Ruta en coche por Fuerteventura entre desiertos, cráteres y gigantes

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«Fuerteventurosa isla africana, roca sedienta al sol», dejó por escrito Miguel de Unamuno sobre esta isla de Fuerteventura que, vista en el mapa, parece a punto de incrustarse en la costa africana y que, in situ, expande las frases tópicas y los lugares comunes para descubrirse, de verdad, como una tierra fascinante. Fuerteventura es, sí, como decía Unamuno -que dejó dicho mucho más y todo bueno: anduvo exiliado aquí varios años-, africana y sedienta. Y pintada de infinitos ocres y marrones, sin apenas más agua que la del océano, tan cercano y tan lejana, que la enmarca por más de 320 kilómetros de costa, entre los que se esconden playas tan espectaculares que dan a la isla el merecido el sobrenombre de “la playa de Canarias”.

«La tierra es de una hermosura de desolación (…) Los montes sin un árbol. Y a cada paso pasa algún camello majestuosamente», nos recuerda el intelectual: al llegar a la isla en 1924, Unamuno se alojó durante unos meses en una pensión de Puerto de Cabras -antiguo nombre de Puerto del Rosario, la capital de la isla-, el hotel Fuerteventura. Hoy, el modesto edificio, construido en el siglo XIX, acoge la casa-museo del escritor, con las habitaciones en las que se alojó, y que está decorada con pasajes escritos por Unamuno sobre la isla. Con ellos en la retina arrancamos nuestra ruta en coche por la mágica Fuerteventura poniendo rumbo al norte.

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Todos los matices del ocre, marrón y amarillo que se puedan imaginar caben en los escasos 25 kilómetros que separan Puerto de Rosario de las dunas del parque natural de Corralejo. Los sistemas dunares se extienden por más de 2.500 hectáreas de puro desierto, donde reina el silencio más absoluto y la belleza más conmovedora. Las dunas, de arena organógena -de polvo de caparazones marinos-, acarician el mar a lo largo de los ocho kilómetros de playas del parque. 

Desde aquí, se contempla la isla de Lobos, la hermana pequeña de Fuerteventura, de la que le separa el estrecho de la Bocaina y que es accesible en ferry desde Puerto Rosario o Corralejo, en un trayecto que apenas dura 15 minutos. La isla es un paraíso natural de apenas 44 kilómetros cuadrados en el que habitan más de 130 especies endémicas.

Las dunas de Corralejo se extienden a lo largo de de 2.500 hectáreas

Las dunas de Corralejo se extienden a lo largo de de 2.500 hectáreas

Getty Images/iStockphoto

Otro mar, pero de lava solidificada, se extiende por esta parte del norte de la isla. Es el Malpaís de La Arena, un paraje protegido de casi 900 hectáreas que acompaña a la ruta rumbo a La Oliva. Hay cráteres como el de Calderón Hondo, de setenta metros de profundidad, que se puede contemplar desde un mirador, lomas y planicies de firme irregular atravesados por pistas de tierra en las que se aventuran los senderistas y los vehículos todoterreno, siempre bajo la vigilancia del extinto volcán de La Arena, desde cuya cima la vista alcanza toda la isla, con la figura de la montaña mágica de Tindaya, como protagonista.

Tindaya, con sus 400 metros de altura, era la montaña sagrada de los pobladores originales de la isla y, además del icono de Fuerteventura, es un tesoro arqueológico de primera magnitud: en ella se encuentran más de 300 grabados rupestres con forma de pie (podomorfos). Sobre Tindaya ideó el artista vasco Eduardo Chillida un proyecto inmenso en el que la montaña sería excavada y que, aún descartado por completo hace unos años, sigue levantando cierta controversia.

Betancuria, primer sitio fundado por los europeos,  es la capital histórica de las Canarias

Casi a los pies del monte sagrado descansa La Oliva, el pueblo que fuera capital de la isla hasta mediados del siglo pasado, y donde destacan, además de su ritmo pausado y que invita a pasear, la iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria. Es un templo de finales del siglo XVI que recuerda a las iglesias de las misiones americanas, y la casa de los Coroneles, de mediados del siglo XVII, donde residía el Coronelato, la institución que durante siglos fue la máxima autoridad de la isla.

Pausadamente, la carretera comienza a empinarse. Las llanuras volcánicas dan paso a escarpados montes que corren paralelos al noreste de la isla. Atravesando el valle de Santa Inés se pone rumbo a otra parada rica de historia y repleta de belleza, el pueblo de Betancuria. La ruta sube hasta el monte Tegú, donde Manrique diseñó el mirador del Morro Veloso y, a tiro de piedra, hasta el mirador de Guise y Ayoze, guardado por las estatuas gigantes de los dos últimos reyes de la isla antes y que franquean el paso al pueblo.

Betancuria (Fuerteventura). Rodeado de un espectacular entorno volcánico, es un rincón mágico con un destacable pasado. La iglesia de Santa María -la primera catedral de Canarias- sus ermitas o un antiguo convento franciscano lo atestiguan

Betancuria es un rincón mágico con un destacable pasado

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La coqueta Betancuria, perteneciente a la asociación de los Pueblos Más Bonitos de España, descansa entre frondosos bancales. Lo primero que llama la atención es el verde que hace descansar la mirada, que también se posa en el blanco nuclear de las construcciones encaladas, de aires coloniales, como la iglesia de Santa María, que fue catedral. Betancuria es la capital histórica de las islas Canarias: fue el primer emplazamiento fundado por los europeos. Un normando, Jean de Bethencourt, lo hizo en 1404.

Sin palabras en Cofete

Antes de ser conquistada por los castellanos, los reinos de Maxorata y de Jandía se repartían Fuerteventura, separada por una muralla que atravesaba de lado a lado el istmo de La Pared, y cuya memoria hoy sirve de frontera oficiosa entre el norte y el sur de la isla. Hay excelentes playas e infraestructura turística en esta parte de Fuerteventura -Costa Calma, las playas de Morro del Jable y Jandía, o el famoso Oasis Park, un zoológico y jardín botánico que es, además, la mayor granja de camellos de Europa-. Pero la ruta nos lleva más al sur, donde aguarda la playa de Cofete, un paraje tan anonadante que su mera visita merece, por sí sola, el viajar a Fuerteventura.


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Magda Bigas

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La playa de Cofete no se entrega fácilmente. Para llegar a ella hay que circular, despacio y trabajosamente, por una pista de tierra sin asfaltar que sale de la carretera que lleva a Punta Jandía. La travesía dura no menos de hora y media, cruzando miradores espectaculares y el poblado de Cofete, un puñado de casas en el que conviven pobladores de siempre con foráneos enamorados de Fuerteventura. El esfuerzo lo merece todo: el inmenso arenal virgen se extiende por catorce kilómetros de largo -un viejo cementerio es la única construcción-, y los mayores aficionados del kitesurf lo tienen como uno de los mejores lugares del mundo donde practicar su pasión. 

Las laderas volcánicas del macizo de Jandía caen sobre el océano y, en ellas, aparece, realmente surgida de la nada, una construcción fantasmagórica. Es villa Winter, una mansión que nunca llegó a habitarse pero perfectamente conservada, que perteneció a un millonario alemán relacionado con los nazis y que despierta desde hace décadas la imaginación de periodistas e historiadores, que han situado en ella desde bases ocultas de submarinos nazis a aterrizajes de ovnis… Fantasías que llenan aún más de magia esta esquina bellísima de la isla, batida por el viento y con el rumor del océano que rompe, y que es el punto ideal para terminar esta ruta por Fuerteventura.

Villa Winter, construida en la ladera del macizo de Jandía, es una mansión que nunca llegó a habitarse

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dronepicr / Flickr (CC BY 2.0)

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