El feminismo actual es peor que el islamismo radical de Irán

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Catherine Breillat nunca ha tenido pelos en la lengua. La sinceridad ha sido el sello de identidad de esta cineasta pionera y controvertida desde que cogió una cámara y se puso a explorar de forma cruda y directa el deseo sexual femenino, la dinámica de género y la naturaleza del poder en las relaciones entre hombres y mujeres. 

Su primer largometraje, Una chica de verdad (1976), hablaba de la sexualidad de una adolescente de forma explícita y desmitificada. Creó polémica con Romance X (1999), una de las pocas películas comerciales que han incluido una escena de sexo real en su metraje, protagonizada por el actor porno Rocco Sifredi. Y ha continuado desafiando las  convenciones cinematográficas con su enfoque audaz y provocador del sexo en un total de 15 títulos, como Una vieja amante, Barba azul o Anatomía del infierno, de nuevo con Sifredi. Nueve de ellos forman ahora parte de una retrospectiva que se podrá ver en la Filmoteca de Catalunya en colaboración con el D’A Film Festival, incluida su última película en diez años, El último verano, que aborda la relación apasionada entre una mujer madura (Léa Drucker) con un adolescente (Samuel Kircher), hijo de una relación anterior de su marido. 

Fotograma de 'El último verano'

Fotograma de ‘El último verano’

El filme compitió en la pasada edición del Festival de Cannes y aterrizará en los cines españoles el 24 de mayo. «Si hubiese sido un hombre hubiese podido hacer 30 películas, el doble de las que he hecho. Y, a veces hay que decir que dentro del propio feminismo las mujeres no ayudan porque cuando hice Romance X, Françoise Giroud -periodista y ex ministra de Cultura de Francia- considerada como muy feminista dijo que yo ya no tenía que hacer más películas. Me sentí exprimida como un limón», ha asegurado Breillat en un encuentro en la Filmoteca con un grupo de periodistas. 

La cineasta, guionista y también novelista francesa ha llegado a la cita ataviada con un sombrero negro y apoyada en un bastón, ya que su movilidad quedó reducida tras sufrir un ictus hemipléjico en 2004. Sobre cómo ve el feminismo hoy en día, la directora ha sido tajante: «Muchas feministas son muy histéricas. Yo que me considero muy feminista. Para mí el feminismo es tener los mismos derechos y estoy en contra de una gran parte del feminismo actual que defiende un rigorismo moral, un pensamiento único, y eso es fascismo. Se está creando una generación de mujeres para que detesten a los hombres. Yo amo a los hombres y se me ha reprochado en mis películas anteriores que exageraba los defectos de los hombres, pero lo que contaba en mis películas o me había ocurrido a mi o a gente que conocía porque tengo poca imaginación. Hay que dejar de decir que todos los directores son violadores y depredadores. Hay una culpabilidad histérica». 

Se está creando una generación de mujeres para que detesten a los hombres. Los chicos no saben cómo seducir a las chicas de su edad

Sobre este tema se ha referido al papel del chico que interpreta Kircher en El último verano, un joven que se enamora de su madrastra, una brillante abogada. «Vi a más de 200 jóvenes y todos me contaron que estaban aterrorizados a la hora de seducir a las chicas de su edad. Creo que la seducción y el amor tiene que ser algo ligero. Hay que vivir la adolescencia sin juicios». Breillat insiste que «no soporto que me den órdenes» y que «es importante educar, aunque me considero más como una entomóloga. Hago ficción y no soy una jueza o una educadora social». 

Ha recordado un discurso «muy rompedor y feminista» que pronunció en 1999 en la televisión iraní que hoy en día sería catalogado de «horrible» por las feministas. «Hemos llegado a un feminismo peor que el islamismo radical de Irán», ha sentenciado. Un discurso que trabajó durante más de un mes con muchos análisis que van desde la femme fatale a las pin-up y donde reivindicaba películas como El imperio de los sentidos, de Ôshima, cinta de culto sobre una pareja de amantes que vive una historia de amor llevada hasta límites inimaginables. «Es muy importante conservar el cine como arte. Para mí es imprescindible la libertad a la hora de crear». 

Breillat es protagonista de una retrospectiva en la Filmoteca

Breillat es protagonista de una retrospectiva en la Filmoteca

MANÉ ESPINOSA

Breillat, cuyas respuestas son extensas y meditadas, ha defendido que el oficio de actor debería volver a ser como en el siglo XVIII, cuando éstos se consideraban «prostitutas», porque hacían «comercio, no sexual, pero sí con su cuerpo, su herramienta de trabajo». «El actor y la actriz hacen comercio de su cuerpo porque el cine es el arte de la encarnación. Que todo pase por el cuerpo y por el rostro tiene un punto de carnívoro y antropófago. Pero estamos llegando a unos límites en los que vamos a prohibir más cosas que en Irán. Y yo ni como cineasta ni como mujer quiero esto y lucharé contra ello».

Lo de la figura del coordinador de intimidad en las películas no va con ella. «Se creen jueces de la virtud absoluta y básicamente lo que hacen es molestar en el rodaje. No tienen un discurso razonable». Eso sí, ha manifestado que «es verdad que hay que cuidar a las actrices jóvenes».

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Después de una carrera donde ha explorado a fondo el deseo femenino, Breillat opina que «hay que defenderlo siempre frente a la gente que se pretende moralista y que lo sabe todo sobre la virtud». Y añade: «La supervivencia de la especie humana depende del deseo». 

Al respecto, ha mencionado una frase de Pasolini que decía que «el amor es siempre nuevo y nadie sabe de dónde sale el deseo. El amor tiene muchas capas y muchos niveles. Puede ser un encuentro puramente de placer sexual que no es importante o algo muy metafísico y destructor. El abanico de complejidad es mucho más importante de lo que la gente de hoy lo ha reducido. Y toda perversión, desde el deseo sadomasoquista, de desconsideración que puede llegar con la violación, siempre viene de una educación puritana», ha cargado. 

Toda perversión siempre viene de una educación puritana

Breillat se ha referido también a su preocupación por las nuevas generaciones. «Creo que hay problemas de identidad y de género que hemos creado como sociedad. Hay mucha gente que no se siente bien con el género con el que ha nacido. Obviamente ahora se puede elegir pero tengo dos casos en mi propia familia que me preocupa. Lola tiene 25 años y sigue sin saber si le gustan los chicos o las chicas. Quiere que la llamen Emilio y no sabe si se va a operar o no y es algo extraño para mi porque esta situación no es algo innato. Y hay que preguntarse qué pasa en la sociedad porque creo que esta gente no es feliz ni operándose ni cambiándose de nombre. Yo me esforzaré en apoyarla pero cabe preguntarse qué estamos haciendo como sociedad para que estos problemas que no existían antes existan ahora».         

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