018-2030, cuya finalidad es reivindicar la condición de Catalunya como país marítimo, así como la relevancia de la economía azul sostenible como motor económico.

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