“Si no damos un sentido a la tecnología, se puede volver peligrosa”

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“¿Y si todo lo que estamos viviendo no es verdad? ¿Y si realmente estamos inmersos en una especie de show de Truman, en el que otros, sin ser nosotros conscientes, nos observan?”. Estas son solo algunas de las muchas preguntas que Javier Argüello (Santiago de Chile, 1972) se pregunta mientras se refresca la garganta con un agua con gas. Hace días que el calor acecha en Barcelona, pero puede que no sean las elevadas temperaturas para esta época del año lo que le causa sofoco, sino su constante búsqueda de los límites entre realidad y ficción, muy presente en toda su obra y especialmente en su último libro, Cuatro cuentos cuánticos (Random House).

“Tenía muy claro el título sin haber escrito nada. Así, que, el hecho de que fueran solo cuatro cuentos los que conformaban un libro, me obligaban a que fueran largos. Y eso es algo que no había hecho nunca”, asegura el autor argentino nacido en Chile y radicado en Barcelona, que presenta a un hombre que se reúne con sus compañeros de clase treinta años después; a un periodista varado en Ucrania que se encuentra en Londres con un escritor del siglo XIX; a un conferenciante que descubre las calles de Pekín de la mano de una íntima desconocida; y a un escritor que roza la locura siguiendo la pista de un paciente de un manicomio”.

Las vidas posibles, soñadas e imaginadas, pero que no siempre son, es algo que me seduce”

“Las vidas posibles, soñadas e imaginadas, pero que no siempre son, es algo que me seduce. Los escritores vamos descubriendo nuestras obsesiones a lo largo de nuestra trayectoria. Yo no fui consciente del todo de qué era lo que tanto me impresionaba hasta que escribí mi primer libro de cuentos. Pensaba que eran historias inconexas, hasta que las leí de una sentada y me percaté de lo mucho que me fascinaba el tratar de entender cómo las reglas narrativas se entremezclan con la naturaleza provisional y aleatoria de lo real. La respuesta es fácil, si tiene sentido es ficción, porque la realidad no lo tiene”.

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Argüello forma parte de un selecto grupo de escritores, como Benjamin Labatut y su Maniac (Anagrama), que incorporan la ciencia en sus relatos, pues “es algo que sale de forma natural”. Son muchos los foros multidisciplinares, de ciencia y humanismo, en los que participa y ya van dos veces que ha visitado el acelerador de partículas de Ginebra. Un provechoso viaje del que extraerá dos ensayos que llegarán en los próximos meses. 

No es extraño que, con esa predilección, esté pendiente de los avances robóticos y la inteligencia artificial. “La tecnología no es peligrosa en sí misma, pero debemos darle un sentido para que no se vuelva peligrosa. Si no hay un centro a partir del cual dotamos algo de sentido, podemos perder el rumbo y la dirección”.

La ciencia no deja de ser un relato”

Fue en la universidad cuando su vena científica salió a relucir: “Estudié ciencias sociales, pero cursé un seminario de física en el que me explicaron la idea de la consciencia construyendo realidad, y me pareció revelador”. Un principio que ya estaba presente en la antigüedad clásica, “cuando nadie dudaba de que la palabra rea el mundo. Ahora parece que estamos volviendo a esa vieja posibilidad”, dice convencido.

El autor de Ser rojo (2020) se pregunta a menudo por qué el sistema educativo separa a los alumnos en ciencias y letras, cuando “la ciencia no deja de ser un relato. Einstein decía que nos hemos especializado tanto, que estamos sabiendo cada vez más acerca de cada vez menos, hasta que va a llegar un punto en el que vamos a saber casi todo acerca de casi nada”. Una frase con la que está “cien por cien de acuerdo. Resume casi todo”.

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