Raphinha: el hijo del viento

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Brasileño con rizos. Gaúcho de Porto Alegre. Delantero y percusionista. Un futbolista del Barça se lució en París. Si fuera el 2006, todos los titulares hablarían de Ronaldinho. Pero no. Es el 2024 y la gran sonrisa fue de Raphinha. Pocas veces se le había visto tan feliz en estos dos años, en los que se le ha recordado por activa y por pasiva el precio que costó: 65 millones entre fijo y variable. Tocado por una varita, el extremo dio una alegría al barcelonismo y un golpe de efecto que el club llevaba tiempo esperando.

Si el Barcelona está recuperando la autoestima, Raphinha también necesitaba ese subidón en un curso donde parecía desu­bicado (solo 20 titularidades) y adelantado por Lamine Yamal y hasta por João Félix. En París encontró su lugar. Un premio a su mentalidad, resiliencia e insistencia.

Bajo la atenta mirada de Ronaldinho, el brasileño se luce en París con un gol con cada pierna

Fue una noche muy especial para él. En el palco lo miraba con orgullo Deco, que era su representante hasta que fichó para ejercer de director deportivo del Barcelona, aunque aún cobra algunas comisiones pactadas de ese traspaso. Bajo esa atenta mirada se desmelenó en el campo pese a que estrenaba peinado con trenzas.

Cerca, en la zona vip, estaba invitado Ronaldinho. El Gaúcho siempre fue uno de sus padrinos ya que es amigo de la familia. Con gafas y con la gorra Kangol con la visera hacia atrás, sigue siendo una estrella de rock y despertando admiración.

En el momento en que era el mejor jugador del planeta, Ronnie se plantó en el escenario de la sala Bikini de Barcelona con una máscara para tocar unos bongos con un grupo de percusión de su país. En esa banda, Samba Tri, había un músico que tenía un hijo que se pirraba por el fútbol. Se le daba bien. Y cuando el niño creció, acabó defendiendo los colores del Barça, como él. Bendecido por Ronaldinho, llegó el gran partido de Raphinha.

Ni con el Vitória de Guimarães, ni con el Sporting Clube, ni con el Rennes ni con el Leeds United. Raphinha nunca había jugado en la Champions hasta que llegó al Camp Nou. Tras la eliminación prematura del curso pasado, ni siquiera conoció las rondas de eliminatoria. Hasta ayer, el brasileño no se había estrenado como goleador en la máxima competición europea.

Futbolista explosivo, intenso y atlético, Raphinha es un brasileño trabajador antes que un preciosista o un malabarista. Casi un velocista, a veces se le ha reprochado su poco desequilibrio a la hora de encarar. Hasta eso le salió. Dos de los tres regates que intentó fueron con éxito. Su fuerte es el desmarque, la profundidad y el disparo, además de la presión. Todo lo hace a gran velocidad. Puro viento.

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Raphina celebra uno de los goles en París 

Aurelien Morissard / Ap-LaPresse

Y esas virtudes explotaron en el Parque de los Príncipes, donde no paró de correr y de buscar la espalda de la defensa. En 79 encuentros jugados con la camiseta del Barcelona, nunca había firmado un doblete. Lo hizo en una noche grande.

Marcó el primero como extremo derecho y anotó el segundo partiendo desde la derecha. Abrió el marcador con la derecha –que no es su pierna dominante– y empató con el 2-2 con una precisa volea con el exterior de su pie zurdo –el bueno–. Difícil saber qué fue mejor en la jugada, si la asistencia de Pedri o la definición de Raphinha, que ganó por velocidad a Nuno Gomes y se atrevió a enganchar un remate que dejó clavado a Donnarumma bajo palos.

El brasileño, que ya tuvo un cara a cara con el portero a los cinco minutos pero no puso superarlo con un suave toque por debajo de las piernas, se creció y hasta lo probó de falta directa. Le dio un beso a la pelota, pero su disparo no llegó a la red. Poco después, Xavi le sustituyó. Pero no se puede negar que el futbolista está en un momento dulce, con cuatro goles desde finales de febrero. El hijo del viento percutió y tiene chispa. Cuando él marca, el Barça no pierde.

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