El ‘triángulo friki’ celebra un Sant Jordi fuera de lo convencional

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No hablamos de Rambla Catalunya, de las Ramblas, ni de Paseo de Gràcia con Gran Via siquiera. Hablamos del passeig Sant Joan que, preñado de cómic, fantasía y libros infantiles, se conoce como el tercer polo de atracción en la Diada. Con el paso de los años ha crecido hasta convertirse en un imprescindible de la liturgia de Sant Jordi. El ambiente se puede describir con viñetas: niños arremolinándose en torno a los estands. Dedos que emboscan toda clase de libros como anémonas en busca de pláncton. Calles embarazadas y taponadas de transeúntes. Autores e ilustradores tratados como estrellas de rock. Una celebración consensuada: lo raro se hace común.  

Geometría friki

A modo de Triángulo de las Bermudas freak, la zona hace naufragar lo convencial

Una multitud rinde culto a aquellos géneros tradicionalmente marginales: el «no libro», el cómic. Pero advertido quedas cuando entras en el apodado Triángulo friki: geometría comercial en la que grandes librerías de reconocimiento internacional – Norma Comics,  Gigamesh – han conreado pasión por la novela gráfica, la ciencia ficción y los juegos de rol. A modo de Triángulo de las Bermudasla zona hace naufragar lo convencional y el ámbito literario no es una excepción. En el aire convive el polen con el orgullo friki. Al respirarlo se acumula en la garganta haciéndote dar cuenta de que aquí el raro eres tú. 

Así te lo recuerdan un grupo de jóvenes disfrazados, en honor a una de sus series favoritas adaptadas de una novela gràfica: Hazbin Hotel: El Hotel De Las Viejas Glorias. Acaparadores de fotos y conversación aclaran que «en el triángulo (friki) puedes encontrar algo muy especial: lugar». Lugar para la fantasía liberada de prejuicio. Sus disfraces son algo más que diversión y fanatismo, se trata de un reclamo, una advertencia: no hay vergüenza en lo extraño.

Cultura freak

Sus disfraces son algo más que diversión y fanatismo, se trata de un reclamo, una advertencia: no hay vergüenza para lo extraño

En la viñeta del éxito: el estand de Norma Comics, librería en ciernes de cumplir cuarenta años, donde se acumulan lectores «con previsión de aumentar» comenta el responsable de la tienda Germán Puig, que empezó siendo cliente con 16 años para terminar trabajando más de 31 años en la tienda. El cliente de confianza José Mezquida lleva con orgullo, más de 14 años viniendo desde Madrid para comprar cómics, y este año repite. ¿Qué comparten ambas historias? «Amor por la tienda y los cómics» comenta Mezquida, que al salir de la tienda se despide de Puig como de un colega de infancia. 

El mismo amor por las novelas gráficas es el que mueve a algunos a traer maletas al paseo, no solo porque vienen desde muy lejos sino que también para poder cargar con la cantidad de cómics, juegos de mesa o mangas que se llevarán a casa. Las mesas de firmas también acaparan viñetas de lo extraordinario. Autores e ilustradores improvisan dibujos según conversan con los lectores como Manel Fontdevila -conocido por sus colaboraciones en la revista El Jueves– , que agradece «salir al exterior y tener contacto humano, tras tirarse meses trabajando solo en su estudio».  

Éxito de la viñeta

Los estands no dejan de llenarse y Norma Comics llegará a traer a más de 70 autores

El contacto también es amable para el escritor Guillem López, referente del género fantástico, que firma en el estand de Gigamesh y considera Sant Jordi «una celebración de la cultura, el nexo de unión entre lectores y escritores.» Escritores que viven las firmas, en palabras de López, «como un acto de hermandad». Al lado de López firma el escritor y generador de contenido en internet Antonio Runa, que presentando su segundo libro La Materia de las Sombras, desea que «no sea el último de sus Sant Jordis«.

Misma mesa, distinto estand. Masas en ebullición alegre. La artista visual Laia López, autora de Strawberry Moon o Royalty Witches, define el momento como «intenso, bonito, repleto de una ilusión contagiosa», el autor de best-sellers Blue Jeans como «el mejor día del año» y el dibujante y escritor Miguel Brieva «como la oportunidad de vivir la industria desde dentro». Pétalos de rosa se acumulan entre los abrigos y lo único que queda claro en la marea de transeúntes es que el cómic ha reclamado su dignidad. Y no lo digo solo yo, se trata de una plegaria atendida, ruborizada.

Viñetas de emoción y  conmoción. La hojarasca de firmas y la sinfonía de quien conoce a quien le entiende sirven de banda sonora ideal para ese lugar donde lo raro se hace norma. Conjugar los términos supone el fin de ambos, pero en el passeig Sant Joan late un rumor vivo, sin pétalo, sin espina, que florece en la herida de dragón: el orgullo de lo friki, un entendimiento a la alza. 

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