La inspiradora y musical ruta en coche de Madrid a Soria

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«Voy camino Soria, / ¿tú hacia dónde vas? / Allí me encuentro en la gloria / que no sentí jamás…» Escuchar este inspirador estribillo es una de las mejores recomendaciones que se pueden dar cuando uno coge un coche y se dispone a viajar hasta Soria. Te entra un deseo irrefrenable de conocerla. En el año 1987 empezó a sonar en toda España y, desde entonces, esta hermosa ciudad dejó de ser un rincón perdido en el paisaje castellano y puso su nombre definitivamente en el mapa emocional de los viajeros.

Es una canción que habla de desamor. Sin embargo, al mismo tiempo, te llena de ilusión. Está pensada para viajeros que buscan un lugar para lavar sus heridas. Y, en realidad, en ese sentido, Soria es un destino perfecto: es acogedor, tranquilo, donde parece que el tiempo se suspenda por un momento y te permita olvidar lo que queda atrás. Así que, recorremos los algo más de 300 kilómetros que separan la capital de España de Soria porque… A la ribera del Duero / existe una ciudad / si no sabes el sendero / escucha esto:

El Ayuntamiento de Madrid es obra de Antonio Palacios

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El Madrid de Antonio Palacios

Estamos en el centro, donde todo converge. Madrid es nuestro punto de partida en este camino a Soria. Es una ciudad inacabable. Por más que la viajes, siempre queda algo en el tintero. Por eso, es aconsejable explorarla en muchos viajes. Todos los que sean posibles. En esta ocasión, nos gustaría darle la relevancia que se merece a uno de los grandes arquitectos españoles de principios del siglo XX. Madrid no sería igual sin él. Aunque la capital contiene una enorme variedad de estilos y edificaciones que hay que admirar como las torres Kio, el palacio de Longoria, la casa de la Panadería en la plaza Mayor o el maravilloso (y no tan conocido) interior de San Antonio de los Alemanes, la verdad es que la obra arquitectónica de Antonio Palacio aportó un estilo único y moderno a Madrid.

De hecho, en la Gran Vía y alrededores se puede realizar un tour basado solo en las construcciones de este insigne artista: el palacio de Telecomunicaciones (actual Ayuntamiento), el Círculo de Bellas Artes, el Instituto Cervantes… incluso el ya desaparecido hotel Florida o el recientemente recuperado templete del metro de Gran Vía. Y para el que no lo sepa, la calle Mayor oculta una de las joyas más interesantes de Antonio Palacios: se trata de la casa Palazuelo, uno de los primeros edificios de oficinas de la ciudad (1921), cuyo interior se abre a un elegante patio central y a una escalera, iluminados por la luz natural que procede de una vidriera del techo (hoy una cristalera).

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El monasterio de El Escorial y la silla de Felipe II

Esta es sin duda la escapada reina de los madrileños. Pocos habitantes de la capital no la habrán hecho una vez en la vida. Es la primera parada de esta ruta. En las faldas de la sierra de Guadarrama, se sitúa el Real monasterio de El Escorial, lo que fue en el siglo XVI una obsesión del rey Felipe II. Tardó alrededor de 30 años en ponerlo en pie. Es un monasterio, pero también consta de un palacio real, una basílica, un panteón y una biblioteca con 40.000 volúmenes. Son en total 2.676 ventanas, 1.200 puertas, 88 fuentes, 16 patios y 89 escaleras. En la actualidad se le considerada la Octava Maravilla del Mundo y en el año 1984 fue declarado patrimonio de la humanidad.

No es de extrañar que al rey le fascinara el lugar. En 1561 había trasladado la capital de su reino y su corte de Toledo a Madrid y, en seguida, se iniciaron las obras de El Escorial, sede el panteón familiar (su padre, Carlos I, fue enterrado allí), por lo que buscaba un lugar donde supervisar las obras. Y recorriendo la zona encontró lo que se ha llamado la silla de Felipe II, un mirador natural esculpido en la roca. La perspectiva desde lo alto es magnífica: se pueden observar la belleza del bosque de la Herrería, de la calzada romana que recorre la zona, y se otean vistas a las majestuosas Machotas.

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La Segovia romana

Si cogemos la carretera dirección norte, a unos 50 kilómetros de El Escorial, toparemos con la ciudad vieja de Segovia y su colosal acueducto, nombrados ambos patrimonio de la humanidad desde 1985. Ya se sabe que los romanos dejaron una huella intensa en nuestro país, pero el acueducto seguramente sea la obra de ingeniería civil romana más relevante de la antigua Hispania. Además se encuentra en un excelente estado de conservación, con sus 20.000 pilares y 167 arcos. Su nombre procede de las palabras latinas: aqua (agua) y ducere (conducir), ya que en su día traía las aguas hasta Segovia desde el manantial de la Fuenfría, a 17 kilómetros de distancia.

Para Roma el agua era vital y organizaron la vida de la zona alrededor de este monumento. Se levantó en la época del emperador Trajano, en el siglo I, pero no fue una obra aislada, se ha constatado que la zona de entonces estuvo constituida como ciudad, siendo su localización la parte más alta y extendiéndose por una superficie que coincide, aproximadamente, con el perímetro del recinto amurallado. También se mantiene en pie un conjunto de iglesias románicas, entre las que destacan la de San Esteban, San Millán o la de la Santísima Trinidad.

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Imagen exterior del castillo de Pedraza (Segovia)

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El castillo de Pedraza

Como si nos metiéramos en una máquina del tiempo, en apenas 40 kilómetros nos trasladamos desde el imperio romano a la edad media. Al pie de la sierra, por donde antes discurría la Cañada Real, llegamos a una de las poblaciones con más encanto de España: Pedraza. Dicen que es el tesoro oculto de Segovia. Se trata de un conjunto medieval totalmente amurallado, con una sola puerta de entrada (del siglo XI). Hay que aparcar el coche y recorrer sus calles adoquinadas a pie, despacio, admirando sus casonas blasonadas, la plaza porticada, una cárcel medieval y la iglesia románica.

Pero el castillo es su icono. Es pura historia. Allí se retuvieron a  varios personajes ilustres como los hijos del rey Francisco I de Francia, el gran enemigo del poderoso emperador Carlos V. Su imponente torre del homenaje, su foso y su ubicación, rodeado por un precipicio, le dan una estampa genuina. El pintor Ignacio Zuloaga lo compró en 1926 y sus descendientes han habilitado un pequeño museo en su interior. Este verano (el 2 de julio) se celebrará en la explanada del castillo el extraordinario concierto de las Velas. Muy recomendable, por cierto.

Lechazo al horno

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El lechazo de Sepúlveda

No podemos salir de la provincia de Segovia sin degustar uno de los platos más sabrosos que existen: el lechazo. Hay que tener en cuenta que Sepúlveda está considerada la capital mundial del cordero asado. Situada entre los ríos Duratón y Caslilla y envuelta por un entorno natural único (las Hoces del Duratón), este pueblecito no deja indiferente a nadie. Siempre aparece en lo alto de todas las listas de pueblos más bonitos de España. Por su plaza Mayor, la iglesia románica de El Salvador, la prisión del Concejo, o la senda de los dos Ríos, que son solo algunos ejemplos.

Pero además del sentido de la vista, también hemos de practicar el sentido del gusto, y para eso Sepúlveda es una de las mejores recomendaciones. Cada fin de semana, los fogones de sus restaurantes se ponen en marcha para degustar su famoso y exquisito lechazo asado en horno de leña, acompañado de una ensalada y regado con un excelente vino tinto Ribera de Duero. Uno de los asadores castellanos más antiguos de Sepúlveda (1850) es el Figón de Tinín. La materia prima es de alta calidad: corderos de raza churra de la zona de Sepúlveda que se asan en el horno de adobe solo con agua y sal.

El Burgo de Osma.

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La plaza Mayor del Burgo de Osma

Proseguimos nuestro Camino Soria particular. Antes de alcanzar Burgo de Osma, nos cruzamos con otra de las poblaciones más interesantes de la zona: San Esteban de Gormaz, nombrada conjunto histórico. Transcurrido unos 10 kilómetros desembocamos en Burgo de Osma. Un lugar maravilloso para detenerse un buen rato a estirar las piernas y dejarse llevar por sus callejuelas.

Es especialmente interesante dirigirse primero a su plaza Mayor. Como en toda España, es donde se mide el pulso de la ciudad. Es el corazón. Allí se han reunido siempre sus vecinos para darle vida a su pequeño gran mundo. La plaza Mayor del Burgo de Osma está ubicada al pie del río Ucero y fue construida en el año 1458 con mampostería, cal y canto. Es la típica ágora del barroco castellano. Una preciosidad. El hospital de San Agustín y el Ayuntamiento son las dos grandes construcciones arquitectónicas de la plaza.

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Cañón de Río Lobos y Calatañazor

Si desde Burgo de Osma nos desviamos hacia el norte -a unos veinte minutos en coche- llegaremos al Cañón del río Lobos, una especie de hendidura de origen kárstico que recorre la meseta del Duero. Se extiende a lo largo de unos 25 kilómetros. Merece la pena organizar una caminata por algunos de sus senderos, entre sus densos bosques, avistar aves y hacer fotos. Existe alguna excursión donde incluso es posible encontrar viejos puentes, cuevas inhóspitas, miradores espectaculares y ermitas templarias.

De todas maneras, nuestro objetivo es la ciudad de Soria, así que volvemos a Burgo de Osma y esta vez ponemos rumbo noreste. La siguiente parada es Calatañazor, uno de esos pueblos solitarios, entrañables, tímidos. Alzado sobre una roca que domina la vega del río Abión, no contiene más de cuatro calles. Muchas de las casas están hechas de adobe y barro y todavía se pueden ver los restos de la muralla del antiguo castillo. De hecho, allí tuvo lugar la batalla de Calatañazor, donde el líder nazarí Almanzor fue derrotado por las tropas cristianas en el año 1002. Por cierto, muy cerca se encuentra la Fuentona de Muriel, una ruta natural muy sencilla que vale mucho la pena si vas en familia.

Arcos de San Juan de Duero

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Y por fin, la Soria más poética

En este tramo final de carretera suena de nuevo la ilusionante canción de Gabinete Caligari. Ya estamos en Soria. Es una ciudad que cuenta con uno de los paseos históricos más agradables de España: andamos por el parque de la Alameda, la iglesia de Santo Domingo o la de San Juan de Rabanera o los arcos de San Juan de Duero. Sin embargo, si existe un paseo ineludible para entender la esencia soriana, ese es el que recorre las orillas del Duero. Aunque la ciudad le dio la espalda durante mucho tiempo al río, hoy ocupa un papel protagonista en la vida de sus habitantes. Hay algo en ese sendero fluvial que llena de energía. Puede ser el agua, la fresca sombra de los árboles o las musas…

Por allí han pasado muchas mentes con hambre de imaginación. Y como Gabinete Caligari, allí encontraron la inspiración algunos poetas para escribir obras de la talla de Campos de Castilla (Machado), El Monte de las Ánimas (Bécquer) y Romance del Duero (Gerardo Diego). Puestos a elegir un sendero inspirador, elegimos el que va desde San Polo hasta la ermita de San Saturio. Y precisamente en este punto acabamos con una frase de Machado: “He vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, tras las murallas viejas de Soria”.



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