Esperando la guerra, por Miquel Roca Junyent

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Cuando se escriben estas líneas, Irán ha atacado Israel con drones y misiles que han podido ser interceptados en su mayor parte. La guerra se insinúa, pero aún no ha empezado. La estamos esperando. Los medios de comunicación la anuncian; todo son predicciones y un cierto deseo de que las previsiones no se cumplan. La guerra es noticia, pero se la espera. Los titulares están preparados. El interés malsano de la espera es el preludio de un drama. En conclusión: ¡estamos esperando el drama!

Mientras, también cuando se escriben estas líneas, nuestras calles, pueblos y ciudades, museos y campos de deporte, terrazas y espacios públicos están llenos de gente que quiere vivir, ver, conocer, descubrir, disfrutar y compartir. Se está esperando la guerra olvidándose de lo que representa. Está lejos; es un tema de conversación, un dato estadístico sobre el número de muertos y desplazados. Pero el sufrimiento no se traslada; se queda allí, lejos. Nos anuncian que la guerra llega, pero nuestra realidad la rechaza. Esto no es más que un titular; de aquí no pasa.

Russian President Vladimir Putin, center, and Alexander Karamyshev, Hero of Russia, and the head of aerial weapons training and tactical training center visit the 344th State Centre for Deployment and Retraining of Flight Personnel of the Russian Defense Ministry in Torzhok, Tver region, 217 km (136 miles) north-west of Moscow, Russia, Wednesday, March 27, 2024. (Mikhail Metzel, Sputnik, Kremlin Pool Photo via AP)

Putin, visitando unas instalaciones militares en marzo 

AP

Vivimos inmersos en esta contradicción. No queremos trascender los titulares de los medios. Y nos quedamos en el refugio semántico de los tópicos. ¡Queremos la paz! ¡Basta de guerra! Pero lo gritamos donde no hay guerra. En Ucrania no basta con nuestras palabras amables y pretendidamente solidarias. Putin pasa de nuestra paz; tiene bastante con inspirar miedo. Los egos totalitarios se alimentan del miedo que trasladan a los demás. Ellos no tienen miedo a la guerra; la buscan y la provocan para legitimarse. No contemplan la paz si no es el resultado de su victoria.

Se espera la guerra olvidando lo que representa; está lejos, es un tema de conversación

Y en Oriente Medio el fundamentalismo, no solo religioso, alimenta el odio, justifica la guerra. El líder religioso de Irán habla de “matar al diablo”. La diferencia no es aceptable; es, en todo caso, la expresión del mal. Unos y otros no se aceptan; hay que destruirse. Y, mientras, nosotros esperamos la guerra como noticia anunciada. E, ingenuamente, creemos que nuestros fundamentalistas son otra cosa; que radicalizar no tiene coste; que la intransigencia y la intolerancia son la expresión necesaria de nuestra, exclusiva y excluyente convicción moral. La guerra anunciada está lejos; sus causas son más próximas.

Habrá que preservar más activamente, más comprometidamente, el valor de la paz. Esto no es ninguna crítica a la decisión europea de dar más recursos a su defensa. El chantaje del miedo que algunos practican ha de compensarse con la seguridad propia. Pero no es suficiente. Habrá que denunciar y rechazar los planteamientos que pretenden dividir, desde la confrontación, nuestra sociedad. La diferencia respetada es la base de la libertad. Habrá que aprender a convivir en esta sociedad diversa y heterogénea, respetándola y haciéndola posible. La paz se ha de trabajar, porque todas las guerras vienen de lejos. Hoy, la anuncian, pero hace tiempo, mucho tiempo, que se veía venir; sus causas hace tiempo que existen.

Los fundamentalistas, los egos totalitarios, la ambición de interpretar la voz del pueblo, sustituyéndolo, inventándolo, acaban siempre mal. Y, en este caso, siempre es siempre. La guerra es su consecuencia. Por tanto, hemos de entender que estas ganas de vivir, ver, conocer, descubrir, disfrutar y compartir que se palpa en nuestra sociedad, han de defenderse. Solo la tolerancia, la valoración respetuosa de la diferencia, nos acercarán a una sociedad que, desde la libertad, puede generar estabilidad y progreso. Es decir, abrir las puertas de la paz. Esperar la guerra es el anuncio anticipado de lo que sería un gran fracaso.

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