¿Una Catalunya provincial?, por Antoni Puigverd

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Catalunya ha perdido algo más que la primacía económica de España. El músculo industrial se deshinchó y dependemos peligrosamente del turismo. La administración de la Generalitat se ha convertido en un lentísimo paquidermo, que no aporta al país, ni de lejos, lo que le cuesta, mientras tiende a la arbitrariedad, al freno, a la atonía. La sequía ha puesto en evidencia la dejadez absoluta que escondía el folklorismo comarcal: carecemos de estrategia agraria, energética y de agua. El área metropolitana está incomunicada; y amplios territorios, abandonados a su suerte. Educación, sanidad y servicios sociales quiebran. La lengua catalana tiene cada vez menos presencia social. Los catalanes parecemos un patchwork: grupos culturalmente diversos que no compartimos nada. El cuadro es inquietante. Catalunya se provincializa.

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Àlex Garcia

Días atrás escribí que las elecciones de mayo situarán a los catalanes ante un cruce. Muchos son los candidatos, pero tan solo dos los caminos: o centrarse en las “cosas del comer” o continuar turbados por el ideal. Ya sin engaños, en mayo votaremos o deslumbrados por la fantasía o presionados por la realidad. Es necesario precisar un poco estos dos conceptos: fantasía y realidad. Durante estos 12 años hemos descubierto (ya sin sombras de duda) que la fantasía, más que satisfacciones, ha fabricado sobre todo lágrimas: fractura interna, prisión, sentencia, indulto, amnistía. 

Catalunya necesita realismo, pero el peligro del realismo es la resignación

De manera análoga, también todo el mundo sabe perfectamente que la realidad, a pesar de ser lo contrario de la fantasía, no se deja trabajar fácilmente. La realidad es dura como una piedra; y condicionada por muchos de los factores que impulsaron a medio país a intentar el asalto de los cielos de la fantasía. La realidad no pide tan solo propósito y determinación, pide también instrumentos políticos y fi­nancieros para poder ser atendida como es debido.

En su discurso en las Drassanes, Salvador Illa convocó al país a dar un giro realista. Propone reunir a los catalanes en torno a objetivos tangibles, comunes, realizables. A desplegar todo lo desplegable del Estatut del 2006 (mutilado, preciso yo). A reiniciar la máquina administrativa. A profundizar en los servicios públicos. A afrontar con diálogo con el Estado la evidente anomalía de la financiación (ser el tercero en aportar y el decimocuarto en recibir). En su discurso, Illa habló de “comunidad” catalana, no de nación; y no dedicó ni un segundo a temas lingüísticos o culturales. Imagino que quiere evitar las cuestiones identitarias, pues hasta ahora han servido para dividirnos.

Catalunya necesita un baño de realismo, de contención y de responsabilidad. Puede ser útil bajar el volumen de la historia romántica y dejar reposar el 1714. En este momento inquietante es ciertamente más pedagógico evocar el regreso de Tarradellas y su comportamiento institucional y unificador. El país se ha dividido profundamente y es sensato intentar reunirlo en torno a las neutras banderas de la economía y el rigor administrativo.

Es oportuno crear un espacio aséptico para reunir, en un clima desapasionado, a catalanes de contradictorias procedencias. Pero es extraño renunciar voluntariamente al horizonte. Es verdad que un horizonte completamente abstracto, la independencia, nos ha llevado al callejón sin salida del irrealismo, al precipicio de la fantasía. Pero descartar por completo un horizonte singular para Catalunya podría ser entendido como la asunción resignada de un destino provincial.

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