Crepes indias al atardecer mirando aviones, por Alberto Piernas

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Tenía dieciséis horas por delante para tomar un vuelo de regreso a París desde Nueva Delhi. A los 22 años, dormir en un aeropuerto con la mochila de almohada siempre tiene algo más de aventura, de ingenuo (y de barato). Incontables visitas a la sala de fumadores, tan hinchadas de olor a lumbre y sándalo. Otra McSpicy Chicken Burger, y un hombre con turbante y metralleta en la entrada; “¿Si salgo a tomar el aire podré volver a entrar?” Fue durante una de las caminatas por el exterior de la terminal cuando descubrí a un grupo de familias locales presenciando el despegue de los aviones a través de la valla que rodeaba la pista. En aquel rincón debían reunirse tantas personas que alguien había tenido la genial idea de instalar un puesto de dosas para vender estos riquísimos crepes indias a quienes venían aquí cada atardecer. Tras una animada charla con el vendedor, le pregunté por el motivo de esa curiosa fascinación, a lo que él me contestó con una de esas sonrisas mágicas tan propias de la India: “los aviones en el cielo les hacen soñar con la vida que no tienen”.

Muchos años después, durante las semanas del confinamiento, volvió a mí el recuerdo de los niños agazapados sobre la valla de aquel aeropuerto. Mientras preparaba bizcochos de limón en nuestra pequeña cocina, miraba por la ventana siguiendo la estela de los pocos aviones en el firmamento, tan azul y desnudo, de los días de encierro. Sucumbir a este ritual me hacía recobrar las ganas de pisar la playa, volver a casa y viajar a todas las islas tropicales a las que no podíamos escapar. Incluso me ayudaba a dejar en blanco una mente tan enviciada de tuits alarmistas y reuniones de Zoom.

Quizá haya que levantar más la vista para descubrir que podemos tener los pies en la Tierra y la cabeza donde queramos

Desde el principio de los tiempos, el hombre ha observado el cielo en busca de respuestas: ahí tenemos la creación de los dioses, sus mitos y leyendas; las doce constelaciones del horóscopo registradas por los babilonios, o la lectura astronómica de los egipcios a la hora de decidir la ubicación de sus pirámides. Augusto, Galileo, Van Gogh y su Noche estrellada; Neil Armstrong, y Stephen Hawking mientras escribía Breve historia del tiempo.

Pero más allá de la contemplación del cielo bajo fines científicos o religiosos, muchos aún miramos hacia arriba por motivos más intuitivos: huir de los estímulos visuales, los problemas del trabajo o las situaciones de estrés. Levantamos la vista para aprender de las nubes y su capacidad de rodear el mundo suavemente. Hacer preguntas al universo un domingo por la tarde, o esa persona en la que siempre piensas frente a un cielo rosa. Una mujer cubana asomada por la ventana esperando que pase algo. Tú en Atenas y yo aquí, mirando la misma luna mientras hablamos por teléfono. Una madre, la mía, que le presta las gafas de sol a su hijo de 3 años mientras él apunta con el dedo hacia arriba sin saber que ese será su primer recuerdo. ¿A dónde irán las estrellas fugaces cargadas de tantos deseos?

Mirando al cielo

 

Getty Images/iStockphoto

«Yo siempre miro hacia el cielo y aquí estoy», dijo el japonés Jiroemon Kimura, considerado el hombre más longevo del mundo con 116 años y 54 días, cuando le preguntaron por el secreto para una vida larga y feliz.

Quizá haya que levantar más la vista para descubrir que podemos tener los pies en la Tierra y la cabeza donde queramos. Buscar respuestas en lugar de googlearlas, cabizbajos, a través de una pequeña pantalla. O como bien saben las familias reunidas junto a la valla de un aeropuerto de la India, mirar al cielo para comprender lo pequeños que somos y lo grandes que son nuestros sueños.

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