¿Y si Kant no hubiese nacido en 1724?

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Este 22 de abril se cumplen trescientos años del natalicio kantiano y la Revista de Occidente ha dedicado a esta conmemoración su número 515, donde se reproducen las reflexiones que Ortega publica en sus páginas hace un siglo y más de quinientos números antes. Allí dice que decide habitar dentro del pensamiento kantiano durante una década y se permite dudar de que pueda comprenderse la modernidad sin hacer algo similar, porque Kant sabe condensar los resortes que a partir del Renacimiento mueve la maquinaria cultural europea y Ortega quiere contemplar su propio tiempo desde una perspectiva tan privilegiada. Por eso, sin dejar de visitar Berlín, Ortega se instala en Marburgo, para comprender los entresijos de las Críticas kantianas paseando por la orilla del río Lahn.

Tras leer a Rousseau, Kant le considera el Newton del mundo moral, por haber descubierto una ley de gravitación universal dentro del ámbito político. El escepticismo metodológico de Hume le sirve para llevar a cabo su revolución copernicana en la teoría del conocimiento y dar a las pretensiones dogmáticas un golpe de gracia. De Adam Smith toma su idea sobre una mano invisible, solo que ahora no regula el mercado, sino su propia filosofía de la historia. El mecanismo de la insociable sociabilidad nos hace desplegar nuestras disposiciones naturales y nos permite confiar en un oculto plan de la naturaleza, que puede utilizar también los nombres de providencia o destino, aunque finalmente seamos nosotros mismos quienes debemos escribir el guion de nuestra propia película.

Kant entiende que las ideas pueden jugarnos malas pasadas a la hora de conocer con pretensiones transcendentes, pero que son una magnífica guía cuando se trata de orientar nuestro querer, siempre que nos propongamos ejercer nuestra libertad sin perjudicar a los demás. Una constitución genuinamente republicana precisaría de seres angelicales para funcionar a la perfección, pero siempre cabe instaurar leyes que sean asumidas incluso por un pueblo compuesto por demonios. Eso sí, deben valer para cualquiera bajo los principios de libertad, igualdad e independencia o emancipación civil, como Kant señala por ejemplo en ‘La Metafísica de las costumbres’ o ‘Teoría y práctica’.


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Francisco Martínez Hoyos

Norbert Bilbeny, catedrático emérito de Filosofía Moral de la Universidad de Barcelona.

Embelesado por la ‘Ética demostrada según el orden geométrico’ de Spinoza, Kant busca una fórmula similar a la de las matemáticas que sirva como prueba del nueve a nuestros criterios morales. Por eso nos propone un formalismo ético, donde cada cual debe generar autónomamente sus pautas morales, preguntando a su conciencia si la máxima de acción elegida serviría para cualquiera, en cualquier momento y bajo cualesquiera circunstancias. La cuestión es no tratar a las personas, ni tampoco a nosotros mismos, como meros medios instrumentales. Con ello nuestra voluntad sería buena de suyo y no en función de sus logros o su éxito.

Immanuel Kant con invitados a la mesa.

Immanuel Kant con invitados a la mesa.

Emil Doerstling (1859-1940)

Como señala en el parágrafo 40 de la tercera ‘Crítica’, se trataría de pensar por sí mismo sin prejuicios, poniéndonos en la piel de los demás (por emplear la feliz expresión de Belén Altuna) y actuando coherentemente. Resulta muy cómodo que alguien decida por nosotros y nos guíe de forma paternalista, como Kant señala en ‘¿Qué es la Ilustración?’ A esa opción la denomina culpable minoría de edad. Nos dejamos manipular por los taumaturgos de turno, como si necesitáramos tutores que nos absuelvan de nuestras responsabilidades. Rendir cuentas de nuestros actos es lo que nos hace propiamente humanos y no asumir esa carga significa tanto como dimitir moralmente de nuestra humanidad. El papel de la filosofía seria ocupar los escaños del ala izquierda en cualquier ámbito, para someter a crítica cualquier cosa o parecer, comenzando por sus propias hipótesis, que son absolutamente provisionales hasta verse mejoradas.

Kant entiende que, cuando asumimos cualquier código heterónomo, la ética hace mutis por el foro. Si acatamos los mandamientos divinos como base de nuestra ética, obraremos como marionetas movidas por los hilos del temor al castigo y de la esperanza por alcanzar una recompensa.  Por eso define a Dios como la idea de una razón ético-práctica y auto-legisladora. Su voluntad santa es un ideal a perseguir constantemente sin alcanzar jamás. Dios no puede ser agente moral porque carece de la tensión entre las pasiones y el obrar virtuoso. El cualquier caso incluso Dios tendría que someterse al principio ético de no instrumentalizar a nadie, como señala un paréntesis añadido en la segunda edición de su ‘Crítica de la razón práctica’.

El héroe moral kantiano es en realidad un ateo virtuoso como Spinoza»


Roberto R. Aramayo

El héroe moral kantiano es en realidad un ateo virtuoso como Spinoza, tal como señala otro paréntesis, esta vez en la Crítica del discernimiento. Pese a ver cómo triunfa la barbarie y el sufrimiento que suele atormentar a quienes menos lo merecen, Spinoza sigue siendo fiel a sus principios, tal como le señala también Diderot a una mariscala perpleja porque un ateo pueda comportase bien sin temor al castigo en la vida eterna. Nuestra conciencia moral es la instancia suprema de nuestros dictámenes éticos y ninguna voz presuntamente celestial puede pretender aparentar una mayor autoridad. Consultando con su conciencia, Abraham debería haber comprendido que Jehová no podía pedirle de veras el sacrificio de su hijo, sin esperar a que detuviesen su mano.

La obediencia debida que alega Eichmann en su juicio de Jerusalén y da lugar a que Hannah Ahrendt nos hable la banalización del mal, porque no hacen falta monstruos para cometer las mayores atrocidades, no tiene cabida dentro del planteamiento kantiano bien actualizado por Javier Muguerza con su imperativo de la disidencia. Siempre nos cabe resistirnos a secundar una cadena de mando que nos imponga barbaridades e injusticias, lo que conlleva por supuesto asumir esa responsabilidad y apechar con las consecuencias. A la vista del panorama internacional, el cosmopolitismo kantiano merece verse recordado. Conviene releer las tesis de su ensayo ‘Hacia la paz perpetua: Un diseño filosófico’. Siguen proponiéndonos horizontes que requieren políticos morales y no moralistas políticos. Ciertamente, Kant continúa siendo un buen interlocutor al planearnos por las mejores condiciones de posibilidad para una convivencia presidida por la colibertad y la liberigualdad. Sin el filosofo de Königsberg nuestra historia cultural y el Siglo de las Luces hubieran sido muy diferentes.

Roberto R. Aramayo es historiador de las ideas morales del IFS-CSIC y autor de ‘Kant: Entre la moral y la política’.

Publicación

‘Crítica de la raó pura’, traducido por primera vez al catalán

Edicions UB publica la primera traducción al catalán de la Crítica de la raó pura, del filósofo Kant en una conmemoración del tricentenario del pensador. La obra se presenta de la mano de Salvi Turró i Josep Monserrat dónde se contemplan anotaciones e ideas que el intelectual divulgó y revisó en vida. 

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