las anécdotas que deja Sant Jordi

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Hace tiempo que no se recuerdan tan largas colas en Sant Jordi para conocer a alguien que no es el verdadero autor de un libro. Es lo que vivió ayer el ilustrador madrileño Pedro Oyarbide, responsable de las portadas de la saga Blackwater, las novelas por entregas escritas por Michael McDowell en los años ochenta y que ahora, tras su desembarco en España con Blackie Books, han revivido su éxito. “Es cierto que la estética del libro ha tenido mucha importancia para los lectores y ha marcado el marketing”, confesó a La Vanguardia una hora antes de llegar a su primera parada, por la que han pasado muchos fans para conocerlo y para que les sellara su edición con un ex libris creado ex profeso.

Son muchas las anécdotas que dejó el día de ayer. Una jornada repleta de tinta, y no solo por los bolígrafos que gastaron los escritores –muchos ya habían liquidado uno o dos antes del mediodía–, sino por los muchos tatuajes literarios con los que los lectores se acercaron a los stands. Ángel Martín, que tras el fenómeno editorial de Por si las voces vuelven (2021), donde narra sus episodios de esquizofrenia, regresa a las librerías con Detrás del ruido (Planeta), y cuenta que “son muchas las personas que me han enseñado tatuajes con frases de mi libro. Pero lo más loco que ha pasado es que una chica me pidió hace un tiempo que le firmara el brazo y hoy ha aparecido con el tatuaje de mi firma”. La compositora Beatriz Luengo y las escritoras Alice Kellen y Eva García Sáenz de Urturi han vivido una experiencia similar. “Para que te tatúes algo para toda la vida, la novela ha tenido que ser importante”, reflexiona esta última, que el año pasado fue la autora más vendida en ficción en castellano.

El año pasado, Ángel Martín firmó el brazo de una lectora, que ayer se lo mostró: ahora es un tatuaje

Carme Riera lleva unos cuantos Sant Jordi a sus espaldas y tiene mucho que contar, pero este martes una lectora particular le ha pedido que le dedicara su última novela, Una ombra blanca (Edicions 62), a “la reina”. Ella ha salido del paso jugando con el lenguaje, con una dedicatoria “a Reina”. No es la primera vez que le pasa algo similar, pues en una ocasión ya le pidieron una dedicatoria para “la emperatriz Sisí”. Pero esa sería otra historia, y a su lado Alfred Bosch recuerda cuando hace ya veinte años escribieron el manifiesto “El Drac es menja Sant Jordi” –con Gemma Lienas, Baltasar Porcel, Robert Saladrigas, Isabel-Clara Simó, Emili Teixidor y Ferran Torrent– porque la presencia de la literatura catalana quedaba deslucida en esta fiesta.

A Luis Landero, el Sant Jordi siempre le sirve “para que los lectores me ayuden a descifrar qué demonios he escrito. Y, la verdad, todo lo que me han dicho sobre La última función (Tusquets) supera mis expectativas”. También las han superado para primerizos como el ganador del premio Edhasa, Roberto Corral, que aplaude “el gran poder de convocatoria de lo que considero una fiesta con todas las letras” o para la cómica y guionista Henar Álvarez, que sonreía cada vez que alguien se acercaba con una camiseta con su lema “pierdo las formas pero no la razón”.

La virtualidad a la que nos acostumbró la pandemia también estuvo muy presente, pues fueron muchos los que conocieron a sus escritores favoritos a través del teléfono. “Mi amiga María está enferma y estaba triste por no conocer a Javier Castillo, pero voy a intentar conectarme para que lo vea en directo”, planeaba una lectora, que llevaba más de una hora de cola esperando conocer al malagueño.

El editor de La Segona Perifèria, Miquel Adam, no entendía que en fecha tan señalada alguien se dirigiera a él, a voz en grito en pleno paseo de Gràcia ofreciéndole un manuscrito. Pero resultó que era Francisco Llorca, vecino de caseta y editor de Las Afueras, que le quiso gastar una broma, porque se conocían solo de las redes y así se desvirtualizaban.

Gerard Quintana, que pasó todo el día arriba y abajo, ve que cada puesto tiene su idiosincrasia y explica que en una tenía al lado una influencer con un perfume tan poderoso que para sobrevivir ha tenido que recurrir al pachuli. Muchos se le han acercado para contarle cosas de Sopa de Cabra, y él se adapta con buen humor, aunque antes de comer, intentando navegar por paseo de Gràcia, no podía evitar sobresaltarse con los turistas que “parece que nunca han visto un edificio”. Justo entonces, la masificación castiga a una bici y un patinete, que caen sin mayores consecuencias tras sufrir el empujón de un peatón apretujado. Un guardia urbano pone paz y aquí no ha pasado nada.

La convivencia con el turismo también ha causado algunos momentos curiosos en la editorial ViBop, justo delante de la Casa Batlló, pues la cubierta de Les arts xineses de l’ebrietat, de Manel Ollé, incluye un ideograma en chino, y muchos turistas se paraban a ojear el libro con curiosidad. Pero ninguno lo compró. Su editora, Montse Serra, cuenta entonces que ha visto a mucha gente móvil en mano dirigiéndose hacia sus libros. Pero no, lo que hacían era una selfie con el edificio de Gaudí de fondo…

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