“Me he estado escribiendo la vida en el cerebro y viéndola como una cinta continua”

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Hace año y medio, Julià de Jòdar (Badalona, 1942) reunió en L’atzar i les ombres (Comanegra) la trilogía de novelas en que el lector había visto crecer a Gabriel Caballero, y que ahora continúa en La casa tapiada (Comanegra), donde hace un recorrido entre 1962 y 1977 con excursos que llegan hasta pasado el confinamiento pandémico. La historia nos llega a través de un narrador que se supone que es su hijo no conocido, que hace la biografía de Caballero a partir de materiales que ha reunido el señor Lotari, que le había repasado la trayectoria literaria y, sin saber quién escribe qué, nos hace llegar un montón de testimonios que retratan la época y el protagonista de una manera calidoscópica, a la vez que anuncia una futura entrega que podría cerrar el ciclo.

¿Concibió el libro antes de revisar la trilogía en un volumen?

Siempre había querido acabar la historia de Gabriel Caballero hasta que se muere, pero el proyecto inicial de hacer más trilogías era una locura propia de un novato y no podía ser, demasiados elementos podían confundir el lector.

Y prepara una continuación…

Sí, La resurrecció de la carn, pero en La casa tapiada también dice que se llamará Les nits en blanc. ¿Cuál saldrá? Depende de si Julià de Jòdar le sigue prestando el nombre a Caballero, pero si se ha muerto, ¿por qué le tenemos que seguir prestando el nombre?

¿Y la realidad?

“Cuidado con la memoria, con la oficial, con la histórica y con la individual”

Bascula entre la pretensión de explicar una época y la asunción de la ficción. Nadar y guardar la ropa.

Eso parece una biografía, no hay voz narradora. Hay un señor que reúne materiales recogiendo voces y se nos muere cuando tenía que empezar a editarlo, y entonces aparece otro señor que dice que es el hijo del biografiado, pero no sabemos si es verdad, puede serlo o no. Este último reúne los materiales, los edita, pone notas y documentos en cada página, pero al final él es quien tiene la última palabra. ¿Estamos seguros de que los documentos y materiales que usa son los que dice? Los que sean históricos podrán irse a buscar en los archivos, pero los que no, quizá son pruebas de él mismo como escritor. Es un palimpsesto de cosas que entran y salen y se borran y se reescriben: cuidado con la memoria, con la oficial, con la histórica y con la individual. Estamos jugando con todos los elementos a que conforman lo que será después el relato, ortodoxo o no, de una época.

Siempre estará el juego sobre en qué punto Gabriel Caballero es Julià de Jòdar.

¿Quién es Julià de Jodar? Quizá es el seudónimo de Gabriel Caballero para escribir novelas.

¿Es un alter ego?

“¿Quién es Julià de Jodar? Quizá es el seudónimo de Gabriel Caballero para escribir novelas”

Retrata la época y a Caballero a partir de muchas voces. ¿Busca confundir al lector, que le cueste identificar quién habla?

Sí, y buena parte de los testimonios se presentan con seudónimos, porque tienen familias respetables y no quieren que sepan cosas de su pasado un poco penoso o comprometido. Hay momentos que son en sí mismos nucleares, porque en cierta medida tenía que ser otra trilogía y está condensado en una sola novela. El personaje es calidoscópico porque la época también lo es. Coexisten unas clases medias ascendentes a través de la industria con intelectuales que García Valdecasas ha echado de la universidad, y coinciden con gente que hace teatro matándose como locos, criaturas casi adolescentes que hacen seis horas de ensayos para representar a Espriu.

¿Se lo pasó bien fabricando los textos de Caballero que dispone como materiales de su archivo?

Me ha divertido mucho hacer estos incisos e intermedios literarios, me ha permitido desarrollar estilos muy diferentes entre ellos. Hay un relato, El somni de la gauche divine, por ejemplo, que es absolutamente surrealista, insensato, pero que refleja muy bien la naturaleza de aquel mundo.

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Julià de Jòdar, a la terrassa del CCCB

Ana Jiménez

Hay documentación de época, en parte como hizo Eduard Márquez en 1969 (L’Altra Editorial) pero aquí algunos son reales y de otros creados ex profeso, siempre en un marco de ficción.

Es que yo estaba allí. Por ejemplo, cuando habla del asalto al rectorado de 1969, no está hecho con documentos, sino en vivo y en directo, bueno, era Gabriel Caballero. Es vivencia inmediata y directa. El libro está construido sobre realidades vividas, que yo presto a Caballero gratis et amore.

¡Se dice que un tal Julià de Jòdar era el escritor “realmente bueno”!

Porque era un escritor secreto. Caballero se aprovecha de la amistad con Julià de Jòdar y le coge prestado el nombre diciendo “como tú eres un escritor secreto y no publicarás, déjame tu nombre literario”. Es un préstamo que le hago, y él me lo devuelve en forma de pies de página y así.

Personaje y autor pasan por la fábrica, después viene el teatro y llega a la política clandestina, con todo a la vez muy abierto y muy cerrado.

Éramos los que nos conocíamos, esa endogamia es real, sobrevivir en la clandestinidad lo requería. La cosa pasaba por unos cuantos capos, unos cuantos nombres y unas cuantas organizaciones, y la auténtica prueba de fuego de cualquier grupo que quisiera prosperar era llegar a aquello que llamaban las masas.

¿Es su novela más política?

No era la pretensión, pues el pretexto es la bibliografía del personaje. Una de las características del tipo este es que lo prueba todo, coge lo que le interesa y después lo convierte en lo que quiera, pero no es ningún líder.

Es entre carismático y un pobre hombre.

Tiene las dudas sistemáticas de su propio valor, de cómo ejercería el poder si lo tuviera, no se fía de él mismo, de unas pulsiones más bien tirando a autoritarias.

Avanza como un relato cronológico y al mismo tiempo va arriba y abajo en el tiempo.

Hay un momento en que la historia se acelera, básicamente cuando alguien le pregunta qué piensa del Mayo del 68. El personaje este duda tanto que la voz siguiente asegura que es un impostor, como diciendo que todo el mundo se reconstruye la historia a su manera. En cierta medida, también es una investigación entre la búsqueda de la verdad histórica o de la memoria histórica y los avatares concretos de gente concreta que cada uno ha vivido a su manera y tiene una memoria y tiene una conciencia, y tiene una visión. De la visión de este mundo, el historiador quizá no sabría por dónde empezar, el lector corriente que no lo haya vivido dirá, “¡madre mía, qué época! No me extraña que estemos como estamos”. La dialéctica entre memoria y verdad, entre interpretación del mundo y realidades vividas, con el personaje este que va y viene y nos va conduciendo a través de las voces por meandros de la historia, da dinámica y tira del libro. También entre el conformismo de una época, porque está en pleno franquismo en muchos momentos, y el paso al posfranquismo, pero el resto es una sociedad enormemente constreñida y controlada, aunque parece que los personajes hayan vivido con unas libertades aparentes, internas, que no correspondían tampoco a la realidad de la época según la realidad oficial.

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Escribe que Caballero, “para hacerse escritor, porque no tenía el don, se lo tuvo que trabajar toda la vida”. ¿Así se siente también Julià de Jòdar? Como el personaje, fue de “maduración lenta”.

Julià de Jòdar tiene la sensación de que toda la vida se la ha estado escribiendo él solo en el cerebro y que después la ha estado viendo como una cinta continua. Como si en vez de vivir la vida hubiera estado continuamente metiéndola en una narrativa, que te la guardas en el cerebro y después va saliendo. Ya veremos qué ha quedado, y no sé qué restos habrá en la próxima.

Explica cómo iban a dar clases sobre Mao o sobre el comunismo a la gente.

Era una necesidad objetiva. Había una gente muy joven, muy luchadora, muy rota por el trabajo de fábrica, que era tremendo, y el mundo anticapitalista sale de este tipo de sufrimiento, de sufrimiento real de gente que se tiene que levantar a las cinco y media, que tiene que ir a hacer unas jornadas abusivas físicamente, agotadoras. Esta gente muy combativa luchaba en la fábrica a un nivel de inmediatez. Pero necesitaban formarse, gente que los preparara. Eran gente enormemente receptiva a todo aquello que les diera una visión del mundo, una cultura, una manera de intentar captar la realidad más allá de la fábrica. Gente que vivía en pueblos del Vallès, del Baix Llobregat, sitios donde había vida social y vida cultural, y hacían lo que podían. Esta necesidad la cubrieron unos intelectuales muy voluntaristas y muy optimistas ante la realidad histórica. Fue un trabajo necesario y no lo ironizaría, no eran unos soñadores. Ahora también nos iría bien que la gente se formara.

Educación

“Se supone que escuela, instituto y universidad forman, pero sobre todo lo hacen las redes”

¿No lo hace la escuela?

Se supone que lo hace la escuela, el instituto, la universidad, pero sobre todo lo hacen las redes sociales, en este momento. Es una autoformación casi endogámica y autorreferencial, autojustificativa. Entonces todavía había un peldaño intermedio entre los que habían tenido la suerte de aprender cosas o porque la familia les podía pagar la universidad o porque tenían ganas de aprender y este tipo de voluntad del intelectual de la época de saber que tenía que luchar, también. Y luchar también quería decir que te echaran de la universidad, y quería decir ir a reuniones clandestinas para explicar determinadas cosas. El trabajo concreto de mucha gente intelectual de aquella época para mí es digno de admiración.

Hoy parece que el intelectual se dedica a hacer tuits.

Cuando hablas de la crisis que vivimos ahora a escala cósmica y la comparas con el Mayo del 68 ves la enorme distancia recorrida y el enorme retroceso en tantas cosas. Yo de la época no hago una caricatura ni una hagiografía. Había aquella búsqueda de la verdad de cada uno pero socialmente considerada, no únicamente a título privado.

Los intelectuales

“El trabajo concreto de mucha gente intelectual de aquella época es digno de admiración”

Al final de su vida, Caballero quiere volver a Badalona para hacer un museo del trabajo…

…que es un museo a él mismo y a su exaltación. El problema de Gabriel Caballero es el problema de las personalidades narcisistas, que hacen una proyección de lo que quieren que sean los demás.

¿Como la novela, que es una proyección para el lucimiento de su autor?

Me parece fantástico. No tengo ningún inconveniente en que puedan decir eso. Ya dijeron que era un despliegue de poderes literarios, y lo acepto, aunque sin exhibicionismos, tampoco.

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