Las cabras pagan dos dólares; los europeos, veinte, por Raimon Portell

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Hoy es fin de año. Mañana empieza el 2079 (según el calendario nepalí). Y vamos a celebrarlo por todo lo alto en el santuario de Manakamana. Por todo lo alto porque para alcanzarlo hay que superar los mil metros de desnivel que separan el santuario del curso del río Trishuli, junto al cual discurre la carretera que une Katmandú y Pokhara. Los esforzados deberían prever un mínimo de cinco horas de ardua ascensión, pero la humanidad al completo hará cola en el funicular de tecnología austríaca que funciona a las mil maravillas. Eso sí, con una hora de pausa para la comida del mediodía.

La lista de tarifas es extensa. Los nepalíes pagan alrededor de cinco dólares (con rebajas para niños, estudiantes, mayores y discapacitados) por un viaje de ida y vuelta; los indios, siete dólares; los chinos, diez; nosotros, veinte dólares. Pero las cabras solo pagan dos dólares. Puede sorprender que paguen tan poco, cuando disponen de cabinas especiales, pero es que solo suben. O, por afinarlo uno poco, si a los peregrinos la visita los transforma, a ellas las desarma.

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En cualquier caso, el ascenso tiene sus atractivos, con el cruce por encima del río, remontando la vertiginosa ladera, sobrevolando intrincados campos de arroz. Un cuarto de hora, para alcanzar el complejo de tiendas con juguetes, ofrendas y recuerdos, los restaurantes y las hosterías que se apiñan en la red de callejones y escaleras que rodean el santuario.

En fecha tan importante, el alojamiento resulta escaso, por mucho que los clientes, después del dispendio del teleférico, intenten apretujarse al máximo en cada habitación, con cabra incluida si es preciso. Quedan pocas camas libres y los precios se han disparado. Y puede que se me escape una mueca de duda en la tercera habitación que visito. El chaval que me la enseña se lo toma como un reto y me guía hasta el hotel de su tío. Lleno. Pasamos por otro establecimiento, y otro, y otro, hasta cinco, antes de dar con uno que promete agua caliente y algo de tranquilidad, aunque se encuentra en el extremo superior del vecindario.

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Entonces puedo ya dedicarme a la visita. Pero al atardecer la actividad ha remitido. Quedan pocos fieles por saludar a Bhahwati, encarnación de la diosa Lakshmi. Unos entran en el santuario, otros encienden lámparas o queman incienso. El santuario resulta discreto, de dimensiones humanas, con paredes de ladrillo, madera labrada y dos tejados de cobre superpuestos en forma de pagoda. Una reja lo rodea. El interior está reservado a los creyentes, hindúes o budistas. En la plazoleta que lo envuelve dormitan algunos perros y las palomas pican granos de maíz. Más allá, donde cae el abismo, debería distinguirse la cordillera de los Annapurnas, pero la calima lo impide.

Ceno en el que será el más pretencioso local del complejo y pago las consecuencias de un cocinero experimental que hasta viene a saludar. Al salir, unas familias bailan frente a una tienda y la noche discurre tranquila, arrullada por un coro de perros.

La diosa es generosa y corresponde a las peticiones. Salvo con las cabras

Y, a la mañana siguiente, solo de poner un pie en la calle, tropiezo con una cola que se pierde escaleras abajo. Son cientos de fieles, unos con cabras, otros con cestos de regalos, manzanas, cocos, collares de flores. Y estallan los rojos, naranjas, azafranes y oros de los saris. Una colección de santones se ofrece para pintar el bindi -el punto rojo en el entrecejo-, y satura el aire el humo de todo lo que quema, lámparas, incienso, ovillos de algodón. Alcanzo la plazoleta cuando se cierra el santuario y unos músicos con trompas que en su momento usaría Monteverdi dedican una serenata a la diosa.

Lo sabe todo el mundo. La diosa es generosa y corresponde a las peticiones. Salvo con las cabras. Si regresan en el teleférico, será ya en un formato adecuado para la barbacoa.

El templo de Manakamana al caer la noche

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