Mónaco en mayo, un mes a toda velocidad

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El Principado de Mónaco es uno de los pocos países que se recorren en un solo día. Sin prisas, caminando por empinadas calles, disfrutando de jardines, parándose ante los escaparates y admirando todos sus rincones emblemáticos, sin dejarse ni uno en tan solo una jornada. Y sin embargo nadie relaciona este lugar con una plácida caminata turística y cultural. Al contrario. La imagen de Mónaco, y sobre todo de su conocido distrito de Montecarlo, se vincula con la velocidad de los coches más potentes del mundo.

Así es desde el primer Grand Prix de Mónaco de 1929, décadas antes de que existiera la Fórmula 1. Por entonces nadie podía prever la absoluta identificación que tiene ahora la ciudad-estado con su carrera. De hecho, mientras otros lugares marcan en rojo en el calendario las fechas de Navidad o Nochevieja. Aquí, cada año empieza y acaba en mayo, ya que dos de sus fines de semana están copados por los bólidos.


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En primer lugar se celebra el Gran Premio Histórico, y dos semanas después llega el campeonato de F1. Tal vez posea mayor encanto la carrera histórica donde compiten coches que van desde mediados del siglo XX hasta 1980. Una oportunidad fabulosa para disfrutar de estampas de antaño. Esa aura a medio camino de la nostalgia y el agradecimiento al automovilismo, la han sabido expresar en Mónaco con una escultura permanente en homenaje a uno de los grandes campeones de todos los tiempos: Juan Manuel Fangio.

El piloto argentino venció en el primer Gran Premio de Fórmula 1 de 1950. Aquella carrera, al igual que ocurre en la actualidad, paralizó por completo la ciudad. Entonces y hoy, el diminuto país se detiene mientras los pilotos recorren a velocidades imposibles las calles monegascas. Al ser un circuito urbano, todo queda sometido al beneficio de la prueba deportiva.

Mítica curva de La Rascasse

Mítica curva de La Rascasse

Mónica Grimal

De hecho, semanas antes el tráfico comienza a sufrir cambios. Se levantan vallados, graderíos y defensas, parece que el asfalto del circuito callejero más famoso se enjaula para conservarlo hasta que lleguen las estrellas del volante. No obstante, los coches particulares siguen circulando por la subida de Santa Devota que es el comienzo de la carrera o es posible hacer el giro total que supone La Rascasse, la mítica terraza con vistas privilegiadas a algunos de los accidentes más famosos del gran premio.

Conducir por ahí, cumpliendo escrupulosamente con el código de circulación, es algo que muchos buscan disfrutar con su propio automóvil. Es el mejor modo de admirar el pilotaje de las figuras del automovilismo. Al trazar la curva de Loews o zigzaguear en la chicane del puerto es imposible no preguntarse cómo los profesionales alcanzan tales velocidades.

El cortejo del motor, junto a los inmensos barcos amarrados en el puerto, proporciona la visión más opulenta de Mónaco

También es atractivo caminar por tramos del trazado. Es posible por la zona del puerto de Hércules. Ahí, junto a los boxes que ocuparán los monoplazas, hay bares y restaurantes para tomar un aperitivo o una cerveza. Son ideales para fantasear con el ambiente del Grand Prix. Pero eso acarrea un coste muy alto, a la altura de su fama.

También la plaza del Casino está vinculada con el gran premio. En realidad, ahí se celebra cualquier día un pequeño rally. Por el mismo asfalto que circularon Fitipaldi, Lauda, Schumacher o Alonso procesionan los últimos modelos de Ferrari, Bentley, Lamborghini o Mercedes. Sus propietarios salen a lucirlos en fastuoso desfile para que les admiren los pobres turistas, los cuales no saben si mirar esos coches en movimiento o al vecino parking del exclusivo hotel de Paris donde no faltan Rolls Royce, Maserati, Aston Martin o cualquier otra marca inaccesible para la inmensa mayoría de los mortales.

Los coches de lujo exhibiéndose por Montecarlo

Los coches de lujo exhibiéndose por Montecarlo

Mónica Grimal

El cortejo del motor, junto a los inmensos barcos amarrados en el puerto, proporciona la visión más opulenta de Mónaco. Los turistas de a pie, venidos de países con rígidas fiscalidades, se emboban con las exuberantes máquinas. Incluso los que aprecian desfachatez y cierta obscenidad en el exhibicionismo de los ricos, no dejan de asombrarse con tanto lujo y belleza.

Son posesiones al alcance de los grandes patrimonios o, ¿quién sabe si de algún afortunado que rompa la banca en el propio casino de Montecarlo? Algo bastante improbable. De hecho, esta institución es una de las mayores entradas de dinero en el Principado. Así que no está concebida para hacer millonarios, salvo al país y sus ciudadanos. Como prueba basta con saber que los monegascos tienen prohibido apostar en este lugar.

El casino de Montecarlo

La institución es una de las mayores entradas de dinero en el Principado y los monegascos tienen prohibido apostar  

No hace falta jugar a la ruleta, los naipes o las embaucadoras máquinas tragaperras para visitar este edificio de indudable atractivo. Es una obra del siglo XIX diseñada por Garnier, arquitecto de la Ópera de París. Espectacular e integrado en el conjunto urbano, con los coches exclusivos, el hotel en un flanco, el cercano jardín Japonés y una vistosa escultura de Anish Kapoor reflejando el casino, el cielo y todo el entorno.

Pero también merece una visita su interior. Por las mañanas, su vestíbulo es accesible y gratis, cuando las salas de juego no están en funcionamiento. Y también se hacen recorridos guiados por el edificio que además del casino incluye el Gran Teatro, la casa del Ballet y una ópera. En definitiva, posiblemente sea el principal monumento del estado.

Mirror Sky de Anish Kapoor con el reflejo de la plaza del Casino

Mirror Sky de Anish Kapoor con el reflejo de la plaza del Casino

Mónica Grimal

Aunque no el único. Para descubrir otras joyas hay que andar hasta el extremo opuesto del país, literalmente. Un paseo para bajar al puerto y emprender la subida a La Rocher, el Mónaco antiguo. En lo alto aguarda el castillo principesco, residencia oficial de los Grimaldi, la dinastía que ha regido de manera ininterrumpida en Mónaco desde el siglo XIII. Si bien, esta pequeña porción del Mediterráneo estuvo controlada por franceses e italianos durante siglos, incluso fue protectorado español. No obstante, desde 1815 es un estado independiente.

Un lugar con cierto tono de cuento de hadas. Algo que se respira especialmente en La Rocher, con el castillo, la catedral, los jardines de Saint Martin o los estrechos callejones medievales por los que discurre la ruta de Grace Kelly, la actriz de Hollywood que abandonó el cine para ser princesa y convertirse en el otro gran icono de este minúsculo país de la Costa Azul.

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