Dobles citas o el don de la ubicuidad

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¿Notáis la proximidad de Sant Jordi? Nos lo preguntan a menudo a los periodistas culturales, y esta crónica es un ejemplo de la dificultad de escoger y de los intentos fallidos de llegar a todas partes. No tenemos el don de la ubicuidad y las horas del día son finitas.

El martes, en la librería Alibri, Josep Carles Rius presenta Periodismo y democracia en la era de las emociones (Edicions de la UB) en muy buena compañía, no solo en la mesa redonda que comparte con el director de La Vanguardia, Jordi Juan, la directora de La Marea, Magda Bandera, y el presidente del Col·legi de Periodistes de Catalunya, Joan Maria Morros, sino con una multitud de compañeros de profesión, como Rosa Maria Calaf, Albert Om, Jesús Martínez, Estel Huguet o Andreu Claret, así como compañeros y excompañeros de este diario, de donde Rius fue subdirector, como Rafael Jorba, Josep Playà, David Dusster o Cristina Jolonch. Está también la abogada Magda Oranich, el editor y profesor de la UB Joan Santanach o el productor audiovisual Xavier Atance. Si los citáramos a todos no cabríamos.

“Tenemos la obligación de transmitir lo que hemos aprendido”, asegura el rector de la Universitat de Barcelona, Joan Guàrdia

Jordi Juan dice que la presentación es “una buena excusa para encontrarse y hablar del oficio”, y Rius dice que sí, pero que “habría que encontrar una manera de que no me dé tanto trabajo”. Son 464 páginas en torno al periodismo comprometido y cómo la profesión ha tratado la pandemia, el Brexit, el auge y caída de Donald Trump, la invasión rusa de Ucrania, la masacre de Palestina y también, claro, el proceso independentista en Catalunya, “el que nos ha tocado más de cerca”, dice el autor, “con las emociones como hilo conductor”. Recuerda que “no hay democracia sin periodismo, ni periodismo sin democracia” y defiende la “responsabilidad de compartir y transmitir conocimientos de generación en generación” que tiene la prensa.

El rector de la Universitat de Barcelona, Joan Guàrdia, llega a media conversación para reivindicar la editorial universitaria, que compara con las de Oxford y Cambridge. “Ya querrían tener libros como este”, dice, que le sirve para “rehuir la sensación de ser un ciudadano confuso y perturbado”. Concluye que “lo que hemos aprendido no nos pertenece, tenemos la obligación de transmitirlo”.

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Como la Finestres está a una calle, me acerco, a ver si aún dura la presentación de las poesías completas de Joan Salvat-Papasseit (en plural, porque son dos versiones, la de Edicions 62 y la de Lo Diable Gros/Godall). Solo quedan, en la puerta, Ferran Aisa (comisario del Any Salvat) y Joan Vinuesa, con quien vamos a tomar algo al bar de la esquina y charlamos de los años de poesía, recitales y pintura. El sábado por la mañana descolgará con una performance la exposición que ha tenido en la librería Calders desde febrero.

Al día siguiente, en la Fàbrica Lehmann hay un repóquer de jotas, sin más danza que la de las palabras, porque Julià de Jòdar presenta La casa tapiada (Comanegra) con Julià Guillamon, Júlia Ojeda y Laura Tejada. Entre el público están, atentos, Eduard Márquez, Fèlix Riera, David Fernàndez, Gemma Sardà y Magí Camps. Guillamon, que quiere hablar más como escritor que como crítico, traza una línea de continuidad entre Xavier Benguerel, De Jòdar y él mismo con el tratamiento de la “clase obrera silenciada”, por la “interrelación entre figuras y maneras de reconocer a los sin voz”. Ojeda sí quiere ejercer de crítica y sitúa autor y novela a la altura de Philip y Joseph Roth, de Conrad, Tolstói o Dostoyevski. Aún más: “Es nuestro Faulkner”. “Hay que celebrar su existencia y la capacidad de un genio visionario”, remacha. Tejada dice que ella es un personaje del libro, y nos acerca su vida con concomitancias con la novela, para acabar con un relato defendiendo “el adoctrinamiento” que la ha llevado a ser una escritora “solo en catalán” en “el país que habíamos ganado y que estamos perdiendo”. De Jòdar habla del “diálogo interno entre las historias de los personajes y los lectores” en una novela que define como la “revisión del optimismo juvenil y el balance de la decepción contemporánea”, “entre los presente y la sombra del pasado”, y deja la puerta abierta a una nueva entrega, pero no asegura que sea “la gran novela del proceso” que reclama Ojeda.

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Laura Tejada, Julià de Jòdar, Júlia Ojeda y Julià Guillamon, en la sede de la editorial Comanegra en la Fàbrica Lehmann

Xavi Jurio

Intento llegar a la presentación en el Museu de l’Art Prohibit de la revista Horitzons, que desde Ponent han puesto en marcha Antoni Gelonch (que preside la Fundació Horitzons 2025) y Francesc Canosa como director, pero no puedo más que saludar a algunos de los asistentes entre el gentío que se marcha, como la poeta Meritxell Cucurella-Jorba y la artista Rosó Cusó, con las que volvemos a la misma esquina que el día anterior.

Al día siguiente decido que no valdrá la pena correr tanto, porque a la Antiga Fàbrica Damm hay una fiesta: Regina Rodríguez Sirvent no presenta Les calces al sol (La Campana/Suma de Letras), sino que celebra los 50.000 ejemplares que ha vendido en un año y medio. Están las escritoras Carlota Gurt y Anna Manso, las periodistas Imma Sust y Laura Fa, y la asesora de imagen Anna Pontnou va acompañada de la primera dama, Janina Juli. También ha venido una parte del equipo editorial: la responsable de comunicación Laia Collet, Anna Jolis –la primera que lo leyó en la editorial e hizo que se apostara por él–, Sílvia Fornells o el director y coordinador editorial del grupo, Juan Díaz.

“Es la primera vez que voy a una fiesta de bragas”, dice Antoni Bassas, que hace de maestro de ceremonias y recuerda la primera presentación, hace 83 semanas, con el cocinero Joan Roca en primera fila. La autora explica que en este tiempo, “una vida entera”, ha tenido “mucha felicidad, como nunca habría imaginado”, pero también ha conocido “mucha oscuridad”, en referencia al nacimiento muy prematuro de su hijo Bruc –que está en brazos del padre, el ilustrador Guillem H. Pongiluppi–. Una de las cosas que más le ha sorprendido es “la gente que cuando acaba el libro da un paso al que antes no se atrevía”.

Antoni Bassas, Melcior Comes i Regina Rodríguez Sirvent, durant la festa de 'Les calces al sol' a l'Antiga Fàbrica Damm de Barcelona (4 abril 2024)

Antoni Bassas, Melcior Comes y Regina Rodríguez Sirvent, durante la fiesta en la Antiga Fàbrica Damm

Jordi de Temple / Penguin Random House

“Regina tenía muy claras algunas cosas que pasarían, y que normalmente no pasan”, dice desde el escenario el editor Joan Riambau, y reclama la Creu de Sant Jordi para la autora por “haber ensanchado la base de lectores en catalán”, porque “la literatura catalana muy pocas veces tiene un impacto como este libro”. Melcior Comes, que fue su profesor en la Escola d’Escriptura del Ateneu Barcelonès, insiste en que “no enseño nada, solo señalo y argumento qué me gusta y qué no”, y habla del “talento natural, una frescura tras el cual se veía la sofisticación”, con un “punto de humor extravagante”. Exige una continuación de la vida de Rita Racons, “le obligaría a hacerlo, ¡que se llame a los Mossos, si hace falta!”. “Ella tiene una novela en la cabeza, que es ella misma, como Josep Pla”, afina. Anna Mestres, amiga y lectora del libro antes de que llegara a publicarse –y que es la narradora del audiolibro– lee un fragmento sobre el personaje de Six, que “resulta que se llama Lidia Climent y está aquí”. No ha querido leer el libro hasta ahora, y lo ha acabado “hace ocho días, porque es complicado ser un personaje y no ser protagonista”, dice. Se reconoce, pero aunque la interpelan, no se alarga mucho sobre “la escena lésbica” más allá de decir que “explica muy bien la experiencia de una primera vez cuando ya tienes una edad”. Bassas ha echado de menos que se hable públicamente más, en los medios, del “fenómeno calces”. Lo hemos vuelto a hacer.

Ya es tarde cuando llamo a Adrià Pujol Cruells, que acaba de presentar en la Calders sus Seixanta-sis sinofosos (H&O). Están en un bar cerca de la librería. De camino, en el metro, me encuentro a Pep Antoni Roig, que viene de Badalona de presentar L’aire de les coses. L’Espinàs que va néixer el dia que va morir (Ara Llibres) está más contento que hace unos días, había público y le ha sorprendido gratamente que hubiera gente más joven que él.

En una terraza de Sant Antoni encuentro, entre otros, además de a Pujol, al editor, Eduardo Hurtado, el escritor Ricard Sunyol, que lo ha presentado, el director de literatura del Institut Ramon Llull, Joan de Sola, y a Sònia Herrera, y acabamos desvariando sobre literatura y alabando este libro o aquel que era tan bueno pero el mercado no lo acabó de ver.

Yo no acabo de ver que las dobles citas funcionen, pero cada día hay más. Al menos hasta Sant Jordi, pero quizá no se puede estar al mismo tiempo en todas partes.

Versió en català, aquí

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