Aquí acaba Nadal, el final de esta historia de amor

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Es miércoles y no cabe un alfiler en la pista Rafael Nadal, pues aquí se condensa una historia de 21 años y doce títulos en el RCTB, la historia del tenista que le ha puesto el nombre a la pista.

Pelea Nadal (37), renacido en estos días en Pedralbes, quién sabe por cuánto tiempo, y todo son onomatopeyas.

(Pues acaba derrotado, 7-5 y 6-1, superado por el ritmo de Alex de Miñaur, tenista que mantiene el rictus y el posado, no se asusta, no se descompone ante el poder de su adversario).

Escuchamos un oooooh, un boom, también el aaaaargh agonístico del manacorí, todo ilusión y coraje en su otoño tenístico, otoño en primavera.

Al mito le contemplan sus padres, su hermana y su mujer (esta vez, el pequeño Rafa, el bebé, no aparece en escena, no como en la víspera), todos quieren que salga el sol, pero los nubarrones asoman en Collserola y De Miñaur no es Cobolli.


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-Ha habido momentos en los que veía que sí y otros, en los que no. Lo que no puedo es llegar a 100 en tan poco tiempo. Llevo casi tres meses sin sacar y hoy no me podía permitir jugar dos horas y media. He fallado dos derechas al cierre del primer set y se me ha ido el primer parcial y allí ya he visto que no sería posible -confiesa Nadal, que atiende a la prensa en un pispás, tal y como abandona la pista, pues ahora no tiene que descalentarse, ni descontracturarse, ni revisar qué viene mañana.

Ahora, al menos en Barcelona, ya es el final.

-Históricamente es el torneo por excelencia que hemos tenido en este país, por aquí han pasado los mejores jugadores y yo me he fijado en la historia de este deporte, y se juega en un club de tenis, algo que lo hace muy diferente.

Históricamente es el torneo por excelencia que hemos tenido en este país, por aquí han pasado los mejores jugadores»


Rafael NadalTenista

Alex de Miñaur pasa bolas pero también las recorta, las recorta una y otra vez, y cada uno de esos recortes es una china en el zapato del manacorí, que aún corre hacia adelante, se deja la piel como lo ha hecho siempre, pero esto ya no es lo de siempre.

El cronista contempla al imperturbable australiano, hoy undécima raqueta del mundo, y cree contemplar a un Terminator 2.0.

–Vamos –se dice Nadal, se lo dice bajito y apenas lo escuchamos quienes estamos a pie de pista.

“Vamos”, parece tímido el manacorí, que en otros tiempos voceaba como un toro y ahora se deja la vida por apuntarse su primer juego. 

Para entonces van ya 25 minutos de partido, y el australiano que no falla, no deja respirar al mito, es un martillo pilón con su derecha y luego su insistente dejada.

–Haaaaaala –se lamenta Nadal cuando falla un winner –. No, hombre, nooooo.

Tengo que actuar de manera acorde a lo que tiene que venir ahora: Madrid, un poquito más; Roma, un poquito más. Y París, que sea lo que Dios quiera»


Rafael NadalTenista

Amenazadores, siguen asomando los nubarrones grises en Collserola.

A las cinco y cuarto, la organización enciende los focos.

Abajo, Nadal se ilumina.

A los cuarenta minutos, el manacorí engancha un revés cruzado para romper el servicio de De Miñaur (3-3, el balear iguala el break que había encajado de inicio), y entonces, por unos minutos, el aussie siente el poder de la Nadalidad .

Sebastián Fest acuñó el concepto, ya hace cuatro o cinco años: la Nadalidad , como espíritu, la capacidad del manacorí para transformar un escenario, hacérselo suyo, tunearlo, aplastar al adversar y enterrarlo tras el telón.

La Nadalidad, esta vez, es una ilusión, un espejismo que confunde al espectadores y, por unos instantes, a De Miñaur.

Por unos instantes.

Pues el australiano se corrige, se templa, deja de juguetear con las dejadas y alarga los puntos, atribula a la bestia, cuyo servicio racanea (pocas veces supera los 180 km/h) y le entorpece. A la 1h10m, Nadal cede el primer parcial.

A partir de ahí, el partido se decanta. 

El australiano corre en bajada y Nadal se ve ante un Everest. No va a poder ascenderlo, pues la falta el ritmo de competición, le falta el cuerpo, le falta el flow.

Alex de Miñaur, este miércoles en Barcelona

Alex de Miñaur, este miércoles en Barcelona 

Albert Gea / REUTERS

Ante el amanecer del segundo set, el cronista se resigna y saborea el momento, los últimos episodios barceloneses de un tenista único. Visualizamos su amanecer, casi en el amanecer de este siglo, la camiseta de tirantes, los pantalones pirata, la cinta sosteniendo la melena de aquel adolescente que era también un gladiador, la antítesis de Roger Federer, el pasmo de todos sus adversarios, pues uno tras otro caían a sus pies.

El devenir de Nadal en Pedralbes marcó una época irrepetible, 21 años y doce títulos, todo el mundo en pie cuando el balear envía largo el último golpe, a las 1h52m de partido, a las 18.02 h de la tarde, hora de las brujas: 7-5 y 6-1.

Cariacontecido, con el uniforme fosforito, colorido como ha vestido siempre, una bolsa a cada hombro, Nadal levanta los brazos y siente el dolor de aquello que estuvo y se fue. Se va entre los elogios de De Miñaur, que le despide en castellano, “ha sido maravilloso vivir esto a su lado”, se va de Barcelona como siempre quiso irse, peleando sobre la tierra.

Al irse, se despide.

-Hace una semana pensaba que no sería posible, pero he jugado dos partidos. A nivel personal me veo reforzado. Me he despedido con un 6-1, pero es lo que tenía que pasar. Tengo que actuar de manera acorde a lo que tiene que venir ahora: Madrid, un poquito más; Roma, un poquito más. Y París, que sea lo que Dios quiera.


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