El otro ‘sketch’ de Walliams

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La de ayer no fue una escena breve, aunque sí tuvo mucho de cómica y de puesta en escena televisiva. Un chascarrillo por aquí, un guiño por allá, una frase con doble sentido… El ­actor, comediante y superventas –cuando no juez de talent shows – británico David Walliams sacó buena parte del arsenal que lo ha dado a conocer tanto en los libros juveniles como en la pequeña pantalla, para reflexionar, en voz alta y desde su experiencia, sobre el valor de la lectura desde pequeños. Lo hizo durante la lectura del pregón de Sant Jordi que tuvo lugar ayer en el Born Centre de Cultura i Memòria, donde puso el acento no en la lectura que nace desde la obligación, sino en la que surge del simple placer de leer. Esa, dijo, “es capaz de cambiar el mundo”.

No es la primera vez que oímos hablar de la importancia de la lectura en los más pequeños, pero sí hacerlo desde la tribuna del pregón de Sant Jordi y por primera vez por parte de uno de los grandes escritores del momento de la literatura juvenil, y no solo anglosajona. Quienes seguimos la trayectoria de Walliams desde que comenzara a escribir sus increíbles historias ( Los bocadillos de rata , El slime gigante , El chico del vestido , La gran fuga del abuelo …), siempre hemos visto asociado su nombre al de Roald Dahl. Quizá porque su humor inteligente e irreverente y sus divertidas y muchas veces inquietantes historias beben de las fuentes de inspiración del padre de Matilda . Quizá porque en algunas ocasiones han compartido a Quentin Blake como ilustrador de sus peculiares historias. Pero ayer descubrimos una conexión que quizá lo explique todo: Charlie y la fábrica de chocolate . Este fue el libro de Roald Dahl que sacó al pequeño David del grupo de lectores reacios; el que lo desenganchó de la pequeña televisión en blanco y negro que sus padres le regalaron y que veía a todas horas en su habitación.

Se estrena en la novela gráfica con una guerra de las galaxias de animales enviados al espacio

Así que Walliams habló ayer desde el conocimiento de lo que supone el “estar enganchado” a la pantalla, aunque reconoció que hoy en día con la cantidad de dispositivos, los padres lo tienen mucho más difícil. Habló de la lectura solo por placer –“un libro que un niño quiere leer por sí mismo vale más que cien libros que le obliguen a leer”– y de las historias cautivadoras con las que aprenden a empatizar y a interpretar. Y cargó contra los que ven “los libros infantiles como parientes pobres de los libros para adultos” y contra los esnobs que no tienen en cuenta los libros cuyo único objetivo es entretener. También, y en plena huelga de bibliotecas de Barcelona, reivindicó su papel: “Yo no sería lo que soy sin ellas”, les dijo a los bibliotecarios congregados.

Walliams, quien está a punto de estrenarse en la novela gráfica con una historia basada en los animales que se han lanzado al espacio –“los imagino haciendo una especie de guerra de las galaxias animal”–, se reconoció en El chico del vestido , su primera obra, donde un chaval, Dennis, extraordinario con la pelota, un día se pone un vestido de chica. “A través de la valiente celebración de la individualidad de Dennis llevando un vestido a la escuela, el mundo cambió, o al menos su mundo cambió. Es un mensaje que siempre he querido transmitir a mis jóvenes lectores”. Una idea, reconoce, para la que nunca encontró la manera de comunicarla en un sketch cómico. “Por eso empecé a escribir libros”, contó. Bendito ­momento.

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