¿Nos falta inteligencia analógica?, por Rocío Martínez-Sampere

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No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero siento la perplejidad ante nuestro futuro en aumento. No solo cuando oigo declaraciones de importantes dirigentes que me trasladan a 1914, también cuando hay muertes evitables cada minuto, cuando observo que el PIB va mucho mejor que nuestra economía real o cuando aguanto la respiración ante cada contienda electoral con la vista puesta en la más significativa de todas: el próximo noviembre en Estados Unidos.

Y me temo que esta perplejidad, cuando se reviste de ansia y enfado, es lo que está detrás del crecimiento de la extrema derecha que veremos en las próximas elecciones europeas. Nos haríamos un favor a nosotros mismos si aceptáramos que combatirla no es fácil. Podemos recurrir a la nostalgia, al “cuando todo funcionaba mejor” –yo lo hago a veces–, pero es evidente que es un refugio absurdo. O podemos aceptar que no hay más remedio que intentar navegar la ola, sabiendo que tener rumbo y una caja de herramientas en buen estado es fundamental para llegar a puerto. Vamos, la misma receta aburrida de siempre: política y políticas. Proyecto y reformas. Visión de lo que viene y transformación de lo que tenemos para que siga sirviendo.

Oficina de Gestió Empresarial (OGE)
l'ús de la IA en les gestions de la Generalitat

 

Miquel Gonzalez/Shooting

Y era justamente por eso, para combatir mi perplejidad con alguna receta constructiva, que quería dedicar mi artículo de hoy a la inteligencia artificial. Eso de lo que todo el mundo habla, eso que va a ser clave para navegar nuestro futuro. Tenía incluso un buen punto de partida, la frase de la escritora Joanna Maciejewska: “Quiero que la IA haga la colada y lave los platos para que yo pueda dedicarme al arte y a escribir, no que la IA escriba y dibuje por mí para que yo pueda hacer la colada y lavar los platos”. ¿No les parece brillante?

Hay que acometer una de las reformas menos sexis pero más necesaria: la de la administración pública

Sin embargo, me crucé con un dato que me pareció más revelador y que indica la ausencia de inteligencia no ya artificial sino analógica, esa que deberíamos exigir a los que nos gobiernan. En los próximos diez años, el 51% de los empleados públicos en España se jubilarán y parece que nadie está por la labor de aplicar voluntad e inteligencia para aprovechar la coyuntura y acometer una de las reformas menos sexis pero más necesaria: la de la administración pública. Una reforma que no debería despertar grandes disputas ideológicas.

Tanto entidades profesionales como reconocidos expertos (Ramió, Longo o Jiménez Asensio) hace tiempo que han hecho el diagnóstico y las propuestas: reorientar el modelo de recursos humanos hacia la meritocracia y la profesionalización de los directivos, mejorar la transversalidad y la agilidad, la evaluación y la innovación. Por no hablar de los dos grandes puntos ciegos del sistema: la eventualidad y la anomalía española de la figura del asesor –básicamente políticos–, que además no están sujetos a transparencia alguna.


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Rocío Martínez-Sampere

efe

Juan Moscoso del Prado hizo hace tiempo una propuesta muy interesante sobre un sistema mixto de acceso, rompiendo el monopolio del modelo opositor. Pero la falta de inteligencia analógica hace que nadie acometa esta reforma y que España puntúe muy bajo en los índices de eficiencia del gobierno, a niveles de países como Malta y por detrás de Qatar.

¿Cómo calificarían algo importante que sabemos que tenemos que hacer y cómo lo tendríamos que hacer y no hacemos? Pues supongo que dirían que es una estupidez. Analógica o artificial, pero estupidez, al fin y al cabo.

Artificial o analógica, la inteligencia colectiva es hacer las cosas de acuerdo a una utilidad y al interés general. ¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita?

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