Barcelona calienta la gélida jornada de Sant Jordi desbordando las calles

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La cronista, a la que le falla la ­memoria y aún no ha digerido un reciente diagnóstico de TDA/H (trastorno por déficit de atención e hiperactividad), necesitaba este martes de sus dos manos para anotar en su libreta las secuencias que más le llamaban la atención de la jornada. ¡Qué mala ­decisión! No se me ocurre nada peor que pasear un Sant Jordi entre la multitud sin rosa. El libro puede estar guardado en el bolso. Pero si caminas sin exhibir orgullosa tu rosa es que algo no has hecho bien en esta vida. No cuela hacerte pasar por extranjera. A la legua se te nota que naciste y creciste al otro lado del Besòs, donde también celebran Sant Jordi y se intercambian sus libros y sus rosas.

No hay día más bonito que el de Sant Jordi. Lo mismo da que amanezca gélido y perezoso tras el bendito aguacero de la noche anterior que limpió las calles, que se llenaron de libros y rosas intercambiados con multitud de besos y abrazos.

Barcelona celebró otro año más una de sus mejores jornadas abarrotando de paseantes felices la supermanzana literaria del Eixample y la Rambla, poco a poco recuperada para la ocasión.

Y si no eran felices, por un rato disimularon serlo. Ni que fuera para posar en las fotografías y autorretratos que se dispararon en todos los rincones de la ciudad haciendo auténticos malabarismos con las manos que sostenían rosas, libros y el teléfono que inmortalizaba un intercambio sellado con un beso largo.


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El mundo de las rosas evoluciona. Quién lo iba a decir. Eso o que no es fácil estar al día de las tendencias en arte floral. Uno de los puestos con más curiosos agolpados frente al mostrador anunciaba poseer el secreto de la flor eterna. “Para toda la vida”, rezaba el cartelito que por prudencia ahorraba añadir “como el amor”. Las dos mujeres que atendían el puesto explicaron entusiasmadas que sus rosas habían sido tratadas hasta ser disecadas. Como el que embalsama un muerto, pues en flor. “Rosa preservada”, era el término técnico. El invento da el pego. La flor parecía viva y la habían envuelto en un papel, también disecado, con los cuadros de las bolsas de pan de las casas de nuestros padres. La eternidad floral costaba 35 euros. Ni tan mal pensando en la posibilidad de regalar la misma durante varios años. El día despertó frío, desagradablemente frío y con temperaturas más otoñales que de primavera. Ya a primera hora, la meteoróloga Mònica Usart recomendaba en RAC1 salir de casa abrigado y con paraguas, “por si acaso”.

No está el patio ni los pantanos para quejarse de la lluvia. Ni siquiera por solidaridad con los libreros y los floristas que centralizan buena parte de sus plegarias para una jornada que tradicionalmente amortigua los sinsabores del día a día.

La Rambla recuperó con un centenar de puestos de libros y flores el gentío y esplendor de los años anteriores a la pandemia. Costó llenar el paseo central, pero la gente se fue animando

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Àlex Garcia

Al final, al menos en la ciudad de Barcelona, el día aguantó sin lluvia. Sobre las cuatro de la tarde una nube negra se posó un ratito sobre la Rambla y, tras cuatro gotas mal caídas y contadas, paró. Desde la pandemia el paseo central de Ciutat Vella ha dejado de ser el corazón de Sant Jordi, aunque este año casi un centenar de paradas de flores y libros permitieron recuperar en algunos momentos de la tarde el esplendor de otros años.

Al mediodía costaba encontrar mesa en cualquier restaurante de los alrededores del paseo de Gràcia, mientras que en las barras del mercado de la Boquería había sitio sin esperas para un par de ostras y la ración de huevos fritos con patatas, gambas y un poco de trufa rayada de los grandes días de fiesta.


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En Sant Jordi, quien no vende rosas es porque no quiere. De eso precisamente se quejó un año más amargamente el gremio de floristas de Catalunya. Todavía no habían echado el cierre a la jornada y ya calcularon en diez millones de euros las pérdidas sufridas por culpa del intrusismo durante esta jornada especial.

Solo en Barcelona, el Ayuntamiento firmó 1.700 autorizaciones a entidades, asociaciones o incluso particulares para montar una parada y vender rosas. A las que había que sumar otros 2.000 puestos que vendían igualmente, pero sin ningún tipo de permiso. Puestos regentados en un porcentaje muy alto por familias gitanas que aprovechan cualquier esquina para montar el tenderete, como el que va un domingo a la playa. Mesa plegable, un par de sillas y otro par de cubos con agua y rosas que a primera hora vendían a cinco euros y a las siete de la tarde ya ofrecían a dos y a un euro si te llevabas más de tres.

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Àlex Garcia

Durante toda la tarde, una pareja de la Zona Franca montó y desmontó su chiringuito en el paseo de Gràcia en un santiamén. A las cinco de la tarde desplegaron prácticamente a las puertas de Massimo Dutti la mesa de camping y los dos cubos. Uno con la rosa roja y la espiga envuelta en un celofán trasparente, un embalaje pragmático y suficiente para los tres euros que costaba la flor. Y otro más arriesgado en el que la rosa atravesaba literalmente un oso de peluche sentado, azul o rosa, a elegir, de aspecto inquietante.

Otra tendencia a tener en cuenta. En alguno de los puestos del paseo de Gràcia de algunas de las floristerías más exclusivas de la ciudad, la rosa cedía el protagonismo a unos muñecos de peluche de medio metro. Por 38 euros se podía elegir entre un dragón, verde o morado, o un Sant Jordi ataviado con su coraza de guerrero sonriente.


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Había tantas ganas de Sant Jordi en la ciudad que a las ocho de la tarde, hora prevista para empezar a recoger, los de los puestos de rosas y libros optaron por aguantar un poco más. Las calles del centro, pese al frío sin lluvia, seguían abarrotadas a esa hora. Con las carreras de los de la rosa de última hora y del que no encontraba el libro buscado por dejarlo todo para el último momento.

Una cosa es atreverse a pasear sin rosa, otra es cerrar una crónica sin echar un vistazo a la seguridad. Entre la multitud, esta veterana reportera de la mala vida descubrió a los mossos y guardias urbanos de paisano capaces de descubrir carteristas a metros. Misteriosamente, y no es leyenda ni metáfora, este martes se esfumaron. De verdad. Debió ser el espíritu de Sant Jordi y el dragón, pero ni rastro de los malos.

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