Librerías en dos orillas

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I. LAS BIBLIOTECAS FUNDACIONALES

Como la del doctor Jekyll, la figura de Cristóbal Colón es pura bisemia y ambigüedad. Al tiempo que llevaba la lectura humanista hasta sus últimas consecuencias, siguiendo el ejemplo de su admirado Marco Polo en el Libro de las maravillas, pero invirtiendo la lógica de su ruta –marina por Occidente, en vez de terrestre y oriental–, también se apropió de territorios, físicos y simbólicos ajenos, y abrió el camino al imperialismo nacionalcatólico, triturador.

En la América prehispánica existía una vasta cultura del libro, que fue arrasada por las tropas españolas y sus apéndices religiosos. Militares y misioneros quemaron miles de códices con la saña con que perseguía la herejía la Santa Inquisición. También existían arquitecturas de preservación y lectura, como las amoxcallis, o Casa de los Libros de la cultura azteca, donde se practicaba la amoxotoca, es decir, se seguía “el camino del libro” para la interpretación de la escri­tura pintada, de los manuscritos pic­to­gráficos. Al imaginario de las grandes bibliotecas monásticas de la edad media europea, por tanto, hay que añadir el de otras formas de entender la conservación del conocimiento, como las que se desarrollaron en paralelo en la otra orilla del Atlántico.

Si el librocida Fray Diego de Landa quemó cientos de códices y después trató en vano de redimirse escribiendo sus propios libros sobre la cultura maya, el almirante Cristóbal Colón abrió las puertas de la invasión y engendró al gran bibliófilo del siglo XVI, Hernando Colón, quien no solo conservó la colección de libros de su padre y fue editor de su Libro de las profecías, también creó la que podría considerarse la primera gran biblioteca moderna.

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La Proveedora Escolar de Oaxaca. Abrió en 1949 con vocación de formar a jóvenes lectores y facilitó servicios editoriales a personas que deseaban ver impresos sus manuscritos. 

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La describe al detalle Edward Wilson-Lee en Memorial de los libros naufragados (Ariel): estaba en Sevilla, era la biblioteca privada más grande de la época y, revolucionariamente, colocaba los libros verticalmente “en cajas de madera especialmente diseñadas para ello”; estaba organizada gracias a un sistema pionero de clasificación, que incluía un fichero; y publicaba catálogos con todos sus títulos, con la voluntad de propagar el saber. Como Cervantes, Hernando Colón lo leía todo. Y lo conservaba: “Libros escritos por autores que carecían de fama o reputación, folletos endebles, baladas impresas en una sola página y diseñadas para ser pegadas en las paredes de la tabernas, y otras cosas similares que a la mayoría de sus contemporáneos debieron de parecerles poco menos que basura”.

Y, en un anexo de la biblioteca, había una librería donde se vendían los libros repetidos. Esa librería del hijo de Cristóbal Colón se puede interpretar como un espacio fundacional. No hay justificación para la barbarie, y las bibliotecas y las librerías, desde entonces, no han cesado de documentarla y recordarla, para tratar de que no se repita. Los idiomas y las bibliotecas europeas se impusieron violentamente en el vacío dejado por las Amoxcallis y otros espacios de cultura aborígenes. Pero con el tiempo el español y sus estructuras también se volvieron propios y se recuperaron algunos códices supervivientes. Y se contó la historia.

II. LAS LIBRERÍAS MÁS ANTIGUAS

Miguel Ávila tuvo que cambiarle el nombre a la legendaria Librería del Colegio porque sus deudas eran impagables. Había cerrado en 1989, tras más de dos siglos de actividad, y en 1993 Ávila empezó a negociar con el Arzobispado para reabrirla. Lo hizo en septiembre del año siguiente, con cien mil ejemplares, nuevos y usados, y muchísimas capas de arqueología en las paredes y los anaqueles. Fiel a su vocación de memoria, tiene un fondo impresionante sobre pueblos originarios y vende las publicaciones del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. El pasado antropológico y geológico de la nación.

La historia documentada de la Librería del Colegio se remonta a 1785, como establecimiento de referencia del cercano Colegio Nacional Buenos Aires. Durante el siglo XIX acogió tertulias en las que participaron algunos de los hombres más ilustres del país, tanto que durante el siglo siguiente se convirtieron en estatuas o nombres de calles, escritores y políticos, desde José Hernánez o Nicolás Avellaneda hasta Domingo Faustino Sarmiento o Bartolomé Mitre. Después acogió una imprenta y también la sede de la editorial Sudamericana. Ya bajo la dirección de Miguel Ávila, fue visitada por Adolfo Bioy Casares en sus últimos años de vida (era cliente de su anterior librería, Fray Mocho) y recibió a visitantes inesperados, como Joan Manuel Serrat (intérprete de Miguel Hernández y Antonio Machado: cantante y lector).

⁄ En la América prehispánica existía una vasta cultura del libro, que fue arrasada por las tropas españolas

Se trata de la librería más antigua de América Latina. La de España es Hijos de Santiago Rodríguez, que abrió sus puertas en Burgos en 1850. Su emblema es Minerva, diosa de la sabiduría; y su lema, “La escuela redime y civiliza”. De 1860 es la librería Farré de Barcelona, antigua y anticuaria. Pero existe una papelería y librería quizá todavía más antigua, la 2 de Villadrich, en Tortosa, que según un sello de finales del siglo XIX o principios del XX, fue “fundada en 1760”. El problema es que, cuando nos vamos tan atrás, los documentos empiezan a confundirse con las ficciones.

III. LIBROS PARA TODOS

Las librerías no sólo no podrían existir sin las bibliotecas y las editoriales, sino que a menudo son ellas mismas bibliotecas y editoriales. O imprentas. Como El Inca, de Lima, que se fundó en 1912.

La relación entre proyectos editoriales y de librería ha sido particularmente estrecha en México. El siglo XX se inauguró allí con la librería Porrúa, que nació en el año exacto de 1900, y en 1910 ya publicó su primer libro: Guía de la Ciudad de México, que se imprimió en España. Pero no fue hasta 1944 cuando se fundó oficialmente la Editorial Porrúa, con el lema: “ Cultura al alcance de todos”.

Con la misma misión, el Fondo de Cultura Económica se fundó como editorial en 1934 bajo la dirección de Daniel Cosío Villegas. Con apoyo del Estado, su primera filial fue la de Buenos Aires, que se inauguró en 1945. Y en 1963 se instaló en España. El grupo editorial ha creado una verdadera red de librerías, con veintisiete en México y varias en capitales de América Latina, desde Santiago de Chile hasta Ciudad de Guatemala.

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Editores libreros. Catalònia fue una editorial moderna y una librería, que “atrae a Barcelona a García Lorca, donde lee su poesía” (en la foto, en una imagen de 1932 

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“¡Libros para todos!” es el lema de un tercer proyecto mexicano igualmente importante, La Proveedora Escolar de Oaxaca. Fue fruto del empeño del maestro mixteco Ventura López Sánchez, que logró el 9 de diciembre de 1949 abrir un local en el centro de la ciudad con vocación de formar a jóvenes lectores de los sectores sociales más humildes. E incluso impulsar la escritura y la publicación: mucho antes de que Amazon popu­larizara la autopublicación, la Proveedora Escolar ya facilitó servicios editoriales a personas que deseaban ver impresos sus manuscritos. Durante la segunda mitad del siglo pasado, López Sánchez contó con un aliado excepcional: el artista Francisco Toledo. Ambos eran de origen in­dígena y militantes de izquierda. Pro­mo­vieron la cultura oaxaqueña y dejaron un gran legado. Actualmente, el archivo y la biblioteca personal de Toledo son es­pacios públicos, abiertos a todo el mun- do. Y el nieto de Ventura, Guillermo Quijas, está al frente tanto de la librería –que tiene varias sedes, además de la matriz original– como de la prestigiosa editorial Almadía.

El sello que publica a Juan Villoro o a Edmundo Paz Soldán, con icónicas portadas del diseñador Alejandro Magallanes, ha abierto sede en España y está apostando por toda una nueva generación de autoras. Acaban de llegar a librerías, de hecho, tres primeras novelas: Troika, de la mexicana Isabel Zapata, Ciudad Láser, de la colombiana Mariantuá Correa, y Mañana ya no hablaremos de nada, de la barcelonesa Montse Bizarro. Pura emergencia a ambos lados del Atlántico. Porque las tradiciones sólo tienen sentido si se actualizan una y otra vez.

IV. LIBRERÍAS REPUBLICANAS

La librería Cervantes de Segovia apoyó a la República y vio a su dueño Francisco Herrero Valduvieco en la cárcel tras el Alzamiento, pero prosiguió con su actividad tras el fin de la Guerra Civil y mantuvo en la trastienda una sección de libros prohibidos, que sólo podían ver y comprar los clientes que no fueran sospechosos de apoyar a Franco. Lo ha recordado Guillermo Herrero Gómez en la publicación que la propia librería hizo el año pasado, en aniversario impar, pues abrió sus puertas en 1906. Al parecer, su abuelo pudo pertenecer a una red de espías republicanos y tal vez viajaba a París para nutrir su venta clandestina. Se trata de un patrón de buena parte de las librerías de la época: continuidad y resistencia. Pero también hubo otras que tuvieron que cerrar, porque sus libreros se vieron obligados al exilio.

En Abeja furiosa de su miel. Retrato de Mercè Rodoreda (Anagrama), Mercè Ibarz recuerda que a principios de 1939, días antes de la llegada del ejército nacional, la escritora huyó junto a Francesc Trabal, Armand Obiols y otros intelectuales en el bibliobús de la Institució de les Lletres Catalanes. También cuenta que, siete años antes, Rodoreda publicó su primera novela, Sóc una dona honrada?, en el sello Catalònia, una editorial moderna que también era una librería que “atrae a Barcelona a García Lorca, donde lee su poesía y publicita su teatro”.

⁄ Hernando Colón, hijo del descubridor, creó la que podría ser la primera gran biblioteca moderna

La historia de su editor y librero, Antoni López Llausàs, ha sido contada por Julià Guillamon en la exposición (y catálogo) Barcelona-Buenos Aires, llibres d’anada i tornada (Biblioteques de Barcelona). En 1924, fundó Catalònia en plena plaza Catalunya porque “consideraba que los libros catalanes tenían que ser muy visibles, y ocupar un espacio central en la ciudad” (en 1931 se mudó al local de Ronda Sant Pere que algunos tuvimos la suerte de conocer antes de su cierre en el 2013). A López Llausàs le debemos la introducción en Catalunya de un modelo de edición propio del siglo XX, con difusión de la gran literatura internacional, y el impulso decisivo a la celebración de Sant Jordi como día del Libro en Barcelona. Pero tuvo también que exiliarse, y en Buenos Aires trabajó como gerente ejecutivo en la Editorial Sudamericana y fundó Edhasa, un proyecto transatlántico. Allí contó con un aliado excepcional.

Hijo de un agente marítimo, aunque nació en España, Paco Porrúa se crió sobre todo en Argentina. Un día, leyendo Les temps modernes, la revista francesa dirigida por Sartre, descubrió un nuevo género: la ciencia ficción. Lo encarnaba Ray Bradbury. A mediados de los años cincuenta, Porrúa compró los derechos de Crónicas marcianas y fundó el sello Minotauro. En Minotauro, un odisea de Paco Porrúa (Tren en Movimiento), Martín Felipe Castagnet señala que también el nombre proviene de París: Minotaure era la gran revista de André Breton y compañía. La editorial, sugiere, defendió una ficción especulativa norteamericana atravesada por el surrealismo y con fuerte impronta argentina. No en vano, su primer libro fue prologado por Borges. Y Porrúa fue el gran editor de Cortázar.

La distribuidora de Minotauro fue la Librería del Colegio. Así nació el vínculo de Porrúa con la familia López Llausàs, que lo llevaría a ser director literario de Sudamericana. Construyó una relación fuerte con Julio Cortázar y lo acompañó en su consagración de los años sesenta. También publicó a Álvaro Mutis, Manuel Puig, Arturo Carrera, Sergio Pitol, Clarice Lispector, Juan José Saer o Gabriel García Márquez, quien declaró: “Nunca voy a olvidar la fe que Paco tuvo en mí y el dinero que me mandó cuando más lo necesitaba, sin haber leído ni una línea de Cien años de soledad ”.

V. LIBRERÍAS DE LA PLATA

Las historias casi siempre empiezan lejos y terminan muy cerca: en las inmediaciones de tu casa, en tu biblioteca, en tu cerebro. Iniciamos esta historia en las bibliotecas de hace siglos, a lado y lado del Atlántico, y tras recorrer rutas que unen España con México o Argentina, la terminamos en Sabadell y Barcelona, dos ciudades catalanas, cuando se acerca el Día del Libro y de la Rosa. Allí se encuentran, respectivamente, LibreRío de la Plata y Lata Peinada, librerías especializadas en literatura latinoamericana y animadas por libreras de la otra orilla, que se empeñan en recomendar a los lectores de aquí los libros que eclipsaron los autores del boom y los que se han escrito después de las obras maestras de García Márquez o Roberto Bolaño, quienes por cierto vivieron en Barcelona y forman parte de esa mitología o cartografía de viajes de ida y vuelta que hemos dibujado.

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De vuelta a esta orilla. LibreRío de la Plata y Lata Peinada, en Sabadell y Barcelona, especializadas en literatura latinoamericana, están animadas por libreras de la otra orilla 

Lata Peinada

La uruguaya Cecilia Picún estudió medicina y fue product manager de Bayer hasta que en el 2012 decidió cambiar radicalmente de rumbo vital y abrir una pequeña librería que estuviera marcada no sólo por la selección de libros, todos literarios y muchos de América Latina, sino también por los ritmos y la calidez que imprimen el mate y el vino tinto. Para que el proyecto tuviera éxito tenía a su favor toda una vida como lectora, gran capacidad para comunicar entusiasmo y una suerte de profecía o marca: cuando era niña, su hija Vera fue convertida por Eduardo Galeano en personaje literario en un cuento que empieza así: “A los cinco años de su edad, Vera Navratil alzó la mirada hacia la alta noche de Montevideo y preguntó a su madre: ‘Los muertos, ¿se van al cielo?’”.

⁄ La librería más antigua de España es Hijos de Santiago Rodríguez, que abrió sus puertas en Burgos en 1850

En La librería y la diosa (Lumen), la escritora argentina Paula Vázquez afirma que “abrir una librería no es una decisión de aritmética”. El libro reconstruye una doble maternidad con padres distintos: la biológica y la que condujo a la apertura de Lata Peinada. La librería es de ella y del poeta también argentino Ezequiel Naya, autor de Pueblos para escapar de la justicia (Ediciones Liliputienses): se conocieron en el taller de poesía de Fabián Casas en Buenos Aires, que les decía que debían hacer “que el texto deje un lugar vacío para que cada uno pueda poner un deseo allí”. Es el objetivo tanto de un buen poema como de una buena librería. Es lo que todos intentamos construir, gracias a las librerías, en nuestras propias biblio­tecas.

Jorge Carrión es autor de ‘Librerías’ (Anagrama) y de la serie ‘Booklovers’ (CaixaForum+). En Casa Amèrica Catalunya comisaría la exposición “Atlánticas. Una historia de libreras, libros y libreras” (hasta junio).

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