Un héroe olvidado, por Ignacio Martínez de Pisón

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El próximo jueves se cumplen cincuenta años de la revolución de los claveles. Los medios de comunicación llevan ya unos días publicando artículos y reportajes para recordar cómo fue aquello. No es para menos. En solo unas horas se liquidó en Portugal el llamado Estado Novo, la dictadura más larga del siglo XX europeo. Oficialmente había empezado en 1933, pero para entonces hacía ya siete años que, con António de Oliveira Salazar en el gobierno, se había desmantelado el sistema parlamentario. El largo ciclo autoritario portugués, iniciado en 1926, cuando en España mandaba Primo de Rivera, concluyó en 1974, cuando el régimen de Franco agonizaba.

A partir de ese 25 de abril, ya solo una dictadura sobrevivía en Europa occidental, y era la de Franco. A este lado de la frontera fueron muchos los que vivieron como propio el triunfo de los militares portugueses. Los jóvenes españoles que esos días viajaban al país vecino para ser testigos del final de su dictadura estaban en realidad celebrando anticipadamente el final de otra dictadura, la de Franco.

People take part in a parade to mark the 48th anniversary of Portugal's Carnation Revolution, in Lisbon on April 25, 2022. (Photo by Pedro Fiúza/NurPhoto via Getty Images)

Celebración del 25 de Abril en Lisboa en el 2022 

Pedro Fiúza/Getty

Todo era bonito: un golpe incruento, más bien hippy, con flores y besos, con canciones que hablaban de fraternidad. ¿También en España los militares acabarían poniéndose del lado de la sociedad para derrocar al tirano? Demasiado bonito para ser  verdad.


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En realidad, las fuerzas armadas portuguesas estaban lejos de ser un bloque monolítico. A lo largo de los dos años siguientes hubo varios intentos de golpe militar: dos de signo derechista y uno de signo comunista. Tal vez estas tensiones se habrían suavizado si al frente del ejército hubiera habido un militar carismático, digamos un De Gaulle portugués, capaz de conciliar los intereses de las distintas facciones estableciendo los mínimos comunes denominadores. Ese militar existió. Se llamaba Humberto Delgado y había sido asesinado nueve años antes en suelo español.

Su historia es la de un héroe olvidado. Delgado, que inicialmente había estado a favor de la dictadura salazarista, pasó a engrosar las filas de la oposición tras entrar en contacto con la democracia norteamericana en el Washington de los años cincuenta, donde ocupó el cargo de jefe de la misión militar portuguesa. Exiliado en Argelia, consagró su vida a urdir conspiraciones contra la dictadura de Salazar, que no tardaría en ordenar su eliminación. Un confidente de la policía política del régimen, la PIDE, se ganó su confianza y lo convocó a una reunión con otros miembros de la resistencia en Olivenza, pueblo extremeño cuya soberanía ha sido tradicionalmente reclamada por Portugal. Se trataba, por supuesto, de una encerrona. En febrero de 1965, Delgado y su secretaria fueron asesinados por miembros de la PIDE a pocos kilómetros de la frontera portuguesa.

Humberto Delgado centró su vida en luchar contra Salazar, que no tardó en ordenar su eliminación

La aparición de sus cadáveres dos meses después causó un enorme revuelo en la prensa internacional. Los periódicos españoles, bajo el férreo control del ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, cumplieron con la consigna de atribuir el asesinato a un “ajuste de cuentas” entre los distintos sectores del Frente Patriótico de Liberación Nacional. En un exceso de celo, un reportero del diario Pueblo añadió algún detalle innecesario (y seguramente falso), como que en la maleta del general se habían encontrado “anticonceptivos y afrodisiacos”, lo que en el pacato lector español de la época sugería las acusaciones más escabrosas.

Por un libro que escribió Mariano Robles, abogado español de la familia Delgado, sabemos que el juez de Badajoz que se ocupó del caso hizo su trabajo con rigor y profesionalidad. La desvergonzada falta de colaboración de la Administración portuguesa impidió, sin embargo, que llegara a haber condenas.

El otro abogado de la familia, el portugués, acumulaba ya entonces un largo historial de arrestos y deportaciones por su oposición a la dictadura de Salazar. Se llamaba Mário Soares y pocos años después tendría que exiliarse en París. Regresó a Portugal tras la revolución de los claveles y la multitud que acudió a recibirlo lo aclamó como a un héroe. En 1988, siendo Soares presidente de la República, los restos de Humberto Delgado serían trasladados al Panteón Nacional de ­Portugal, donde descansan para siempre junto a los de otros conciudadanos ilustres.

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