El Sant Jordi, el ‘Lugar Paraíso’ de Nil Moliner

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Atreverse con dos Palau Sant Jordi en tan solo dos años puede parecer algo osado. Y más cuando para esta segunda fecha lo anuncias sin todavía haber publicado un nuevo disco -llegó meses más tarde y te atreves con un aforo de 16.000 personas, casi el doble que la primera vez-. Pero Nil Moliner no es un artista más, y anoche lo volvió a demostrar en Montjuïc.

El de Sant Feliu de Llobregat recaló de nuevo en el pabellón olimpico para presentar los temas de su último trabajo, Lugar Paraiso, un CD en el que se ha abierto en canal, contagiando su buena energía de siempre pero con temas muy personales que tal y como él mismo ha reconocido, han sido «una terapia». Y anoche, esa marcha pero también esa emoción y sinceridad estuvieron muy presentes.

Emoción y sinceridad

Curiosamente, la voz de Moliner no fue la primera que se escuchó cuando, con algo de demora, se apagaron las luces. Fue Andreu Buenafuente, presente en la sala, el encargado de explicar qué es para el cantante un Lugar Paraiso, una idea muy presente a lo largo del show. «Ese lugar donde acudes a desconectar, que tenemos dentro y no sabemos cómo se llama», dijo. Y a continuación, con los seis integrantes de una ampliada sección de viento en la pasarela y el resto de la banda, muy del Maresme, detrás, el recital arrancó con Mi religión, de su primer disco. Primer tema y primera ración de fuego y pirotecnia servida.

Sin tiempo que perder, comenzaron las referencias a su nuevo trabajo con Dos primaveras, muy celebrada, Nada que decir, más rockera, y Costa Rica, justificando el porqué de una banda ampliada y demostrando que pese a que llevaban solo cuatro canciones, había más gente abrazada que sentada.

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El público se lo pasó en grande con el cantante catalán 

Martí Gelabert

Idiotas, con más fuego, y la siempre bienvenida Déjame escapar siguieron con este comienzo arrollador, hasta que el sanfeliuense decidió hacer un alto en el camino para dirigirse por primera vez a los presentes con una de las sorpresas de la noche. «¿Tenéis ganas de bailar», preguntó, para luego proponer un reto: la Dance Cam, en la que el público fue protagonista con sus pasos prohibidos durante Me quedo.

La adrenalina seguía por las nubes cuando llegó uno de los momentos más especiales de la noche. Situado al final de la pasarela, el artista quiso dedicar la canción a un niño que, curiosamente, se llamaba Nil. ¿Era un espectador, un mensaje a su ‘yo’ del pasado o ambas? No quedó claro, pero sí su mensaje: «Está canción es para todos los niños y niñas que habéis venido. Nunca pierdas la esperanza y las fuerzas para luchar por un mundo mejor. Habéis escogido que esto sea vuestro Lugar Paraiso». Y dio paso a Good day, el tema que abre su último disco y aunque fuera de noche, la sensación del público era la misma: se lo estaba pasando bien.

Fiesta en el Sant Jordi

Som ocells, recordando su primera canción en catalán, y Mi bandera, con pirotecnia verde para la ocasión, también hicieron acto de presencia. De hecho, cerraron el primer bloque del concierto, pues, a continuación, el artista junto a sus seis músicos habituales se situaron en la pasarela, justo detrás de una hoguera, para dar la bienvenida a un tramo acústico en el que recordó sus inicios junto a Ignasi Caballé y Ferran Sampler en «garitos de la muerte» y dio una gran noticia: a finales del 2025, para cerrar la gira, volverá a tocar en el Palau Sant Jordi.

«Este también es un Lugar Paraiso, rodeado de amigos, con un vinito y con queso», reconoció, para luego interpretar temas nuevos como Mejor así o Querer no me queda tan mal, o un acertado medley con canciones de los comienzos: El despertar, Hijos de la tierra y Cien por cien, esta última combinando el castellano, catalán y euskera, para posteriormente dar las gracias a personas como Manu Guix, Roger Rodés y sus managers Carles y Ángel, sabedor que, sin ellos, su carrera no hubiera sido la misma.

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Moliner cerrará su gira con un último concierto de nuevo en el Sant Jordi 

Martí Gelabert

Con esta segunda parte del recital cerrada, un piano apareció en escena y fue el turno de otro de los momentos más especiales, el de «vivir el presente y no arrepentirse de nada» al compás de Ara, con un Nil Moliner que acabó encima del piano mientras volaba confeti por los aires, antes de recibir a dos invitados de lujo: sus «hermanos» Álvaro de Luna y Dani Fernández que, como en el disco, le acompañaron en Luces de ciudad para recordar que «si la vida te da la espalda, date media vuelta para conquistarla».

Una animada Soldadito de hierro, una de esas canciones «que forman parte de vuestra banda sonora y las hacéis tan grandes que las lleváis al infinito», dio la voz de aviso de que el recital estaba encarando su tramo final, que se redondeó con una marchosa Enséñame dedicada a aquellos «que viven lejos» y Esperando, con un Sant Jordi que ya no podía ocultar su alegría y felicidad.

Oda al optimismo

Pero aún quedaba alguna sorpresa más. El protagonista de la noche apareció con una antorcha, como si de Atenas viniera en dirección a la olímpica París, y se trasladó hasta el medio de la pista donde le esperaba otro de sus instrumentos favoritos: la batería. Y ya sentado en una plataforma, se elevó varios metros y se dio el gustazo de interpretar temas recientes como la BZRP Music Sessions #52, Vagabundo o Nochentera, o clásicos como Puedes contar conmigo. Una prueba más de que aparte de hacer disfrutar, el también se lo pasó en grande, algo que se hizo notorio cuando, para regresar al escenario central, volvió a sobrevolar la pista del Sant Jordi como ya lo hizo hace dos años, pero en esta ocasión explicando cómo superar los miedos al ritmo de Vuela alto.

Ya de nuevo en posición, la traca final empezó con Quan no siguis a prop, aunque sin la presencia de Lluís Gavaldà en el escenario, la siempre bienvenida Bailando y la emocionante Libertad, y se cerró, rozando las generosas dos horas de duración, con las bailables Meneito, recordando al público que la verdadera fiesta era «hoy y aquí», y Túi, de nuevo haciendo referencia a sus último disco y al optimismo que, pese a que diga que no es su intención, él siempre desprende.

Con todo el pescado vendido, el de Sant Feliu de Llobregat, junto a su banda, saludó por última vez a los presentes y les dio las gracias «por hacerme cumplir este sueño». Y, seguramente, el agradecimiento fue recíproco, pues el Sant Jordi hacía tiempo que no respiraba un buenrrollismo tan acentuado, y con la seguridad de que, en menos de dos años, lo volverá a vivir. Esa es la gran fortuna de ser un Lugar Paraiso.

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