“No pongamos en la mesa la moral que hemos eliminado de la cama”

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Albert Molins (Barcelona, 1969) no se considera periodista gastronómico, pero su interés por la disciplina y por la alimentación como fenómeno cotidiano ha ido leudando a lo largo de los años hasta convertirse en el que es su primer libro, Comer sin pedir permiso (Rosamerón). Molins, jefe de sección de Sociedad en La Vanguardia , colabora con distintos medios y blogs especializados y ahora publica un ensayo plagado de citas y reflexiones en el que recorre la historia cultural de la comida para demostrar la transcendencia del acto de comer, sus implicaciones y la importancia de reivindicarlo en unos tiempos en que cada vez se cocina menos.

Reivindicación

«Cocinar es la única manera de evitar que la industria alimentaria decida por nosotros”

¿Elegimos realmente lo que comemos?

Tenemos más capacidad de elección de la que creemos, pero no la ejercemos. Estamos sujetos al poder de la publicidad y de la industria alimentaria, que son el enemigo de la salud, el medioambiente, el bienestar animal y de nuestro placer. La única manera de evitar que decidan por nosotros lo que comemos es volviendo a cocinar.

Si lo que comemos forma parte de nuestra identidad, ¿qué dice de usted lo que come?

Que soy un afortunado y que tengo un paladar bien educado por una madre que cocina como los ángeles, unos padres que me han enseñado a valorar la comida y un abuelo que era un bon vivant , en el sentido más literal, que supo ver que yo apuntaba maneras.

En el libro analiza cómo las distintas religiones han tratado de establecer normas respecto a la alimentación.

Cualquier religión es un sistema de control social. Lo que más nos gusta en la vida es el placer sexual y el provocado por la comida. Limitar el placer es una forma de tenernos controlados. Hemos tardado siglos en sacar la moral de nuestras camas, ahora no la pongamos en nuestra mesa.


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Arranca diciendo que cada vez resulta más complicado comer sin sentir culpa.

Tras la muerte de Dios, que proclamó Nietzsche, la salud se ha sacralizado y la muerte ha pasado a ser el mayor de los miedos, todavía más después de la pandemia. En este contexto, dietistas-nutricionistas y tecnólogos de alimentos se dedican a decirnos que comemos mal, que cocinamos mal, que no guardamos la comida como toca en la nevera, que es peligroso cortar verduras en la tabla de madera… Nos hacen sentir culpables por no hacer las cosas a su manera. Pero las generaciones que nos preceden se han alimentado sin problemas ni tonterías. Y yo digo basta.

Tampoco deja en muy buen lugar a los veganos.

No tengo nada en contra de ellos. Pero no estoy dispuesto a aceptar que me digan qué he de comer, que me hagan sentir culpable y que me vengan con rollos morales sobre la comida. El veganismo se equivoca de enemigo. Toda la producción de alimentos es conflictiva, no solo la cárnica. Hay que replantear los sistemas alimentarios en su conjunto.

¿Quién es responsable de afrontar ese cambio?

No podemos poner todo el peso sobre los consumidores, pero tienen mucho que decir. Comprar productos de proximidad o de pequeñas y medianas producciones puede ser un poco más caro para el bolsillo, pero da grandes beneficios a largo plazo. Hay que olvidarse de la gran industria alimentaria y de los ultraprocesados, que es lo que la mayoría consume.

Puesto de tomates en un mercado de Barcelona.

Puesto de tomates en un mercado de Barcelona.

Ana Jiménez / Propias

Escoger lo que se come es a veces un privilegio.

La relación entre renta y alimentación es evidente. Hay gente que se ve forzada a cambiar euros por calorías, y no por nutrientes.

Dedica el libro a sus hijos, de 15 y 18 años. ¿Cómo ha cambiado la relación de las generaciones más jóvenes con la comida?

Se relacionan con ella en la medida en que sus padres lo hacen. Si tienen la suerte que tuve y tienen mis hijo, seguirán cocinando. El problema, como bien explica mi amiga Maria Nicolau, es que se ha producido una rotura de la cadena de transmisión de conocimiento.

Cada vez cocinamos menos, usted lo ilustra con datos.

Anteponemos el ocio a todo lo demás, rechazando cualquier cosa que nos prive de él, y gourmetizamos el cocinar, reservándolo para las ocasiones especiales. Pero la importante es la cocina del día a día, y es a la que estamos renunciando amparándonos en una supuesta falta de tiempo.

Hay quien dice que en el futuro solo comeremos en restaurantes o comida a domicilio.

La situación es dramática y apunta hacia ese camino. No soy optimista, pero debemos rebelarnos, porque dejar de cocinar sería entregarse por completo a la industria alimentaria.

Detecto cuando no estoy bien a través de la comida y muchas veces ha sido mi salvavidas»

¿El disfrute culinario tiene una parte de exhibicionismo?

El fanfarrón, el cuñado, siempre ha existido. Pero con las redes aparece el foodie y el postureo, y una especie de competición frenética por estar donde se supone que hay que estar y presumir de ello. Porque lo que comes también es una demostración de estatus.

El libro tiene una vertiente importante de estudio antropológico y de referencias a la filosofía. ¿Entendemos a veces la cocina de una forma limitada?

Por supuesto, y contra eso también me rebelo. Es necesario desligar el discurso exclusivamente de restaurantes, cocineros y algún productor. La modesta intención del libro es elevar el listón intelectual del discurso en gastronomía.

Se nota el trabajo de investigación periodística que hay detrás.

Soy periodista y no puedo dejar de serlo. Cuando quiero escribir busco fuentes, libros, documentos… No concibo hacerlo de otra forma.

Pero hay otros momentos en que no hay ese distanciamiento propio del periodista, sino que se desnuda y habla de sus intimidades, de los momentos en los que la comida le ha sido refugio.

Para mí, comer es un acto muy íntimo y humano, y al escribir he tratado de exigirme eso mismo que defiendo. Como todo el mundo, he pasado momentos complicados. Detecto cuando no estoy bien a través de la comida y muchas veces ha sido mi salvavidas.

Solo aparece un restaurante en todo el libro.

Hisop. Allí fue donde decidí que quería dedicarme, en la medida de lo posible, a escribir sobre gastronomía. Tuve una epifanía mientras comía un arroz con merluza.

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