Placeres ocultos solo para barceloneses, por Miquel Molina

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Cuando se visita hoy la ciudad de Nottingham se puede recrear la irrupción del ludismo, un movimiento que surgió a principios del siglo XIX en la Inglaterra fabril en oposición a la industrialización rampante y a la consiguiente pérdida de empleos. Los ludditas no solo iban a la huelga, sino que destruían la primera máquina que les ponía por delante.

Esta actitud resurge hoy en oposición a la revolución tecnológica. En Nueva York, por ejemplo, hace un año se creó el Luddite Club, formado por un colectivo de adolescentes hartos de la tiranía de las redes y del scroll infinito que se reunían en un parque para leer libros de papel portando teléfonos de cuando aún no se habían inventado los smartphones.

Lo que es menos frecuente es que sea una administración la que bloquea una tecnología para evitar sus efectos indeseados. Por eso ha tenido repercusión la decisión de Transports Metropolitans de Barcelona (TMB) de ocultar a los turistas la línea del bus 116 en la aplicación de Google Maps y de eliminar de la página web del Bus Turístic la promoción que se hacía allí de las baterías antiaéreas del Carmel.

Camuflar autobuses o monumentos no soluciona la crisis estructural del turismo

Son medidas que atienden en parte las demandas de unos vecinos hartos de tener que desplazarse en autobuses atestados y de soportar la murga de los botellones con vistas a la ciudad. Soluciones de emergencia que pueden justificarse en momentos puntuales y que muestran también la predisposición de las autoridades a corregir los efectos indeseados del turismo masivo, pero que no pueden contemplarse en el largo plazo.

De entrada, porque es muy difícil apagar contenidos de la red sin que los usuarios encuentren la manera de recuperarlos por otras vías. Además, en el caso de los búnkers, la promoción del enclave viaja alegremente por las redes sociales desde hace ya más de una década, por lo que es irrelevante que se anuncie o no en la web de TMB: la posibilidad de sobrevolar una ciudad con el mar como telón de fondo siempre merecerá el viaje, sea en bus o a pie.

AMBIENTE DE TARDE EN LOS ALREDEDORES DEL MUHBA TURÓ DE LA ROVIRA , DONDE ESTÁN LOS BUNKERS DEL CARMEL Y SE REUNEN CIENTOS DE VISITANTES. MUCHOS DE ELLOS SON TURISTAS EXTRANJEROS QUE SE REUNEN PARA VER LA PUESTA DE SOL E IMPROVISAR PICNICS DONDE LLEVAN COMIDA Y BEBIDA HASTA ALTAS HORAS DE LA MADRUGADA, PROVOCANDO CONFLICTO CON LOS VECINOS DE LA ZONA POR EL INCIVISMO QUE PRODUCEN. LOS PIES DE UN JOVEN CUELGAN DE UNO DE LOS BUNKERS DESDE DONDE OBSERVA LA PUESTA DE SOL DE LA CIUDAD DE BARCELONA

La ciudad a los pies: la vista desde un mirador próximo a la batería antiaérea 

Mané Espinosa

En segundo lugar, al adoptar una medida destinada a condicionar la movilidad de un determinado colectivo, como son los visitantes, se está profundizando en una división que contraviene la lógica cada vez más asumida de que todos somos turistas, ya sea en nuestra propia ciudad o en la de los otros.

Por último, medidas como rebajar la promoción de un enclave de tanto valor histórico como el de los antiguos cañones del Carmel –donde se libró una batalla de una Guerra Civil que en realidad era un preludio de la Segunda Guerra Mundial– tiene algo de incongruente en una ciudad obligada a publicitarse a través de la cultura como única alternativa al turismo más depredador. Siendo como es Barcelona tan dependiente de la economía del visitante.

No hay otra opción que invertir más en los servicios que comparten vecinos y turistas

Es una exageración que nadie se plantea, pero esta misma lógica llevada al límite obligaría a apagar el museo Picasso o el Macba para no saturar de turismo o gentrificar el Gòtic y el Raval.

La presión turística es evidente y cada vez hay más vecinos –en Barcelona y otras ciudades– que, con toda a razón, exigen medidas correctoras. Y estas pueden habilitarse a través de un férreo control de los pisos turísticos e invirtiendo en los servicios que comparten locales y turistas, para que aquellos no se sientan marginados en su propia ciudad.

Aumentar las frecuencias de los autobuses que pasan por lugares de interés turístico o incrementar la dotación policial que vigila espacios como los búnkers serían soluciones más estructurales que crear buses fantasma o dejar de promocionar bienes culturales. El Ayuntamiento ya compensa parte de las molestias con inversiones generadas por la tasa turística, pero aún hay margen para que esta se incremente y sirva mejor a su propósito.

En cuanto a las baterías antiaéreas, aunque duela poner puertas al paisaje, habría que empezar a plantearse una musealización completa como la que se aplicó en su día el Park Güell, con cobro de entrada y descuentos importantes para los vecinos.

 El valor histórico y sentimental del lugar se merece un nivel de protección similar al del prodigio gaudiniano. Y la tranquilidad vecinal también.

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