Reescribir la historia, por Laura Freixas

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La nueva edición de la Bienal de Venecia se inaugura este sábado, y en ella España será representada por primera vez por una artista nacida en otro país, la hispano-peruana Sandra Gamarra. Lo hará con un proyecto titulado Pinacoteca migrante, que consiste en “reinterpretar” obras icónicas del Museo del Prado y otros, interviniendo en ellas –combinándolas con otras imágenes, añadiéndoles frases…– con perspectiva crítica. Está en la línea de la propuesta que hizo el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en el Congreso a finales de enero: “Revisar los museos para superar un marco colonial o anclado en inercias de género o etnocéntricas”. Una propuesta que a mucha gente (no solo a “la derecha”, como dice el ministro) le parece absurda y ofensiva. ¿Por qué?

'Pinacoteca migrante' el proyecto de Sandra Gamarra para el Pabellón de España de la Bienal de Venecia 2024

Una muestra de la ‘Pinacoteca migrante’, el proyecto de Sandra Gamarra para el pabellón de España de la Bienal de Venecia 2024 

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Se dice que no debemos mirar el pasado con ojos del presente. Loable propósito, pero de imposible aplicación. El relato histórico es forzosamente selectivo e interpretativo, y esa selección e interpretación se hacen desde lo que hoy nos interesa. Por ejemplo, las mujeres actuales buscamos precursoras; investigamos, las descubrimos, y reescribimos en consecuencia la historia incorporándolas. No falseamos nada: existieron Christine de Pizan y Clara Campoamor, tanto como el Cid y los últimos de Filipinas; pero es hoy cuando hay que decidir de quiénes ponemos estatuas en las plazas, a quiénes incluimos en los libros de texto y qué decimos de ellos.

Reducir la historia a un cuento de buenos y malos no solo es un error, sino un error interesado

Eso no impide que deba situarse el pasado en su contexto. Claro que sí. Pero quienes lo dicen en general no lo hacen. Se limitan, por supuesto, a señalar que el pasado, en bloque, era machista, colonial, belicista, racista… Un ejemplo que a mí me gusta mucho es Las mujeres sabias, de Molière, cuyo mensaje explícito es que las mujeres deben ocuparse de su casa y no perder el tiempo mirando la luna por un telescopio o debatiendo sobre filosofía. “¡Pero qué esperas de un autor del siglo XVII!…”, me dicen. ¿El XVII? Ya en el XV, Christine de Pizan escribía La ciudad de las damas, reclamando el derecho de las mujeres a la cultura, y lo mismo defendían las salonnières del siglo XVII… que justamente Molière pone en escena. Con el fin, eso sí, de ridiculizarlas. En el siglo XVII, igual que hoy, no había unanimidad, sino polémica. Pizan y las salonnières tomaban partido por una posición, y Molière por la opuesta.

Dicho esto, hay quien, en esta guerra cultural –que, prepárense, va a ir a más– recurre a golpes bajos. Por ejemplo, a la falsificación: reescribir novelas de Mark Twain quitando la palabra nigger. O a la acusación ad hominem : tildar a Velázquez de “esclavista”, como hizo el mes pasado un profesor invitado por Más Madrid en la comisión de Cultura del Parlamento autonómico –Velázquez tenía, en efecto, un esclavo, el morisco Juan de Pareja, al que liberó por orden del rey, y que se ganó la vida como pintor de ahí en adelante–. O a la confusión entre historia y genealogía: identificarnos con nuestros antepasados oprimidos, y a nuestros adversarios políticos con los opresores, como cuando el presidente mexicano López Obrador exigió que España pidiera perdón a México por la conquista (por cierto, a juzgar por su aspecto, Obrador desciende de los conquistadores, no de los conquis­tados).


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Laura Freixas

SEVILLA. 08/03/2024. - Un momento de la manifestación con motivo del Día de la Mujer convocada este viernes por el Colectivo Mujeres Supervivientes de Sevilla, que ha partido desde la Torre Pelli y en la que se suma el apoyo a las mujeres palestinas. EFE/ Raúl Caro.

El denominador común de todas esas actitudes es la simplificación moralista: reducir la historia a un cuento de buenos y malos, lo cual no solo es un error, sino un error interesado, cuya finalidad política salta a la vista.

Por eso Urtasun, que, en mi opinión, hace bien en reclamar la revisión de los museos, hace mal, en cambio –creo– cuando insiste en decir que su propuesta provoca “escándalo político en la derecha”. Porque al hacerlo está fomentando un enfrentamiento que nos empobrece intelectualmente a todos y puede provocar –ya la provoca– una reacción capaz de dar al traste con todos los avances.

Reescribir la historia no es que sea legítimo, es que es inevitable. No existe una historia original, “la de verdad”, escrita (¿por nadie?) de una vez por todas. Hay hechos ciertos, pero siempre estarán sujetos a interpretaciones. Hagámoslas con inteligencia, no al modo de un arma que se puede volver, como un bumerán, contra quien la ha lanzado.

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