El hallazgo de la catarata perdida, por David Dusster

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En un mundo tan cartografiado como el que asoma en las pantallas gracias a Google, aún quedan fenómenos de la naturaleza por descubrir, aunque tal vez sería más apropiado referirnos a explorar o visitar, porque algún satélite, gps, drón u otro artefacto seguramente ya tiene localizado cualquier paraje virgen que quede en el planeta. Viene esta introducción a cuento de que recientemente se ha encontrado un salto de agua ignoto en el parque Nacional Noel Kempff Mercado, en Bolivia, y eso debería ser un estímulo para todos aquellos que vemos el viaje como una forma de soñar.

No estamos hablando de unas cataratas tipo Niágara o Iguazú, saltos de agua imponentes y estruendosos que atraen a miles o millones de turistas cada año pero tampoco de un chorrito que se seca en época seca. Según las autoridades del parque nacional, que enviaron una expedición de guardas para comprobar el hallazgo, la caída tiene una altura de entre 12 y 18 metros de altura y unos  70-80 de ancho, generando en la parte inferior una piscina natural de unos 70 metros de ancho por 120 de largo, con una isla que divide en dos el remanso de agua.

La catarata perdida descubierta en el parque nacional Noel Kempff de Bolivia

La catarata perdida descubierta en el parque nacional Noel Kempff de Bolivia

Senap

El paraje ha sido nombrado la Catarata Perdida en alusión a la Ciudad Perdida de Z, que se supone que está escondida por algún lugar de la selva amazónica. Los restos de esa civilización antigua eran los que buscaba el explorador inglés Percy Fawcett, uno de los referentes en los que se inspiró el personaje cinematográfico de Indiana Jones. Fawcett creía que Z era el mítico Eldorado y en esas andaba cuando partió de Cuiaba, en el actual Brasil, en 1925 para encontrarla. Nunca más se supo de él, como bien relata una película del 2016 protagonizada por Charlie Hunna.

También tuvo un destino trágico Noel Kempff Mercado, el naturalista boliviano que da nombre al parque nacional en el que se ha encontrado el salto de agua, en el río Verde, que hace de frontera de Bolivia con Brasil. Fue en 1986 cuando la avioneta que transportaba al investigador y al resto de miembros de una expedición científica aterrizó en una pista de tierra en medio de la selva con la mala suerte que era un lugar de operaciones del narcotráfico, que acribillaron a los bienintencionados recién llegados. Era  la época del pleno apogeo de Pablo Escobar, cuando la droga se extendió por toda Sudamérica como un manto de riqueza fácil con fecha de caducidad. 

Noel Kempff, el naturalista que dio nombre al parque donde se ha encontrado el salto de agua, tuvo un final trágico, como el explorador Percy Fawcett

En Bolivia hay todavía operaciones de narcotraficantes en pistas clandestinas en la selva, pero la zona en que falleció Noel Kempff fue transformada en un parque nacional declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco por sus valores paisajísticos excepcionales. Y pese a este reconocimiento, sigue siendo uno de los lugares más remotos de Bolivia y de Sudamérica. No hay carreteras asfaltadas que lleven a su interior y sí pesarosas pistas de tierra que se embarran con las lluvias. Los guardas forestales tuvieron que caminar siete kilómetros para dar con la catarata. Los pocos curiosos que cada año se atreven a ir al parque precisan de mucha voluntad y tiempo y logística, pero la recompensa es poder ver un lugar único, ajeno al ajetreo turístico y la masificación, sin asentamientos humanos, en la cuenca amazónica.

Es una de las experiencias remotas -cada vez menos- que se pueden disfrutar. Lo remoto ha sido siempre un gran motivación para los viajeros. Intentar llegar donde pocos lo han hecho antes, emprender en una aventura para lograrlo, o simplemente tener que renunciar a las comodidades habituales. No hace tantas décadas, remoto venía a ser sinónimo de lejano, y en menor medida, de exótico. Pero las reglas han cambiado en este mundo globalizado, por culpa de los aviones y del wifi. 

No hace tanto tiempo remoto venía a ser sinónimo de lejano, pero las reglas han cambiado en este mundo globalizado, por culpa de los aviones y del wifi

Lo más remoto a donde he ido, sobre el papel, son las islas Marquesas, en medio del Océano Pacifico. Para llegar hasta allí tuve que volar a Papeete, capital de la Polinesia francesa, vía París y Los Angeles. En total unas 18 horas de vuelo, y luego cuatro horas más en un avión de hélice hasta el aeropuerto de Nuku Hiva, en las Marquesas.

Este archipiélago fue el hogar al que se asieron el pintor Paul Gauguin y el cantante Jacques Brel y de hecho sus tumbas aún pueden visitarse en Nuku Hiva. Pero si Gauguin tuvo que esperar meses y meses antes de ser repatriado -luego se recuperó económicamente y decidió volver a las Marquesas hasta que murió allí- , en la actualidad, en la bahía Taiohae, el principal puerto de la isla, ya puedes engancharte al resto del mundo a través del wifi… por un más que módico precio como sucede en toda la Polinesia francesa.

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Nuku Hiva es remota, solo hay una carreterra que serpentea como un cicatriz mal cosida por la cresta que parte la mitad la isla y lleva del aeropuerto a Taioahe. Para ir la gran cascada, la de Vaipo, hay que alquilar una barca, caminar y vadear un gran río. Pero todo sale correctamente puesto en el mapa, incluso los tikis, tótems rituales de piedra. Por suerte, en otra bahía de la isla, la de Anaho, el único restaurante estaba cerrado y me quedé con la duda de saber si el wifi había llegado también a la rala que inmortalizó Robert Louis Stevenson en su libro En los mares del sur. Hubiera sido un baño de realismo demasiado cruel en una de las playas más bonitas del Pacífico, a la que solo se puede acceder por mar o caminando.

Lo mejor de todo es que aunque cuesta cada vez más pasear o incluso imaginar lugares remotos, como se ha visto ahora en Bolivia, siempre queda una catarata por descubrir y un lugar poco comunicado que la mayor parte de las veces nunca pasa de ser un punto en el mapa al no podremos llegar nunca pero que nos hace soñar con los mundos que fueron y que imaginamos.


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