Corea del Sur vota en un clima de odio

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Corea del Sur asombra por la creciente internacionalización de sus proezas tecnológicas y de su cultura popular. Así que están excusados si creen que los coreanos han superado a sus antiguos colonizadores japoneses como faro de Occidente en Asia. Pero la tierna democracia coreana va de sobresalto en sobresalto, para desespero de sus ciudadanos, que ven como la tremenda polarización política favorecida por las redes sociales, lejos de resolver sus problemas, los perpetúa y agrava. Una insólita alianza entre conservadores de toda la vida y sus hijos varones veinteañeros, que creen que el feminismo ha llegado demasiado lejos -algo difícil de creer en Corea del Sur- fue clave para llevar a una victoria por décimas en las presidenciales a Yun Suk-yeol, del Partido del Poder Popular, hace un par de años.

Este miércoles, las elecciones legislativas prometen ser un plebiscito sobre su mandato, que ha revertido muchas de las políticas de su predecesor centroizquierdista, Mun Jae-in, incluido el deshielo con Corea del Norte, sustituido por una nueva escalada militar y ruptura de líneas rojas por ambas partes. Pero la amenaza del Norte no se ha traducido en cohesión en el Sur, sino todo lo contrario. Li Jae-myung, el nuevo líder del Partido Democrático, de centroizquierda, se libró por los pelos de ser encarcelado en septiembre, por cargos que consideraba motivados políticamente y que le llevaron a hacer una huelga de hambre de más de veinte días. De lo que no se libró es de un oscuro apuñalamiento en el cuello, el 2 de enero, al que sobrevivió. Su partido critica que Corea del Sur se haya convertido en una “dictadura de los fiscales”. Mientras que Yun, ex Fiscal General del Estado que habría colocado a más de una docena de exsubordinados en puestos clave, replica que sus rivales son poco menos que quintacolumnistas norcoreanos.

«Si hay una afluencia grande de votantes de 20 a 30 años, que raramente votan, la oposición podría ganar”

Aunque la acritud en el debate político surcoreano puede no sorprendernos, tiene pocos paralelos en Oriente. Es fruto de una historia de dominio e interferencia extranjera, con colaboracionismo, revuelta, represión, guerra civil, división, dictaduras militares, boom industrial y, finalmente, tras la Guerra Fría, democracia. Eso sí, sin reunificación -a diferencia de lo sucedido en Alemania- porque el régimen comunista norcoreano no está del todo solo en esta parte del mundo.

Aunque Corea del Sur sale ganando en casi todas las comparaciones, no todo marcha como una coreografía de K-Pop. La tasa de suicidios surcoreana es la más alta del mundo y su tasa de natalidad, la más baja. Una sociedad altamente jerárquica y ultracompetitiva, en la que la promiscuidad entre los chaebol -los grandes conglomerados económicos -y la clase política se da por supuesta, pese a sarpullidos justicieros esporádicos. Véase el encarcelamiento del presidente ejecutivo de Samsung -recientemente excarcelado- mientras su empresa tocaba el cielo. Son síntomas de un malestar profundo, bajo la superficie de disciplina, trabajo -mucho trabajo- y bienestar. Antes que él, fue a la cárcel la expresidenta Park Geun-hye, a la postre hija del dictador militar Park Chung Hi, que murió asesinado.


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Agencias

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El pesimismo en el Partido Demócrata de Corea, tras perder la presidencia, se ha tornado ahora en un cierto optimismo y esperanzas de revalidar su actual mayoría de 142 diputados en el Parlamento (sobre 300) -que les ha permitido bloquear numerosas iniciativas junto a otros grupos- e incluso convertirla en mayoría absoluta.

A este bloqueo se suman otros, por la naturaleza impulsiva del presidente, sumada a algún nombramiento de embajador polémico y, sobre todo, el escándalo por un bolso Dior valorado en unos dos mil euros. Bolso que la primera dama, Kim Keon-hi, fue filmada aceptando de manos de un pastor con cámara oculta, dando pábulo a los rumores de tráfico de influencias, que siempre han acechado a la política coreana.

No menos mella han hecho las meteduras de pata del presidente, que suponía el precio del kilo de cebollas a sesenta céntimos, cinco veces menos del precio real. Una “desconexión con la realidad” aprovechada por la oposición. Al contraataque, Yun presenta como un mérito “haber aplicado con valentía medidas impopulares”. Una de ellas, su mejora de relaciones con Japón, alentado por Washintong. Llegó al poder hablando de ataques preventivos contra Corea del Norte y volviendo a abrir sus puertos a portaaviones estadounidenses de propulsión nuclear. Mientras Corea del Norte proseguía sus tests balísticos y ambas partes iniciaban una carrera por colocar sus propios satélites espía, en el caso de Seúl, desde Estados Unidos, con Elon Musk.

Sin embargo, el conservadurismo del presidente Yun no le ha impedido plantar cara al gremialismo en el sector médico, con el que mantiene un pulso a favor de crear un mínimo de 2.000 plazas adicionales en la carrera de Medicina.

Según el director de Gallup en Corea, “si hay una afluencia grande de votantes de 20 a 30 años, que raramente votan, la oposición podría ganar”. El matiz “grande” es importante. Porque hace dos años, los verdaderamente motivados eran los chicos de menos de treinta, con ganas de revertir los avances del feminismo, como prometía Yun. Este cumplió, eliminando el ministerio de Igualdad de Sexos. Los partidarios de su antecesor, Mun, el “presidente feminista” insultan a estos nuevos votantes conservadores: “¡Bichos raros!”. “¡Comunistas!”, les replican.

Asimismo, un Yun en horas bajas -24% de popularidad- visitó un memorial al general Park, para consolidar el voto derechista en su feudo de Gumi. Aunque antes había sido el fiscal que puso contra las cuerdas a la hija de este. De hecho, cuando Yun y Mun se enfrentaron hace dos años por la jefatura del Estado, todos sus predecesores en vida estaban en la cárcel o habían pasado por ella, por condenas de corrupción. Una abrupta forma de pasar página, en un país inquieto por la asfixia inmobiliar, la caída de las exportaciones y el temor a la recesión. Eso sí, nadie podrá negar que el presidente Yun ha rejuvenecido el país. En concreto, uno o dos años, al adoptar la forma universal de contar la edad. Hasta ahora, los coreanos nacían con un año y sumaban otro cada primero de enero.

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