Las Barrancas del Cobre, tesoro de Chihuahua y hogar de los ‘pies ligeros’

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Al filo de las Barrancas del Cobre, el mundo parece un papel arrugado. Un laberinto de pliegues, que se pierden y se encuentran de nuevo, para acabar confundidos en el telón de piedra que ocupa la línea del horizonte. Hacia abajo, la verticalidad del abismo, el vértigo que turba y desorienta.

Estamos en Chihuahua, en el noroeste de México, allí donde la Sierra Tarahumara esconde el mayor sistema de barrancos del mundo. Muchos no saben que, aunque la fama se la lleva el Gran Cañón del Colorado, este desfiladero mexicano resulta cuatro veces más grande y casi dos veces más profundo. Cosas del marketing.

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Más de 60.000 kilómetros cuadrados abarca esta descomunal red de cañones, que llega a alcanzar profundidades de hasta dos mil metros y que tiene su fuente de vida en los ríos que luego regarán los fértiles valles de Sonora y Sinaloa. Desde las soleadas llanuras hasta los picos escarpados, el agua no sólo ha propiciado atronadoras cascadas, sino que también ha atraído a las misiones de los jesuitas y a los pueblos indígenas que, aún hoy, conservan sus costumbres ancestrales.

Un mosaico natural

Es a los movimientos tectónicos de hace nada menos que 20 millones de años a los que debe su existencia este majestuoso escenario, que forma parte del gran macizo de la Sierra Madre Occidental y que toma su nombre de las minas de cobre descubiertas en estos parajes solitarios a finales del siglo XVII.

Vista aérea del Cañón del Cobre (México)

Vista aérea del Cañón del Cobre (México)

Getty Images/iStockphoto

Hoy, como entonces, este sistema de grietas está formado por siete barrancas, algunas tan relevantes como la de Urique, la más profunda de México con sus 1.879 metros, o la de Candameña, donde se desploman las cataratas de Piedra Bolada y Baseaseachic, que son las más altas del país.

Contemplar las Barrancas del Cobre desde cualquiera de sus miradores (especialmente el de Divisadero) es dejar que la vista se funda con la abrupta orografía en un mareante ejercicio de sube y baja. Pero nada de aspereza en el paisaje: estas quebradas atesoran una biodiversidad única gracias a la variedad climática que ocasionan los desniveles.

La vegetación pasa de los bosques de pinos y encinas en cotas elevadas a los cultivos de naranjos y mangos en los valles

Mientras en las alturas cunde una atmósfera alpina con temperaturas gélidas, en el fondo del cañón el clima es subtropical, es decir, húmedo y caliente. Hasta puede ocurrir que, al tiempo que nieva en la cima de las barrancas, en sus profundidades el calor es intenso incluso con manga corta. Esto, claro, también se refleja en la vegetación, que pasa de los bosques de pinos y encinas que tapizan las cotas elevadas a los cultivos de naranjos, mangos y zapotes en la hondura de los valles.

La etnia de los ‘pies ligeros’

Pero si por algo destaca este tesoro de Chihuahua es por tratarse del hogar de los tarahumaras, también conocidos como rarámuris. Una etnia que se define a sí misma como «de pies ligeros» por su habilidad para recorrer largas distancias a una velocidad sorprendente.

Los tarahumara son una etnia de Chihuahua amenazada por el progreso

Los tarahumara son una etnia de Chihuahua amenazada por el progreso

Getty Images

Ataviados con sus trajes tradicionales (coloridos vestidos para las mujeres; túnicas blancas para los hombres), y sin más calzado que el de los huaraches (una suerte de sandalias elaboradas con goma de neumático), los rarámuris han conquistado ultramaratones en todo el mundo, movidos por su voluntad casi mística de correr, como ritual y modo de subsistencia.

Así se les puede ver hoy en día, entre los fruncidos de las Barrancas del Cobre, donde siguen viviendo en comunidades y donde a duras penas conservan su cultura, amenazada siempre por el progreso: la carrera de bola o rarapípama, la música que santifica los momentos, la danza como medio de oración. Su existencia discurre con el único apego a esta sierra, a la que se replegaron hace cinco siglos para esquivar la colonización española.


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El sueño del ferrocarril

Noventa años hicieron falta para que esta accidentada geografía se viera atravesada por un tren. Con el Chepe Express se cumplió el sueño de unir Chihuahua con el Pacífico, salvando de forma ingeniosa (y casi milagrosa) estas espectaculares barrancas. Desde el pueblo mágico de Creel hasta Los Mochis, ya en el estado de Sinaloa, este ferrocarril de estilo decimonónico aborda uno de los recorridos más hermosos del mundo.

Unos 200.000 pasajeros emprenden al año el exclusivo viaje del Chepe, al completo o en alguno de sus tramos. Un trayecto que, con la banda sonora del traqueteo, aborda 86 túneles (el más largo, el del Descanso, con 1.823 metros de longitud), cruza 37 puentes (el más alto, el de Chinipas, con 105 metros de altura) y bordea gigantescos acantilados, siempre con la panorámica de este decorado arrugado.

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