La extraña tribu de un tal Sancho en Koh Samui

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Entre las muchas nacionalidades que pululan por la isla de Samui, la española está lejos de ser la más numerosa o la más conflictiva. Sin embargo, el inaudito desembarco de medios audiovisuales -y de algunos periódicos- llegados de la otra punta del mundo, podría cambiar el dato.

En Koh Samui, a diferencia de lo que sucede en el resto de Tailandia, todo el mundo recuerda el macabro descuartizamiento del doctor Edwin Arrieta en agosto pasado, en la vecina isla de Phangan. No son pocos los que saben que el homicida confeso, Daniel Sancho, se encuentra en su cárcel y algunos hasta tienen noticia del inicio del juicio. 

El Tribunal Provincial vive estos días encerrado en un solo juguete, como si no hubiera más causas, ni citaciones -el Songkran o Año Nuevo tailandés ayuda- y en sus escalinatas y aledaños solo se escucha castellano (y algo de catalán), habiendo sido tomados al asalto por cámaras, paparazzi y reporteros de un país del que poco saben. 

Turistas y nómadas digitales

Samui promete ser la isla más relajante del mundo por su cantidad de casas de masajes

Esta marea mediática -distinta a la marea real, que se divisa al fondo, entre palmeras, puesto que el tribunal está justamente encumbrado- a veces se desborda hasta el presidio, a menos de un kilómetro. Hay cárceles que lindan con el paraíso.  En la de Koh Samui, cerca  del mar pero más cerca aún de montes por urbanizar, se puede respirar y se la considera una prisión amable y no saturada. 

A su recluso más famoso en España, Daniel Sancho, lo mejor que le podría pasar es alargar su estancia en ella durante tantos años como pueda, evitando su traslado a la masificada prisión de alta seguridad de Bangkok.

La sentencia del juez -que debe permanecer anónimo- no se espera antes del 3 de  mayo. Pero su familia tiene escasos motivos para el optimismo, con las declaraciones de testigos marcando como  un reloj el paso de Sancho por Koh Phangan, de consecuencias funestas para su íntimo amigo, Edwin Arrieta, un cirujano plástico colombiano con una carrera internacional. Un hombre embelesado por el hijo del actor Rodolfo Sancho, quince años menor, y predispuesto a rascarse la cartera por caprichos. 

Silvia Bronchalo, madre del encausado Daniel Sancho Bronchalo, se mete a toda velocidad en el coche a la salida del juzgado

Silvia Bronchalo, madre del encausado Daniel Sancho Bronchalo, se mete a toda velocidad en el coche a la salida del juzgado

Jordi Joan Baños

Daniel Sancho, que había confesado el crimen, luego se retractó, a instancias de sus abogados, alegando defensa propia. En el curso de una pelea, pasó a decir el joven -aficionado a la lucha tailandesa, muay thai- Arrieta se habría golpeado la cabeza. Sin embargo, la autopsia determinó que esa no había sido la causa de su muerte.

Sancho no solo le rompió el corazón a Arrieta, sino que se ensañó con su cadáver, despedazándolo en catorce cachos, varios de los cuales nunca han sido hallados. 

 En la cultura del lugar, estos bandazos en la declaración -estas argucias legales-están muy mal vistos y despojan de credibilidad a todo lo que se declare a continuación. 

 En un entorno aireado y arbolado, escogido también por un centro de meditación de resabios indios, se construyó la década pasada esta prisión. Enfrente tiene un modestísimo hotel, donde la factura por noche es tan barata que bien podría ser un hotel por horas. 

Un tramo de litoral no urbanizado en Koh Samui

Un tramo de litoral no urbanizado en Koh Samui

Turismo de Tailandia

La única esperanza abierta para Sancho es que las tres grandes islas que conforman la demarcación judicial de Koh Phangan, campo abonado del turismo, son a menudo un reverso de lo que se considera normal en el resto del país, incluso en sus zonas más vacacionales.  El taxi en Koh Phangan vale cuatro veces más que en Bangkok, como si se hubiera cambiado de nación. En «el país de las sonrisas», el único lugar donde prácticamente brillan por su ausencia es entre las azafatas de Bangkok Airways -otra vez, el mundo al revés- en el vuelo de Bangkok a Samui. No en vano, el bonito aeropuerto lo levantó la aerolínea, que lo disfruta en exclusiva, así que, para qué fingir. 

Muchas más sonrisas se prodigan a cuatro o cinco kilómetros de la cárcel y del juzgado, donde,  a cien metros de la playa, se suceden, puerta con puerta, los expendedores legales de marihuana, los restaurantes, los 7Eleven, los bares y las casas de masajes. Hay también una especie de feriales incomprensibles y vacíos a la luz del día, que cobran vida y sentido cuando se pone el sol y se pueblan de chicas. Como mercados de abastos que escupen música, en que ellas son la mercancía. 

Además, en estas fiestas de Songkran, jóvenes y no tan jóvenes armadas con escopetas de agua se emboscan en las casas de masajes -uno de cada cuatro o cinco negocios- para salpicar al transeunte.  Como hace todo hijo de vecino aquí durante estos días.La operación se completa, en algunos casos, con polvos de talco en la cara.

Estas islas son y no son otro país, porque entre una mayoría de turistas convencionales hay una proporción de lunáticos poco convencional. Además de nómadas digitales. Aunque los centros de coworking parecen ser ya testimoniales.

También hay prófugos de la justicia en sus países, que han encontrado un santuario en Tailandia. Quien se lo va a discutir, cuando los propios tailandeses son los primeros que

En Samui -la tercera isla más extensa de Tailandia- hay muchos rusos, aunque menos que en Phuket. Bundit (nombre cambiado), trabaja en una tienda de reparación de móviles y ordenadores y se resiste a hablar mal de los expatriados, que forman una alta proporción de sus clientes.  Sin embargo, reconoce que «algunos rusos e isralíes dan muchos problemas». Son solo una ínfima minoría entre los muchos miles de turistas de estas nacionalides, pero con un nítido perfil delictivo e incluso estructuras mafiosas. De hecho, hace seis años, un capo de la mafia israelí fue apuñalado mortalmente por otros dos israelíes en plena calle en Koh Samui.

Los reclusos con este perfil no son nada raros en la prisión de Samui, aunque los más peligrosos se envían a Bangkok. Esta semana, una de las escasas interrupciones al show televisivo de Daniel Sancho en los accesos al juzgado fue el ingreso en un furgón policial de detenidos con aspecto de oriundos de Europa Oriental. 

Olga también es rusa, pero afirma evitar a según qué compatriotas. Una rusa «normal», dice, aunque la normalidad aquí implique tener un pie en el nomadismo digital. «Soy doctora y hago consultas online», explica mientras devora un falafel en un moderno restaurante propiedad de un sirio. Vive con su marido y sus dos hijos en la otra costa de la isla.  No había oído hablar del crimen de Koh Phangan, pero no para de pedir detalles. «Ah, a nosotros nos gusta Koh Samui. A Koh Phangan solo vamos de paso. Demasiadas drogas y demasiado disoluta. A un amigo nuestro le invitaron a un campamento de sexo tántrico y le dijeron que podía traerse a su mujer y a su mascota». El mes pasado, un ciudadano polaco, autotitulado como gurú tántrico, fue detenido y acusado por actividades ilícitas.

Bundit, que es hijo de Samui, recuerda perfectamente el crimen de Daniel Sancho. «Eso son veinte años», dice, «pero con dinero, puede quedarse en cinco.  Este país necesita un cambio, porque hay mucha corrupción». ¿En la policía también? «En todas partes. Son todos  unos corruptos». ¿También Big Joke? (el superagente que «resolvió» el caso). «Pero claro», sonríe, «el que más. Bueno, al mismo nivel que sus rivales en el cuerpo». 

Isla de excesos

Samui intenta promover su litoral norte como un destino más apto para familias

Tailandia no para de producir argumentos para el género «crímenes en el paraíso». Todavía más para ese subgénero televisivo, específicamente anglosajón, del tipo «Preso en el extranjero». Estas islas en concreto, atraen además a una proporción exagerada de casos especiales.

Natalia, otra rusa, dice que lleva «ciento veintitrés días» sin ingerir alimentos sólidos. Está todavía en el estado líquido, pero aspira al gaseoso. Tampoco es muy exigente con sus líquidos milagrosos, puesto que los compra en 7Eleven, el más ubicuo minisúper en Tailandia.  Ella también dice tener discípulos online, en su caso de «curación espiritual». 

Este corresponsal la sorprende escribiendo una petición que dice que luego depositará en un templo budista. «Tengo un gran, gran deseo». Natalia aclara que no consiste en cazar un multimillonario. «Noooo, eso está chupado». Y explica que si está en Samui, no es por casualidad. «Aquí los deseos se hacen realidad todos los días. Porque este lugar está muy cerca de la oreja de Dios». Así que tal vez no esté todo perdido para Daniel Sancho, siempre que se aclare.

(Abajo, escena de la guerra de agua propia de Songkran-Año Nuevo tailandés- en Lamai, el núcleo playero más cercano al Tribunal Provincial de Samui)

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