El erial de los médicos de familia, por Josep Martí Blanch

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La pandemia iba a darles la vuelta a nuestros valores. Hagan memoria. Fueron muchas las historias que adquirieron gran protagonismo y que se utilizaban para explicar cambios sociales de fondo. Uno era el redescubrimiento de las virtudes de la vida en ciudades pequeñas y pueblos alejados de los grandes entornos metropolitanos. Se publicaron decenas de reportajes anunciando un éxodo urbano que sería imparable y que ya había empezado. Por fin, se nos decía, estábamos redescubriendo la vida a escala humana. La apuesta vital sería enraizar en lugares menos estresantes, menos contaminados, más económicos, con menos prisas y en los que cada individuo es alguien y tenido en cuenta.

Tic-tac, tic-tac. Pasó el tiempo y los medios se encargaron de dar por finalizado el episodio de fiebre rural que ni había existido. Las cosas volvían donde antes. Supimos de algunos testimonios que daban por acabada su aventura para regresar donde siempre. Nos habíamos explicado un bonito cuento. Un bla, bla, bla tan conmovedor como cuantitativamente insignificante.

Reportaje dle dia a dia en el Cap Casernes- El director del Cap, jordi Acezat, medico de familia atiende Jose Luis Paracuellos de 72 años con sínto,mas de gripe intestinal- Foto Ana Jiménez

Un médico habla con un paciente en un centro de primaria 

Ana Jiménez

Todo esto viene a cuenta de las plazas de médico interno residente (MIR) que el Ministerio de Sanidad ha adjudicado esta semana. Pendientes de la repesca, casi una cuarta parte de las plazas de la especialidad de medicina familiar no se han cubierto. El erial de aspirantes deja, de momento, un total de 459 plazas sin cubrir, 98 en Catalunya (todas ellas fuera de Barcelona).

Ser médico de familia no mola lo suficiente. No tiene glamur. No es sexy

Perdonen los profesionales de la medicina el atrevimiento. Pero sin ánimo de juzgar a nadie, algo dice de nuestra sociedad y de las prioridades de nuestros estudiantes que las plazas que se agotan cada año en un milisegundo sean las de dermatología y cirugía plástica y que, en cambio, el eslabón principal de una sociedad que se quiere sana, la medicina familiar, quede para vestir santos. Ser médico de familia no es molón. No lo suficiente. Y peregrinar por los centros de atención primaria de las zonas alejadas de las ciudades tampoco. ¡Houston, tenemos un problema!

Los que llevan estudiando a conciencia este erial de vocaciones lo atribuyen a factores multisectoriales. Y coinciden en que uno de los problemas es el del perfil del estudiante de medicina que accede a las universidades únicamente a través de un proceso extremadamente darwinista de excelentes calificaciones. Las facultades de medicina captan a la élite de los expedientes académicos.

Pero eliminan de la ecuación perfiles menos competitivos, que serían igualmente grandes profesionales de la medicina por capacidad humana y vocación. Jóvenes menos seducidos por la tecnología, la innovación científica o la medicina de alta complejidad, pero que estarían más cerca de los fundamentos ancestrales de la profesión, dando como resultado caracteres más propicios para la práctica de la especialidad de medicina familiar.


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Josep Martí Blanch

British author Gilbert Keith Chesterton (1874 - 1936). Original Publication: People Disc - HC0527 (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

No estamos ante un problema catalán o español. En los países de nuestro entorno también se dan problemáticas similares agravadas por la crisis sociodemográfica. Al médico de cabecera, y en especial al que ejerce en territorios rurales, no le acompaña el glamur. Mucho tendrá que ver en la caída de su prestigio en nuestro caso la imparable burocratización de la atención primaria, que ha convertido a sus médicos en diligentes administrativos con un margen de autoorganización e innovación limitado. ¿Quién quiere convertirse en un burócrata habiendo estudiado medicina? Pues menos de los que necesitamos y necesitaremos.

Pero más allá de las cuestiones que atañen a la profesión médica y a su modo de organizarse, se adivina un problema de fondo que guarda también relación con los valores que nos acompañan como sociedad. Va más allá de los médicos y es de carácter general en otras profesiones. Tiene que ver con la voluntad de arraigarse en lugares donde la carrera profesional es más limitada para los estándares presentes de lo que entendemos por éxito. Sitios donde, en el caso del médico, resulta imprescindible, más que por cualquier otra cosa, por el acompañamiento de las personas en sus distintos ciclos vitales y por su compromiso a largo plazo con una comunidad determinada y conocida.

Gobiernos y profesionales deberán fajarse para subsanar lo que tiene arreglo, por la vía de los incentivos y cuántas decisiones consideren que pueden ayudar a paliar esta sequía de vocaciones que hace años que dura. Sabiendo, empero, que hay elementos que no responden más que al signo de los tiempos y a nuestro modo de vivir colectivo. Aquel que la pandemia iba a cambiar. ¿Recuerdan?

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