El fútbol no es un deporte, por Carlos Zanón

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Puede pensarse el fútbol como la masa madre del resto de deportes de equipo. Todos ellos son variaciones del fútbol realizadas por gente a la que no le gustaba el fútbol, no tenían las aptitudes físicas para ejercerlo o les resultaba aburrido. De todas aquellas propuestas -hagamos canastas, juguemos con las manos, en el agua o con una red en medio- se destilaron reglas y maneras de ser elegante, justos, civilizados y divertidos. Se pensaron como deportes desde el primer minuto. El fútbol, no.

Final de la Copa del Rey entre el Athletic Bilbao y el RCD Mallorca

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Reuters

Al fútbol le costó mucho más pensarse como deporte porque el fútbol fue la guerra, el cómo matarse sin morirse de verdad. Lo primitivo, la guerra de guerrillas o por aplastamiento, el vale todo, las banderas y los insultos, las trampas, lo dicho, la batalla total y cuerpo a cuerpo, la manada de cazadores disparando sobre la fiera indefensa que en forma de portero se defiende a la desesperada, con manos y pies, solo ella. La multitud insultando y animando a que se ejecute en la plaza pública al adversario, al juez, al general o soldados propios caídos en desgracia. Huele a linimento y napalm: huele a fútbol.

No nos hemos matado más entre barrios, clanes, clases sociales y países por el fútbol. Ése es su mérito

No nos hemos matado más entre barrios, clanes, clases sociales y países por el fútbol. Ése es su mérito. En él hemos sido zafios, crueles, racistas, injustos, ángeles y demonios, y merced al hooliganismo inglés podemos embutirnos chándales caros como traje para ir al súper o esperar al dealer de turno. Hemos sido absurdos y vehementes como en una guerra, la perdiéramos o ganáramos, amotinarnos contra Agamenón o pedir el regreso del Rey Arturo. Adversarios que son enemigos, traidores y cabezas de cochinillo, asesinos que han llegado a matar solo por llevar la camiseta contraria. El fútbol, más allá de quienes lo juegan y convierten en nuestra épica y bálsamo, es esa fosa séptica. De ahí viene Rubiales cogiéndose con ambas manos sus pelotas al lado de la Reina, y las lágrimas de Vinícius -un gran jugador, un mal deportista, una buena causa-. De esa fosa vienen jugadores sospechosos por el hecho de saber hablar o pensar bien y la aceptación de aquéllos y aquéllas que solo saben decir lugares comunes, modalidad refuerzo escolar urgente, o farfullando palabras soeces para animar y animarse. Campeones y campeonas del mundo hasta que abren la boca.

En ese detritus viven los ultras y los padres de los partidos infantiles, los representantes, los directivos y los presidentes chusqueros, puteros, siempre vagos y ladrones. De ahí Arabia Saudí, los tertulianos que apestan a carajillo y cocaína, el Mundial en Qatar y los sobornos. El fútbol ha fingido ser deporte a regañadientes. La única redención posible en un mundo en guerra de verdad -Ucrania, Gaza, Narcotráfico-, es que al fútbol lo rescaten los deportistas y el Estado, y le obliguen a ser deporte y ya encontraremos otras maneras de ser primitivos, soeces, cutres, baratos y agresivos. La mierda siempre flota. No nos preocupemos por eso.

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