Sí, la arquitectura se descubre pisándola, por Raimon Portell

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La arquitectura debe apreciarse con los pies. Verdad solemne, que podría cincelarse con mayúsculas en algún emplazamiento importante si no fuese que topé con ella de golpe y porrazo, con agravantes de nocturnidad y alevosía, en una casa aldeana de Maramures.

Situemos el escenario. Al norte de Rumanía, a un tiro de piedra de Ucrania. Maramures es una región campesina de lomos amables, carreteras asediadas por el bosque, praderas, carros y almiares, y especialmente reconocida por su labrado de la madera. Toda casa que se precie dispone de una cerca con un acceso señorial, un portón con tejadillo sostenido por pilastras gravadas con motivos simbólicos que protegen a quien se marcha y sanean a quien llega. Pero, sin duda, su atracción más singular y afamada son sus iglesias de madera. 

Las iglesias de madera de Maramures han sido reconocidas con el sello de patrimonio mundial de la Unesco

Se levantaron a partir del siglo XVII, cuando las autoridades austrohúngaras prohibieron erigir con piedra cualquier templo de confesión distinta a la católica oficial. De ahí que los cristianos ortodoxos se viesen obligados a usar un material alternativo. El resultado es singular, único, como ha reconocido el sello de patrimonio mundial que otorga la Unesco. Envueltas por el cementerio, parten de un mismo patrón, con unas pocas variaciones. Son pequeñas, con coro, techo abovedado cubierto de tejas del que se dispara un campanario que parece un sombrero de bruja. Su interior, en los mejores ejemplos, aparece cubierto con pinturas de escenas bíblicas que podrían atribuirse a un artista románico escapado de su tiempo.

Para visitar la región, encuentro albergue en casa de la señora Maria. Me conduce a mi habitación en el primer piso. Alcanzamos un distribuidor donde ha dispuesto distintos trabajos de artesanía: los vestidos típicos de la región, además de otras telas que ella misma teje. En el rellano, me indica cuál es la puerta de mi habitación y, también, cuál es la del lavabo que me corresponde.

Iglesia de la Presentación de la Virgen, en Barsana, prototipo de los templos tradicionales de Maramures

Iglesia de la Presentación de la Virgen, en Barsana, prototipo de los templos tradicionales de Maramures

Getty Images/iStockphoto

La señora Maria prepara unos ágapes de órdago. Para cenar, placinta cu branza (pastel con queso), ciorbă (potaje), arroz y carne ahumada envuelta en hoja de col, pastelillos de postre, y unos dedales de rachiu como digestivo. Es normal, pues, que uno tenga que levantarse por la noche. Me muevo descalzo y a tientas por la habitación, abro la puerta, voy a salir al rellano y pego un golpe de pie en el umbral, que se levanta dos dedos del suelo. Maldigo la arquitectura, claro, y mi poca memoria. 

Ya en al rellano, salto y levanto las manos ante los ancestros que allí me esperan; son los trajes regionales que no recordaba. Y en medio del rellano mi pie vuelve a chocar con un escalón más afilado que el umbral. Entonces en mi maldición entran ya todos los constructores desde los tiempos de la torre de Babel y les deseo algunas de las torturas que he descubierto en las pinturas de las iglesias de madera: que los demonios les pasen por encima con el arado, por ejemplo, o que disfruten la eternidad con un violín desafinado junto al oído. Por fin alcanzo el lavabo, y me rebaño la planta del pie con otro umbral. Resultado: la piel levantada y un caminito de gotas rojas que puntúan el suelo. Retrocedo hasta la habitación limpiándolas una por una.

Sí, la arquitectura se descubre pisándola. Y resbalando (en el Taj Mahal). Y a coscorrón limpio (en tantos dinteles ingleses, nepalíes, neolíticos…). Y despeñándose entre cascotes (en Angkor)… En resumen, la arquitectura hay que tratarla con tacto.

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