Una realidad monstruosa, por Carme Riera

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Ante los horrores de la guerra los ciudadanos de a pie nos sentimos impotentes, muchos, no todos, porque los hay que han decidido no enterarse, contemplamos las dos guerras cercanas con consternación. Tanto la de Ucrania como la de Gaza, quedan, aunque pueda parecer lo contrario, a un tiro de piedra de nuestros cuartos de estar, desde donde solemos asomarnos a las noticias.

Members of Palestinian Abu Ghouta family eat their iftar meal as they break their fast near the rubble of their destroyed house during the holy month of Ramadan, amid the ongoing conflict between Israel and Hamas, in Rafah in the southern Gaza Strip, March 21, 2024. REUTERS/Mohammed Salem

 

Mohammed Salem/Reuters

Del aeropuerto de El Prat al de Kyiv no se tardan más de tres horas y media. Parecido lapso de tiempo media entre El Prat y el destruido aeropuerto de Rafah, que contó en su inauguración, en 1998, con la presencia de Arafat y de Clinton, pero fue arrasado en el 2001 por Israel, tras la segunda intifada.

¿Qué son cuatro horas de vuelo hoy en día cuando la gente se va de fin de semana a Cancún y se pasa en el avión once horas y media, tan contenta, al ir y otras tantas al volver? Ucrania y Gaza están, como quien dice, a la vuelta de la esquina. O al fondo, a la derecha, como los lavabos de las cafeterías.

En Gaza no solo se muere por los misiles, las bombas indiscriminadas, se muere de hambre

¿Qué podemos hacer, nos preguntamos, ante tanta barbarie, ante tantas muertes de inocentes? Es posible incluso que hayamos contribuido con donaciones tanto para los ucranianos que siguen en su país, como los que, desde que estalló el conflicto, viven entre nosotros e, igualmente, hayamos aportado dinero para los palestinos a las oenegés que trabajan en la franja de Gaza. ¿Sirven esas pequeñas tiritas, esos esparadrapos minúsculos para curar unas heridas tan monumentales?

El número de muertos en Gaza no hace más que crecer. Sobrepasa los 33.000 y seguirá aumentando, no me cabe duda, y de ellos un 70% son mujeres y niños, siempre las más débiles y los más desvalidos. En la franja de Gaza, que, tras los acuerdos de Oslo, algunos soñaron que podría llegar a ser otro Dubái o una especie de Singapur, no solo se muere a consecuencia de los misiles, de las bombas indiscriminadas, se muere de hambre.

El hambre, como arma de guerra. La mejor, más barata, más sencilla. Ni siquiera cuesta un miserable dólar de munición, no será necesario agradecerla o pagársela a Estados Unidos. Su eficacia es bien conocida desde tiempo inmemorial. Se ha utilizado en muchas guerras. La quema de cosechas y el cerco a los sitiados a la espera de que, tras comerse las ratas, se comieran los unos a los otros, si aún les quedaban fuerzas, era algo corriente; que lo siga siendo a estas alturas del siglo XXI horroriza. ¿Hemos avanzado moralmente los humanos? Me temo que no. Ya sé que la matanza de los siete voluntarios de World Central Kitchen no tiene que ver con el hecho de que se ocuparan de llevar comida a los hambrientos palestinos, pero no deja de ser una casualidad que al menos da que pensar.

Las noticias que provienen de Gaza son más despiadadas que las de Ucrania. Me he sentido y me siento muy cercana al pueblo judío. He investigado y escrito en defensa de los judíos conversos mallorquines y el espantoso ataque de Hamas me hizo llorar, pero eso no significa que la respuesta de Netanyahu me parezca proporcionada. Se me antoja comparable al hecho de que, para acabar con ETA, el gobierno español hubiera devastado el País Vasco, algo impensable en un país democrático, y resulta que Israel lo es.

Comenzaba este artículo escribiendo que hay gente que prefiere no enterarse. Quizá sea una buena manera de sobrevivir. Se es más feliz ignorado que las armas mueven el mundo y propician las guerras. ¿Frente a esa realidad monstruosa, los ciudadanos de a pie podemos hacer algo? Ojalá usted pueda contestarme.

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