La biblioteca de Joaquín Ausejo, tirar del hilo

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Empecemos por el final. Por esta noche, cuando La Vanguardia celebre Sant Jordi en el Hotel Alma. Al entrar, sobre un atril, como declaración de principios, está el inmenso Aurea Dicta en el que el artista Miquel Barceló dialoga con pensadores como Virgilio, Cicerón o Séneca. Cada vez que Joaquín Ausejo pasa por delante, cambia una de sus 228 páginas al azar, “no hay ni un aforismo que no esté bien”. Se queda abierto por: “L’avar no fa res ben fet, sinó quan mor”. En el comedor, entre fotografías de Jordi Bernadó, tres estanterías acogen títulos de Roca Editorial, una edición del Quijote, pinturas de Perico Pastor –que ilustra la carta del restaurante– y “alguna provocación”, como un ‘Stalin’ visible desde la terraza.

“Salvo en una librería, en los demás sitios robar libros es una obligación»

También hay libros de poesía y ejemplares dedicados por amigos, entre los que Tres enigmas para la Organización, de Eduardo Mendoza, no duró ni diez minutos. “Salvo en una librería, en los demás sitios robar libros es una obligación», dice Ausejo. Es una operación marketiniana de primer nivel, asegura, porque muchos llevan el exlibris del hotel (una flor del jardín y la cita de Borges: “La literatura no es más que un sueño dirigido”). No faltan los de Acantilado, que edita su pareja Sandra Ollo y le da recién salidos de imprenta.

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Detalle de la biblioteca de Joaquín Ausejo en el Hotel Alma 

Xavier Cervera

Por su hija Violeta de cuatro años, ha descubierto a Elena Fortún y El arte de contar cuentos a los niños, “una virguería”. Y cuando su hijo de 38 era pequeño, descubrió a Rodari en la colección Alfaguara Juvenil. Pero en su casa, en el pueblecito navarro de Corella, apenas había libros: la enciclopedia universal Herder, La isla del tesoro, y los de máquinas y herramientas de su padre, que tenía un taller mecánico hasta que opositó para ser profesor en el instituto laboral Gonzalo de Berceo, en Alfaro.

De especialidad agrícola, ganadera y conservera, Ausejo estudió allí. Tuvo la fortuna de que le impartiera literatura Fernando Ferreró: tocaba canciones de los Beatles y les descubría un mundo nuevo con libros que no salían en el de texto (un manual de José Manuel Blecua). Así leyó Viaje a la Alcarria, de Cela, o a Canetti, o literatura hispanoamericana y ciencia ficción, como R.U.R., de los hermanos Capek. Tenía que encargarlos. Cada semana recibía un fascículo de la Monitor. Aparecieron las primeras colecciones de Bruguera, compró Conversar y convencer de adolescente; Los pazos de Ulloa le encantó.

La mirada fisgona

Algunos descubrimientos
‘Memorias de Adriano’, Marguerite Yourcenar, traducción de Cortázar (Edhasa), por un comentario de Felipe González; ‘Ética de la empresa’, Adela Cortina (Trotta); Elena Fortún

Algunos indiscutibles
Baroja, Cervantes, Pardo Bazán, los estoicos, Zweig, Natalia Ginzburg, Gamoneda

Gastronomía
‘Fisiología del gusto’, Brillat-Savarin (Trea); ‘Una escritora en la cocina’, Laurie Colwin (Asteroide); ‘Mirada de chef’, Jesús Sánchez (La Bahía)

Coincidiendo con el primer hotel que compró en Berlín
‘Crónicas desde Berlín’, Eugenio Xammar (Acantilado); ‘Memorias’, Albert Speer (Acantilado); ‘Crónicas berlinesas’, Joseph Roth (Minúscula)

Preparados para regalar
‘El silencio de la guerra’, Antonio Monegal (Acantilado); ‘Fenomenología y filosofía trascendental de los valores’, Heidegger (Herder); ‘Humà, més humà’, Josep Maria Esquirol (Quaderns Crema)

Los últimos
‘Cuando la casa se quema’, Giorgio Agamben (Adriana Hidalgo); ‘La transmisión del sabor’, Bill Buford (Anagrama); ‘McGlue’, Ottessa Moshfegh (Alfaguara)

Mantuvo el contacto con Ferreró, y hace unos años le consultó a qué se refería Juan Ramón Jiménez con El ladrón de agua que da nombre a un hotel en el que le regalaron Olvidos de Granada. Pero mucho antes de eso, Ausejo empezó ingeniería naval en la universidad de Madrid, luego pasó a Económicas. En el colegio mayor, que “tenía una actividad cultural brutal”, leyó todo Nietzsche, influido por su compañero de habitación, y a los neoclásicos y marginalistas en la biblioteca de la facultad. Le sorprendió que Adam Smith basara La riqueza de las naciones en Teoría de los sentimientos morales. No pasó de la tercera página de El capital, pero de Marx le interesó su análisis sobre del devenir histórico a partir del material económico: para hacer algo, antes debes tener conciencia de lo que eres, “esto lo aplico aquí cada día”.

El pensamiento de Marx

Para hacer algo, antes debes tener conciencia de lo que eres, “esto lo aplico aquí cada día”

Tras la mili en Barcelona, dar clases de FP en el Maresme, y un tiempo en Badalona, Antonio Catalán, también de Corella y director de NH, le dijo: “Vente a trabajar conmigo”, y crearía un concurso de relatos. En 2005 descubriría a Adela Cortina y su Ética de la empresa. Siempre le ha atraído “lo que en mi pueblo llaman honestidad”, por eso no le gusta la autoficción. Valora mucho lo que se dice y cómo se dice, y en este sentido, una buena traducción es fundamental: la Comedia de Dante se le resistió hasta que leyó la versión de José María Micó.

La suya es una lectura expandida; cuando algo le llama la atención, tira del hilo. Así, un libro del filósofo Giorgio Agamben puede llevarle a los seminarios que Heidegger hizo a finales de los sesenta. Están abajo, en una biblioteca dividida por gastronomía (“mi amigo Victor Gómez Pin dice que comemos con la memoria”), arquitectura, alguno de ‘management’. Y sobre la mesa, una selección de aquellos preparados para regalar a quienes cree que les gustarán, sea Sant Jordi o no.

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