Vergüenza ajena, por Juan-José López Burniol

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Henryk Sienkiewicz, en su novela Quo vadis? (1896), hace escribir a Petronio, antes de suicidarse, estas palabras dirigidas a Nerón: “Roma se tapa los oídos cuando te oye y el mundo se ríe de ti. Yo no quiero ni puedo seguir avergonzándome. Adiós, pero no hagas música; asesina, pero no escribas versos; envenena, pero no bailes; incendia, pero no toques la cítara. Estos son mis deseos y mi último consejo”. Más de una vez me ha venido a la memoria este pasaje, al oír y ver las cosas que dicen y hacen muchos de nuestros políticos.

Y, sin pretender emular a Petronio, se me ha ocurrido musitar lo que sigue, a guisa de respuesta a los excesos de alguno de ellos: “Insulta, pero no te hagas la víctima; burla la ley, pero no te las des de demócrata; miente, pero no te presentes como adalid de la verdad; quebranta las instituciones, pero sin hacer alarde de defender al Estado; persigue sólo tu interés personal, pero no nos des lecciones de moral, y da rienda suelta a tu soberbia, pero sin hacerte pasar por llano”. Obviamente, se trata de un juego que no sirve de nada. Solo es el derecho al pataleo.

MADRID, 09/04/2024.- La presidenta del Congreso, Francesca Armengol, durante el pleno celebrado por el Congreso de los Diputados, este martes en Madrid. EFE/ Borja Sanchez-Trillo

  

Borja Sanchez-Trillo / Efe

El envilecimiento progresivo del diálogo político en España no parece tener fin: tanto dentro de las instituciones como fuera de ellas, en este caso con la colaboración interesada de una parte de los medios de comunicación, como auténticos cooperadores necesarios que son en este recalentamiento nacional. Así las cosas, la pregunta que hacerse es esta: ¿quién ha de ser el primero en recuperar los buenos modales?

Se cuenta que dos mariscales franceses estaban enzarzados agriamente entre sí por cuál de ellos debía saludar primero al otro, alegándose recíproca y contradictoriamente una mayor antigüedad y superiores méritos, hasta que la cuestión llegó a Napoleón, quien la resolvió con estas palabras: “Que salude primero el más educado”.

Del mismo modo, debería cesar primero en este cainita enfrentamiento verbal, privado de dignidad y huérfano de talento, aquel de nuestros políticos que tenga una mayor conciencia de la dignidad de su cargo, un más alto nivel cultural y un superior sentido del ridículo. Haga lo que haga el otro. Esta polarización perversa alcanza niveles de náusea en los debates del Congreso y del Senado, que es donde sus señorías, como decían antes las folklóricas, “sacan todo lo que llevan dentro”, con clara ventaja de las folklóricas.

La ausencia de rasgos de sutileza delata el ínfimo nivel de nuestra vida parlamentaria

Quizá, para evitar la vergüenza que provoca esta miseria, hubiese sido mejor que los diputados y senadores no pudiesen leer sus discursos, ya que, dada la cortedad de sus recursos, esta misma limitación obraría como barrera de contención de sus dislates, al dejarles desnudos ante todo el hemiciclo. Hay un hecho que delata el ínfimo nivel de nuestra vida parlamentaria, que es la absoluta ausencia de rasgos de sutileza, que suelen manifestarse en detalles de ironía festiva y en episodios de humor acerado.

Es impensable por ello que, en las actuales cámaras, pueda darse un episodio similar a este que cuenta Luis Carandell en su libro Se abre la sesión: En el Congreso de 1934, un diputado de la oposición interrumpió desde lo alto del hemiciclo a José María Gil-Robles, diciéndole a grandes gritos: “Su señoría es de los que todavía llevan calzoncillos de seda”, lo que provocó la algazara imaginable; mientras tanto, Gil-Robles esperaba impávido a que se recuperase la calma, para responder luego sin alterarse: “No sabía que su esposa fuera tan indiscreta”.

Y es también inimaginable que, en los actuales y penosos intercambios de improperios en que se convierten las sesiones de control, se den pruebas de humor como esta: interrogado el primer ministro Disraeli sobre la diferencia entre una desgracia y una catástrofe, respondió: “Si mister Gladstone (su rival y líder liberal) cayera al río Támesis y se ahogara, eso sería una desgracia; pero si alguien lo sacara del agua, eso sería una catástrofe”.

Ahora bien, esta degradación, que provoca vergüenza ajena, no es exclusiva de los políticos. Los medios también han de hacer examen de conciencia.

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