Cannes, la ciudad del búnker y los 24 escalones que cumple 75 años como templo del glamur

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La arquitectura del Palacio de Festivales y Congresos de Cannes es tan blanca como anodina y pesada. La construcción, a medio camino entre el puerto viejo y las playas de La Croisette, se conoce popularmente como el búnker. Sin embargo su aspecto insulso guarda un rincón codiciado por muchos turistas que pasan por la Costa Azul. Viajeros anónimos que ascienden 24 escalones cubiertos de alfombra roja para apostarse con toda la elegancia posible y lograr que el familiar o amigo de turno los retrate para la posteridad. Siempre imitando los posados que cada primavera protagonizan en idéntico lugar las grandes figuras del cine mundial.

De nuevo este mes de mayo se celebrará aquí el Festival Internacional de Cine de Cannes, uno de los eventos más esperados del calendario cinéfilo. Todo un acontecimiento que en 2022 conmemora su 75 edición. Una larga historia para convertirse en el festival de cine con la atmósfera más frívola del globo, pero cuyos orígenes nacen del enfrentamiento político con la Mostra de Venecia, decana de los concursos del celuloide.


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Aunque el primer festival de Cannes se remonta a 1946, ya se había programado una edición inicial en 1939. Para entonces la muestra veneciana evidenciaba una vergonzosa parcialidad a la hora de otorgar sus premios, acaparados por producciones panfletarias de la Alemania de Hitler y de la Italia de Mussolini. De modo que en Francia quisieron contrarrestar aquel tongo con su propio certamen internacional. Lo prepararon a contrarreloj y se dispusieron a inaugurarlo en septiembre de 1939. Hasta llegó Hollywood personificado en stars de la talla de Gary Cooper, Mae West o Tyrone Power. Sin embargo los focos no llegaron a encenderse ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Hubieron de esperar a la paz en Europa para iniciar su andadura. Desde entonces ha ido creciendo en importancia y exquisitez. Y si bien se ha adaptado a las tendencias artísticas, sociales y políticas, lo cierto es que se le considera el festival de cine más rimbombante del planeta. El más querido por las rutilantes estrellas del séptimo arte.

Paseo de la Fama de Cannes

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Mónica Grimal

A lo largo de décadas, Grace Kelly, Sophia Loren, Caterina Zeta-Jones, Paul Newman, Sean Connery o Johnny Depp han lucido palmito en la riviera francesa. Y también han desfilado por aquí Walt Disney, Orson Welles, Los Pájaros de Hichtcock o los hermanos Coen que recibieron la Palma de Oro por Barton Fink, al igual que Tarantino y su Pulp Fiction. Mucho antes lo habían hecho Dumbo, La Dolce Vita de Fellini, Coppola con su Apocalypse Now o el E.T. de Spielberg, ganador en 1982. De hecho, él fue el último vencedor en la anterior sede del certamen: el Palais Croisette, ya derruido.

La presencia anual de tales celebridades de relumbrón se convierte en el mejor spot turístico para la urbe. Y ella, lo agradece recordando al festival en cualquier esquina. Al pasear por Cannes, se hallan homenajes a los mitos del cine en forma de grandes murales decorando fachadas de edificios, o el turista se sorprende compartiendo las marquesinas del bus urbano con las efigies de actrices y actores en riguroso traje de gala. Al igual que no faltan escaparates y bares con las fotos de los artistas que por ahí han pasado, o hay baldosas que guardan las huellas de Almodóvar, Stallone, Sharon Stone o Belmondo.

Las clases más pudientes de París y las fortunas británicas siempre han valorado su clima privilegiado

El Festival Internacional de Cine le ha concedido una fama inaudita a Cannes. Pero no hay que pensar que este trocito de la Costa Azul antes era un páramo. Al fin y al cabo se trata de un tramo del Mediterráneo con un clima privilegiado, algo que siempre supieron valorar las clases más pudientes del lejano París, e incluso las opulentas fortunas británicas.

La afluencia de estos acaudalados visitantes se multiplicó tras la Primera Guerra Mundial, y con los felices años 20 del pasado siglo se inició la gran transformación de Cannes. Frente al mar, se levantaron villas y los grandes hoteles que aún hoy dominan los dos kilómetros del paseo marítimo de La Croisette. Surgieron los rótulos del Carlton, Hilton, Grand Hotel, Le Majestic o el Splendid. Luego llegarían elegantes cafés, casinos y las prestigiosas firmas de ropa o joyería, al igual que los garajes cobijaron a los coches más modernos de cada momento.

El Hotel Carlton y Hermes en La Croisette

El hotel Carlton y Hermes en La Croisette

Mónica Grimal

Todo eso se mantiene en la actualidad. Al pasear por La Croisette se van descubriendo todos los iconos del lujo, desde Gucci hasta Rolls Royce, pasando por Rolex, Chanel o Montblanc. Unas junto a otras, a un paso de Fendi está Celine, o los vecinos de Armani son Hermès y Louis Vuitton. Y en ninguna de ellas falta clientela.

Aunque está claro que la gran mayoría de visitantes se conforman con comprarse un helado, contemplar los escaparates y quedarse boquiabiertos ante los precios de tan selectos productos. Mirar todavía es gratis. Lo único en Cannes, porque incluso ir a la playa puede costar dinero, ya que gran parte de la extensión de arena de La Croisette son espacios privados en propiedad de los grandes hoteles y con chiringuitos de primerísimo nivel.

Mucho antes del lujo y el cine, hubo un pueblo de pescadores en cuyo puerto atracaban sus pequeños barcos

Un panorama glamuroso que se puede otear desde el paseo marítimo o mejor aún desde la parte más alta y antigua de la localidad. Porque sí, Cannes tiene una historia anterior al brillo del lujo y el cine. Mucho antes de eso hubo un pueblo de pescadores que atracaban sus pequeños barcos en el mismo puerto donde ahora echan amarras imponentes yates.

La esencia de aquellos orígenes se respira en el barrio de Le Suquet, asentado en una empinada colina en cuya cúspide se hallan la iglesia de Notre-Dame d’Espérance y el castillo. El interior de esa fortaleza hoy está transformado en el Museo de la Castre que alberga una curiosa muestra sobre distintas civilizaciones mediterráneas y antiguas, con un evidente protagonismo de la cultura provenzal y la ligur que son la base histórica de Cannes.

Vistas de La Suquet desde el puerto viejo

Vistas de La Suquet desde el puerto viejo

Mónica Grimal

Recorriendo las calles de Le Suquet es donde mejor se descubre el alma del lugar. Ahí conviven las tiendas de souvenirs y los restaurantes turísticos con los negocios de algún que otro diseñador local, así como se abre el espacio diáfano del tradicional mercado de Forville. En su interior, cada mañana los vendedores montan y desmontan sus puestos para mostrar lo mejor de la gastronomía de la zona. 

Productos del mar y de la huerta, presentados con absoluta naturalidad. Ajenos al oropel del palacio del festival y de La Croisette, como si los separaran cientos de kilómetros. Pero en realidad solo hay unos minutos de distancia. Un corto paseo entre la vida real y la fantasía. Tal vez ese sea el encanto secreto de Cannes.

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