Cuéntame tu vida (experimentos con la verdad)

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¿Quién tiene una vida digna de ser contada? La respuesta a esta pregunta ha ido cambiando a lo largo de la historia de la literatura. Una respuesta de mínimos que podría satisfacer a cualquiera vendría a ser: aquel que la cuente bien.

La vida de Cookie Mueller, por ejemplo, actriz ligada a la contracultura, miembro de la troupe de John Waters, modelo memorable de la fotógrafa Nan Goldin, una de las muchas polillas fulgurantes que se movía por Nueva York en los setenta y que se apagó demasiado pronto debido al sida, podría entrar sin problemas en esa categoría. Sin embargo, si no fuese ella una memorialista natural, lo que cuenta tendría solo interés para unos pocos, para esas personas aún obsesionadas con las escenas underground foráneas convenientemente mitificadas. Gracias al esfuerzo de amigos y editores que recopilaron sus textos dispersos –no parece que Mueller se considerase jamás una escritora, solo alguien que de vez en cuando firmaba piezas por dinero, por ejemplo, columnas de consejos en las revistas alternativas–, ahora se puede leer, también en castellano, traducido por Rodrigo Olavarría, casi todo lo que dejó escrito en Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro (Los Tres Editores).

NEW YORK - FEBRUARY 1989: Novelist and actress Cookie Mueller poses for a February 1989 portrait n New York City, New York. Cookie Mueller has starred in many John Waters films. (Photo by Bob Berg/Getty Images)

Cookie Mueller 

Bob Berg / Getty

¿Qué hay de una entrenadora de caballos y moza de establos de Iowa? ¿Merece su vida ser contada? La escritora Kathryn Scanlan entendió que sí. Y en Agafar les regnes (traducción de Adriadna Pous, La Segona Perifèria) hace el ejercicio de narrar, en una primera persona interpuesta y a golpe de epígrafes de entre dos líneas y página y media, la vida de una mujer llamada Sonia, que trabaja en el circuito de las carreras de caballos y, durante un tiempo, como vigilante de prisiones. En esa biografía tan común, como en todas, cabe el desarraigo, la violencia y la ternura. El libro, que ha ganado varios premios importantes, como el sustancioso Windham-Campbell, se ha convertido, también en lengua catalana, en un éxito orgánico del boca-oreja.

La ficción, la no ficción, y el fertilísimo territorio fronterizo que hay entre ambas no dejan de dar respuestas nuevas y estimulantes a esa pregunta, la de cómo contar la vida propia y ajena. Dorothy Gallagher (Nueva York, 1935) la desmenuza en forma casi de cuentos ensayísticos en Extraños en la casa (Muñeca infinita), el segundo de sus libros de memorias, tras De cómo recibí mi herencia, en el que contaba su infancia como hija de inmi­grantes judíos ucranianos y comunistas, un terreno también trabajado por autoras como Vivian Gornick. Gallagher es una de esas escritoras que gustan mucho a otros ­escritores, como James Salter o Alice Munro, que pueden ver qué hay de complejo en lo que parece sencillo.

A veces, una historia de vida se impone de tal manera que no queda otra que contarla. Eso pudo ocurrirle a María Larrea, una cineasta francesa que descubrió a los veintisiete años, vía cartas del tarot, que su padre no era quien ella creía, y emprendió una investigación hasta que dio con la verdad de su origen como bebé comprado, que no robado, ya en democracia. Su novela innegablemente biográfica, Los de Bilbao nacen donde quieren (Alianza), no tendría el enorme interés que tiene, a pesar de ese relato tan irresistible, si Larrea no hubiera sacado una voz literaria particular, sardónica y atractiva.

larrea

María Larrea 

Archivo

La mexicana Aura García-Junco pudo preguntarse legítimamente quién soy yo para contar la vida de mi padre, quiénes fuimos nosotros. Escritor y editor hiperactivo, practicante de la fantasía y de todos los géneros poco comerciales, el padre de García-Junco tuvo dos nombres, el que ponía en sus documentos y el que utilizaba para firmar sus textos y proyectos, H. Pascal. Cuando murió, de manera abrupta, aunque tras unos años de desgaste físico y vital, en el 2019, su hija escritora recibe de herencia diez mil libros caóticos que huelen a tabaco y un montón de preguntas que ya no puede hacerle a su padre. Tirando de esos libros, que viven en unas estanterías rojas también heredadas, García-Junco compone una elegía, un perfil desde el amor y la frustración, no exento de reproches, a un hombre corriente que quiso ser excéntrico. El fantástico título se toma prestado a James Barrie, el autor de Peter Pan: Dios fulmine a la que escriba sobre mí (Sexto Piso).

“Este es un libro sobre el deseo de escribir tu propia vida, preferiblemente en buena compañía”, dijo Selby Lynn Schwartz, autora de una novela híbrida, rara y subyugante, Después de Safo (Alianza , con traducción de Aurora Luque), que mezcla fabulación y relato histórico, con figuras de la aristocracia queer como Gertrude Stein, Colette o Vita Sackville-West.

Por último, dos ficciones puras solo por la aparente ausencia de material biográfico, pero nada ortodoxas en su forma: Historia de una terraza (Alpha Decay), una fantasía inmobiliaria que Hillary Leichter, la autora de la interesante Algo temporal, escribe en forma de historias interconectadas; y Si este no es mi hogar, no tengo un hogar (Seix Barral), el título con el que una de las maestras del cuento, la influyente Lorrie Moore (sin lo suyo, no se entiende el estilo de muchos autores contemporáneos) vuelve a incurrir en la novela cabalgando entre el presente y el pasado, con un episodio situado en el siglo XIX. Finn, el protagonista titular, es un profesor de mediana edad con una vida poco rutilante. Es decir, digna de ser contada.

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