Nara, la ciudad japonesa donde ciervos sagrados corren por las calles

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Nara es una ciudad relativamente pequeña de la isla de Honshu, en Japón. Apenas alcanza los 400.000 habitantes, lo que para el país que cuenta con la megalópolis más importante del planeta resulta una villa de categoría menor. Sin embargo, fue la primera capital reconocida del Japón unificado, durante unas décadas del siglo VIII. Su patrimonio arquitectónico y cultural es tan exuberante que cuenta con hasta ocho lugares proclamados por la Unesco patrimonio de la humanidad. Vale la pena la visita a cada uno de ellos.

Sin embargo, el primer impacto visual –y de otros sentidos– que recibe el foráneo que desembarca en Nara no son sus monumentos, sino unas criaturas rápidas e insistentes que pueblan sus calles: ciervos. En efecto, hay un millar largo de ejemplares de estos mamíferos que originariamente se circunscribían a los alrededores del parque Nara-koen. Pero los animalillos han desbordado sus límites y ahora cruzan avenidas y se pasean por bulevares y aceras de amplias zonas de la ciudad. Por supuesto, obvian los semáforos, lo que desemboca en algunos asuntillos de tráfico que los habitantes encaran con paciencia.

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Los ciervos de Nara, en el imaginario budista local, son emisarios de las deidades celestiales. Por ese motivo se les tolera todo, como que hurguen con sus hocicos en las mochilas y los bolsillos de los turistas. Son descarados, insistentes e incluso un poco agresivos, y capaces de detectar la más mínima migaja de pan oculta en un bolso. De ahí que acosen a los despistados. Los nativos de Nara están más que acostumbrados a ellos y suelen ahuyentarlos con un simple chiflido amenazador.

En las inmediaciones del citado parque hay puestecitos que venden las llamadas galletas de ciervo (shika-sembei). Antes de comprar unos paquetes, el viajero deberá estar mentalmente preparado para recibir un alud cornudo de ejemplares que empujan sin reparo las manos del incauto, intentando llegar a la golosina antes que sus congéneres. Puede ser una experiencia gratificante si se tiene un carácter firme o bien un tanto aterradora si se es tímido con los animales, mejor que los niños no la practiquen. 

Un ciervo pasta cerca del templo de Todai-ji, en Nara (Japón)

Un ciervo pasta cerca del templo de Todai-ji, en Nara (Japón)

Getty Images/iStockphoto

Hay que recordar el carácter santo de los cérvidos, por lo que no se les puede achuchar o apartar con malas maneras. Ser una persona alta es lo que más ayudará para poner un poco de orden en el acoso ungulado. Lo bueno es que en cuanto detectan que las galletas se han terminado se van sin más protocolo a buscar a otra víctima. Pero hay tantos ciervos que algunos están muy hambrientos. Atención a lo que sobresalga de los bolsillos, ya sea un mapa, el pasaporte o un pasaje de tren, seguramente será engullido por un astado antes de que el turista pueda siquiera poner cara de sorpresa.

Superada la aventura “cérvida”, puede uno arremangarse a ver las maravillas de la ciudad. Sin duda, la primera cita se halla en el templo Todai-ji. El Buda de bronce que lo preside es el mayor del país, en actitud de bendecir y siempre rodeado de flores de loto. Es una estatua gigantesca que contrasta con la pequeña abertura que se ha practicado en una de las columnas de madera que sostiene el pabellón Daibutsu-den (por otro lado, el mayor edificio de madera de Japón). La tradición señala que quien la atraviese conseguirá la Iluminación. Realmente es difícil, pocas personas adultas lo conseguirán, tal es la estrechez del paso, que aseguran tiene el mismo calibre que el orificio de la nariz de la gran estatua.

Los ciervos de Nara, en el imaginario budista local, son emisarios de las deidades celestiales

Además de Todai-ji, los demás lugares de Nara que forman parte del patrimonio de la humanidad son los templos budistas Kofuku-ji, Gango-ji, Yakushi-ji y Toshodai-ji; el santuario Kasuga Taisha; el bosque virgen Kasuga-yama y el palacio Heijo-kyo.

Nara se halla en la región de Kansai, a poco más de media hora en tren de Kioto y Osaka. Es un lugar placentero en el que gastar varios días, durmiendo en sus hostales tradicionales (ryokan) y disfrutando de restaurantes buenos y de precios asequibles.

El Buda de bronce de Todai-ji es el mayor del país, en actitud de bendecir y rodeado de flores de loto.

El Buda de bronce de Todai-ji es el mayor del país, en actitud de bendecir y rodeado de flores de loto.

Getty Images/iStockphoto

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