Un pájaro en la cocina, por Teresa Sesé

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Entre las migraciones en masa que los artistas emprendieron a París a principios del siglo XX, ninguno de aquellos viajes fue tan extraordinario como el de Constantin Brancusi, quien llegó caminando desde su aldea al pie de los Cárpatos rumanos con un saco en la espalda y un violín en la mano. Atravesó Hungría, Austria, Alemania, Suiza, hasta llegar a la capital francesa el 14 de julio de 1904. El joven barbudo y proteico había trabajado de tintorero, monaguillo, lavaplatos y fabricante de violines, y cuando al poco de llegar Auguste Rodin le invitó a colaborar en su taller, rechazó la oferta porque “a la sombra de un gran árbol –dijo– no crece nada”. A cambio, decidió plantar el suyo propio en el interior de su estudio, su guarida, de modo que no hubiera separación entre la vida y el trabajo, manteniendo los martillos y cinceles al lado de la cama. Hoy es el escultor moderno favorito del mundo, espiritual y mundano, sensual, salvaje y sofisticado, complejo y accesible, capaz de convertir la materia en un improbable y gigantesco trozo de verdad.

'Princesa X', de Brancusi, en las salas del Centro Pompidou

‘Princesa X’, de Brancusi, en las salas del Centro Pompidou 

EFE/EPA/Mohammed Badra

Merece su popularidad. Estos días, interminables colas de visitantes aguardan alegremente frente a las puertas del Centro Pompidou, que le dedica una de las exposiciones del año. En el interior de las abarrotadas salas, dos amantes abrazados emergen de un bloque de piedra, los rostros apretados y los ojos fundidos en uno solo (El beso ); la cabeza dormida de un bebé descansa como un huevo ligeramente aplanado del que surge una boca enorme y gimiente (El recién nacido ) y la amante del escultor, la princesa Bonaparte, se metamorfosea en un falo erecto de bronce, tan pulido que parece el estallido de un relámpago (Princesa X ). La policía lo retiró del Salon des Indépendants de 1920, pero él defendía que se trataba del cuerpo de una mujer, la cabeza y los dos senos.

Brancusi rechazó colaborar con Rodin porque “a la sombra de un gran árbol no crece nada”

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Diversas versiones de ‘Pájaro en el espacio’ frente al cielo de París  

EFE/EPA/Mohammed Badra

Brancusi jugaba a la ambigüedad, sin imponerse, desafiando la imaginación incluso de los funcionarios de aduanas estadounidenses que, en 1927, perplejos ante la posibilidad de que uno de los Pájaros en el espacio que ahora pululan ante los grandes ventanales de la galería como a punto de despegar hacia el cielo de París, fuera realmente una escultura, le impusieron un elevado arancel, poniéndolo en el saco de los “utensilios de cocina y suministros hospitalarios”. De poco sirvieron los argumentos de su amigo Duchamp, que acompañaba la gigantesca escultura en su viaje trasatlántico. ¿Cómo podían llamar pájaro a aquel objeto larguirucho si no tenía pico, ni alas, ni siquiera unas miserables plumas? Brancusi se enfrentó a los tribunales. “¿Diría usted que eso que ha hecho representa un pájaro?”, le interrogaron. “No, señor. Eso representa la idea de un pájaro en vuelo”, respondió. Hubo desfile de expertos y los jueces acabaron por darle la razón. Al día siguiente, los diarios publicaban la fotografía de la escultura con un título triunfal: “¡Es un pájaro!”

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