Aristide Maillol, ¿un primitivo clásico?

Equipo
By Equipo
7 Min Read

Mujer con paloma o Bañista, dos bronces de 1905, podrían servir de manifiesto público para el arte contenido y circular de Aristide Maillol, el pintor pirenaico que mejor supo transcribir el ocaso del clasicismo en vísperas de la acometida de las vanguardias europeas. Una imaginativa elaboración de la forma sensible y el modelado exigente distinguen los orígenes artísticos de Maillol al romper el siglo XX. Había nacido en Banyuls-sur-mer en 1881, donde moriría en 1944, aún en la Francia ocupada.

Deslumbrado por el colorismo impresionista, militó valientemente con los Nabis e inició su actividad como pintor, práctica que abandonó pronto para centrarse obsesivamente en la escultura, fascinado por la obra de Rodin y la versatilidad desconcertante de Bourdelle. Más tarde, admirará a Gauguin y Maurice Denise, de quien imitará su incontenible deslumbramiento por las jovencitas, que serán en adelante el modelo preferido. Îlle-de-France data de 1925 y demuestra la soberana destreza que definirá a Maillol hasta la madurez. Un seguidor exigente y aventajado del espíritu volátil del París de su tiempo, en busca, como solitario fantaseador, del encanto celado de unas muchachas de ensueño a menudo cubiertas de un dopage clásico, como Pandora, y otras, a cuerpo gentil, bien temperado, de entonación figurativa, como ninfas rendidas a la expresión de una idea o un sentimiento genuino. Índices de la plenitud formal que aletea en el cuerpo femenino.

Acaba de inaugurarse en la Galerie Dina Vierny de la “ciudad de la aventura”, una muestra bien pensada y mejor resuelta del arte del volumen de Maillol, a partir de concisos modelos de estudio y dimensiones que agradece el visitante. El recorrido expositivo lo ha llevado a puerto nuestro Àlex Susanna con certera complicidad que estimula al espectador: la eterna voluptuosidad del mocerío adolescente visualizada en una secuencia de cegadora de variaciones femeninas, presentada por un texto punzante del ahora comisario quien interpreta la sensualidad latente del escultor a través de las múltiples maneras de posar de unas modelos que entonan el himno sonoro de la belleza natural y el desnudo sin teoría. El crítico catalán recupera cautelosamente el itinerario que media entre la Venus Naturalis y la Venus Caelestis del canon arcano a la zaga de la incisiva reflexión del historiador británico Kenneth Clark, comprometiendo a Maillol en una hábil reconstrucción de la belleza original a través de un imaginario ideal femenino contemporáneo. Un lance audaz.

Maillol prodiga la tridimensionalidad constructiva del humanismo clásico, en efecto, para recrearse en la singularización expresiva, en el desafío de la belleza desnuda, que ahora entrevé en las tramas figurativas de una leyenda artística sobretemporal y apunta al legendario oriente mediterráneo. A la Arcadia feraz de las ilusiones diurnas, en suma. Un mundo arcaico, sin duda, que se abandona a la voluptuosidad y el principio del placer que percibió como pocos el mundano coleccionista Conde Kessler, mecenas y estímulo del arte de Maillol. Una obra “valiente y voluptuosa”, sí, impronta temprana de la voluntad de forma de Maillol. Esa impresionante inmovilidad callada que impone el artista a su obra y la dota de la enérgica vitalidad translúcida que alienta sobre el tiempo en las figuras desconcertantes del escultor catalán.

Los desnudos de Matisse son, cierto, motivos astrales para Maillol, como más tarde las experiencias egipcia, étnica y levantina que intuye el artista en la Exposición Universal de 1920 y agudiza su interés por la imaginería primaria y la sujeción entregada del volumen a la forma: la composición plana, rítmica y audaz que califica sin aspavientos el gusto del artista. Una figuración sedente, o en pie firme, que representa la contagiosa travesía y los equilibrios formales del arte grande para moldear el gusto del artista y su convicción expresiva que convierte en anécdota las representaciones de Cézanne y Debussy e incluso la evocativa estela a las víctimas de la Gran Guerra, en la Catalunya Nord ya en 1930.

La energía gráfica de los dibujos y apuntes de Maillol son punto y aparte por tu nitidez y limpieza lineal, como los grabados en madera que nutren sus raíces en Virgilio –Geórgicas– y Ovidio –Arte de amar– ya en el momento crepuscular del artista. Pasajes insólitos sin escuela ni facción plástica declarada: el sutil deleite del viento, de la figura humana libre atrapada al azar, casi al descuido, podríamos decir. Desnudo sentado de perfil, dibujo exento y en bistre apenas conocido, podría cerrar el relato de formas decisivas. Susanna ha acertado en la selección. La impresionante veracidad primitiva y clásica que fía a la experiencia de las manos y a los secretos y las tradiciones de un viejo oficio sancionan el resultado de su exigente quehacer. La glorificación clásica de la forma en un apunte apasionado que fantasea un sueño eterno. Aristide Maillol aúna la ansiedad del primitivo con la sabia seguridad del clásico que conoce a fondo la responsabilidad del cincel y la equívoca franqueza del modelado. Una obra concluyente, como Mujer en cuclillas, bronce de 1900, es acaso el ejemplo contundente de la madurez envidiable de un artista primitivo y clásico. “Maillol habla con locuacidad de gracia e inocencia”, confesaba admirado André Gide en 1905. Una advertencia sutil en un año estelar para el artista catalán.

Share This Article
Leave a comment

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *