Los secretos sobre nuestro cerebro que reveló uno de los más singulares y ambiciosos estudios jamás realizado

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David Snowdon con un cerebro en las manos

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Pie de foto, David Snowdon con la colección de cerebros de donantes para su estudio realizado con la colaboración de las Hermanas Escolares de Nuestra Señora.
  • Author, Hannah Fry
  • Role, BBC, Serie «Uncharted»

La historia comienza en una habitación subterránea con poca luz, con nubes arremolinadas de aire helado y filas de frascos de vidrio que se extienden hasta donde alcanza la vista.

Dentro de esos 700 contenedores hay algo inesperado: cada uno alberga un cerebro humano perfectamente conservado.

Corría el año 1991 cuando un joven e inexperto neurocientífico llamado David Snowdon conoció a la hermana Mary, una monja muy inusual.

Al igual que muchas otras, se vestía de pies a cabeza con un hábito tradicional en blanco y negro. Era eternamente optimista, rara vez ociosa.

Pero lo que sorprendió a Snowdon fue que la hermana Mary, a sus 101 años, tenía una memoría nítida.

Aún no sabía que había algo extraordinario en ella, algo que la distinguía de las demás monjas.

Desde 1986, Snowdon había estado inmerso en uno de los más singulares y ambiciosos jamás realizados, que empezó en la Universidad de Minnesota y fue transferido a la Universidad de Kentucky en 1990.

Con su equipo, había viajado por todo Estados Unidos, visitando conventos de la congregación las Hermanas Escolares de Nuestra Señora, persuadiendo a 678 monjas para que participaran.

«Normalmente no pondrías un convento de monjas y la ciencia juntos, pero esto es oro», le dijo la neurocientífica Julia Ravey a la BBC.

«Lo que realmente hay (en un convento) es una población de control, que es de lo que se trata la ciencia. Queremos controlarlo todo, queremos controlar lo incontrolable».

El estudio de las monjas

La hermana Esther, de 106 años, riéndose con Snowdon, durante un juego de cartas en el convento.

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Pie de foto, La hermana Esther, de 106 años, riéndose con Snowdon, durante un juego de cartas en el convento.

Para el ahora famoso «Estudio de las monjas», cada hermana accedió a completar una serie de pruebas que repetirían año tras año hasta que murieran, con la esperanza de que revelaran secretos de la longevidad.

¿Cuándo empezarían a fallarles los cerebros y con qué rapidez podrían decaer?

«A las hermanas se les hizo algo que llamamos un ‘mini examen del estado mental'», explica Ravey.

Una vez completado, cada monja tenía una puntuación: cuanto mayor era la puntuación, más sana era su mente.

La mayoría de las personas obtendría 30 de 30 si tuvieran una cognición completamente sólida.

Así que querían ver cómo cambiaba esta puntuación con el paso del tiempo.

Después de interrogar a cientos de mujeres durante muchos años, Snowdon tuvo un conjunto de datos magnífico.

Pero la joya de esta corona era un notable gráfico que indicaba la edad, a lo largo de la parte inferior, y la capacidad cognitiva medida de 0 a 30 puntos en el costado.

Monja haciendo escultura

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Pie de foto, Las monjas son un grupo de estudio ideal porque tienden a llevar una vida sana, por lo que los efectos naturales del envejecimiento son más fáciles de medir.

El equipo de Snowdon había recopilado todas las puntuaciones en una página con resultados sorprendentes.

«Una vez que trazas todos estos puntos en un gráfico, tienes líneas y líneas de puntos y puedes ver muchos grupos en la parte superior izquierda del gráfico».

Correspondían a las que habían tenido el mejor desempeño, cientos de monjas de 70 y 80 años que obtuvieron entre 25 y 30 puntos en sus pruebas. Una fuerte señal de que sus cerebros funcionaban bien.

Cayendo por la página como confeti, había otro grupo de puntos debajo de esos.

Eran las personas que no podían recordar eventos muy recientes.

«Es posible que recordaran cosas de su pasado, pero su sentido del tiempo y el lugar era deficiente; no podían responder preguntas muy sencillas que uno esperaría que la gente supiera».

Algunas de estas mujeres tenían entre 80 y 90 años, así que tal vez sea de esperar una disminución cognitiva, pero algunas tenían una puntuación de 0.

Snowdon conocía la teoría de «úsalo o piérdelo», y ahí estaba la evidencia de que la función cerebral, una vez perdida, era irrecuperable.

Pero este gráfico le mostraba algo más. Algo insólito.

Un sorprendente misterio

Gráfico inspirado en el del estudio de Snowdon

Un solo punto se destacaba en ese gráfico, muy por encima del resto.

«La hermana Mary está justo en la parte superior derecha del gráfico. Y aquí es donde realmente me emociono, porque es un punto atípico de la tendencia general de que cuanto más viejo te haces, más baja es tu puntuación», señala Ravey.

Ella siempre iba a estar en el lado derecho del gráfico debido a su edad: era una de las dos únicas participantes en todo el estudio que tenían más de 100 años.

Pero la hermana Mary está en un cuadrante únicamente para ella, flotando sola muy por encima de muchos de los otros puntos.

El gráfico le decía a Snowdon que a los 101 años, tenía la función cerebral de alguien 20 años más joven.

«¿Qué estaba pasando en su cerebro?».

Volvamos a esas filas de frascos de vidrio en el congelador subterráneo, pues todos esos cerebros son parte de la investigación de Snowdon.

Para entender realmente en qué se diferencia un cerebro de otro, hay que sostenerlo en las manos.

«Para algunas personas, la idea de donar un cerebro puede resultar un poco incómodo a pesar de que, técnicamente, es solo otro órgano. ¿En qué se diferencia de un corazón o de un hígado? Pero sentimos que somos nuestros cerebros. El cerebro es la persona», explica la neurocientífica.

Eso fue evidente cuando Snowdon hizo la petición frente a una gran congregación de monjas. Hubo un gran silencio hasta que una voz resonó fuerte y clara.

«Por supuesto, te daré mi cerebro».

Y así, cuando la hermana Mary murió a las 6:45 p.m. del 13 de junio de 1994, Snowdon y su equipo se tomaron un momento para presentar sus respetos y llorar la pérdida de la mujer cuya mente había estado casi intacta hasta el día de su muerte, antes de comenzar la labor de comprender qué la había hecho tan especial.

Izq. cerebro sano de monja de 90 años; der. cerebro de monja de 89 años con Alzheimer
Pie de foto, Los cerebros de quienes sufrieron de Alzheimer son más livianos, porque las células mueren y se hacen huecos. (Izq. cerebro sano de monja de 90 años; der. cerebro de monja de 89 años con Alzheimer).

«Inmediatamente, los investigadores notaron algo muy diferente en el cerebro de la hermana Mary.

«Pesaba 870 gramos, uno de los cerebros de menor peso: solo cinco de los 117 que tenían en ese momento pesaban menos.

«Lo que un bajo peso cerebral nos indica -explica Ravey- es que ha habido mucha muerte de células cerebrales, y encontraron placas y también ovillos».

Snowdon y el equipo se sorprendieron de que el cerebro estuviera profundamente dañado, las placas retorcidas y los ovillos de tejido proteico les indicaron que la hermana Mary tenía demencia avanzada.

Pero, ¿cómo podía ser posible?

¿Cómo podía alguien no mostrar signos de deterioro cognitivo en la vida a pesar de tener un cerebro que había sido físicamente devastado por la enfermedad?

La autobiografía como predictor

Una teoría para explicar todo este caso es la llamada reserva cognitiva.

Los cerebros están conectados por un conjunto de neuronas protectoras que, si se ejercitan mediante el aprendizaje permanente, podrían compensar el daño causado por el Alzheimer.

Esas neuronas, en cierto sentido, funcionan como parches alrededor de placas dañinas y ovillos de enfermedades.

Pero todo esto plantea otra pregunta: si algunos cerebros están físicamente conectados para protegerse contra los signos de deterioro cognitivo y otros no, ¿podría ser posible determinar quién desarrollará demencia mucho antes de que aparezcan los síntomas?

La doctora Suzanne Tyas, ahora es profesora asociada en la Universidad de Waterloo, pero era una estudiante de posgrado cuando se unió al equipo de Snowdon para trabajar en algo nuevo y emocionante, algo que se había descubierto en el sótano de un convento, en dos archivadores oxidados de color verde oliva.

Desde el exterior, parecían modestos, pero por dentro, contenían una mina de oro para la investigación.

«Eso incluía cosas como los boletines de calificaciones de la escuela secundaria, la cantidad de idiomas que hablaban. Pero sobre todo unos ensayos autobiográficos que estas jóvenes escribieron antes de hacer sus votos perpetuos para entrar en el convento».

Escondidas entre los ensayos había pistas sobre las monjas, su nivel de educación, vocabulario y conocimiento general.

No había medidas directas que se pudieran trazar, por supuesto, pero el equipo decidió evaluarlos por medio de lo que llamaron la densidad de ideas: el número de ideas distintivas por cada 10 palabras escritas.

He aquí un ejemplo en el que dos monjas describen sus circunstancias.

Una escribió, al describir a su familia: «Hay 10 hijos en mi familia, 6 son chicos, dos son chicas. Dos de los chicos están muertos«.

La sintaxis es simple. Va al grano, es poco expresiva y compacta.

Compárala con esta otra, que transmite el mismo tipo de información, pero de una manera dramáticamente diferente.

Empieza diciendo: ‘El día más feliz de mi vida hasta ahora ha sido mi primera comunión‘. Y termina con la frase: ‘Ahora estoy vagando por Dove’s Lane esperando solo tres semanas más para seguir las huellas de mi esposo, atada a él por los santos votos de pobreza, castidad y obediencia‘».

Hay una diferencia en la forma en que estas y las otras mujeres se expresaban en su juventud. Algunas describían vidas interiores complejas y ricas, mientras que otras eran planas e incoloras.

Y ahora viene la parte asombrosa.

Archivo y ensayo
Pie de foto, Una clave crucial: lo que las monjas escribieron antes de hacer los votos.

«Esa primera hermana con un lenguaje muy sencillo llegó a desarrollar la enfermedad de Alzheimer. Mientras que a la segunda hermana se le dio seguimiento, y no».

Cuando Snowdon y su equipo comenzaron a comparar las puntuaciones más altas en estos primeros escritos con el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer en la vida posterior, comenzó a surgir un patrón.

Las hermanas que habían escrito ensayos con alta densidad de ideas y complejidad gramatical parecían esquivar los síntomas más tarde en la vida.

Sus recuerdos y habilidades lingüísticas permanecieron intactos.

A medida que el equipo examinaba más de cerca estas páginas, su asombro no hizo más que crecer.

Los ensayos escritos por estas hermanas cuando tenían alrededor de 20 años podrían usarse para predecir con una precisión del 85 al 90% qué cerebros desarrollarían la enfermedad de Alzheimer décadas después.

«Me dan ganas de desenterrar mis viejos ensayos de la escuela secundaria y la universidad del sótano de mis padres, pero casi tengo miedo de mirar», confiesa Tyas.

Para la posteridad

Parecía que la autobiografía de la juventud podía tener un poder profético inimaginable, pero también planteaba el dilema del huevo y la gallina.

¿La reserva cognitiva protegió algunos cerebros de los síntomas de la enfermedad de Alzheimer o la caligrafía mediocre resaltó los primeros signos de un cerebro predispuesto a declinar más adelante?

«Todavía no sabemos cómo se desarrollan todos esos cambios en el cerebro.

«Sin embargo, sabemos que los niveles más altos de educación reducen el riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer.

«Por lo tanto, esta pieza única que analiza las habilidades del lenguaje escrito y esas características de expresión realmente puede ampliar la visión de saber qué les sucedió más de medio siglo después.

«Lo que hemos encontrado en el estudio de las monjas es que esos cambios en el cerebro no siempre conducen a síntomas de la enfermedad de Alzheimer durante la vida. Y para mí, eso es enormemente esperanzador», dice Tyas.

Se están haciendo grandes avances en la forma en que detectamos estos cambios en el cerebro.

Las resonancias magnéticas e incluso los análisis de sangre están allanando el camino para la detección temprana.

La pregunta de cómo tratarlos sigue sin respuesta, pero tal vez no por mucho tiempo.

Muchos investigadores creen que estamos a solo unos años de descubrir un suero que pueda eliminar esas placas y ovillos de nuestros cerebros a medida que se desarrollan.

Pero por ahora, sólo queda esperar.

El doctor David Snowdon se jubiló y sus 678 monjas ya murieron. Pero esos frascos de vidrio en el cuarto frío siguen allí.

Y gracias a esa extraordinaria donación de las monjas, el estudio sigue vivo en el Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Texas en San Antonio.

* Si quieres escuchar el episodio «In the Habit» de la serie «Uncharted» de la BBC, haz clic aquí.

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