Lo que los voluntarios sordos enseñaron a la NASA sobre la ingravidez

Equipo
By Equipo
14 Min Read

A finales de los años cincuenta se sabía muy poco acerca del extraño ambiente con que deberían enfrentarse los astronautas en el espacio. En especial, en lo referente al estado de ingravidez y a sus posibles consecuencias. La NASA temía que pudieran verse afectados por episodios de mareo, y, desde luego, la idea de un piloto tratando de manejar su nave en medio de repetidas arcadas no resultaba nada tranquilizadora.

Un comité formado por ocho expertos –dos ingenieros, dos médicos, dos psicólogos y dos psiquiatras– se encargaría de seleccionar a los futuros astronautas americanos. El que la mitad fuesen especialistas en salud mental y comportamiento humano ya indicaba los recelos que la NASA albergaba acerca de los riesgos del vuelo espacial.


Lee también

Eduardo Mesa Leiva

Horizontal

Algunas voces pronosticaban que un hombre enfrentado al vacío del espacio podía llegar a perder la razón. Algo así se había dicho, doscientos años antes, sobre los viajeros que osaran montar en un ferrocarril: las vibraciones del vagón provocarían enfermedades nerviosas, las retinas se inflamarían como consecuencia de la rápida sucesión de imágenes del paisaje, sobrepasar los 30 kilómetros por hora induciría asfixia, el humo y el polvo dañarían los bronquios y, por supuesto, ninguna mujer embarazada debía viajar en tren por el peligro cierto de sufrir un aborto.

Elegidos para la gloria

Esos temores se reprodujeron antes de enviar un hombre al espacio. Los psicólogos rusos temían que Yuri Gagarin pudiese perder la razón debido al shock de enfrentarse con la inmensidad del firmamento, así que decidieron bloquear los controles manuales como medida de seguridad. Solo en caso de auténtica emergencia podría utilizarlos, y, para ello, se le dio un sobre cerrado con la combinación de dígitos que los liberaba: 1-2-5.

Yuri Gagarin sonriente tras convertirse en el primer hombre que viajó al espacio (1961)

Yuri Gagarin sonriente tras convertirse en el primer hombre que viajó al espacio. 

Propias

Por expresa indicación de Eisenhower, los candidatos a astronauta debían ser pilotos de pruebas. Eso excluía a las mujeres: sencillamente, no había ninguna que se dedicase a esa profesión. La primera selección abarcó a unos quinientos candidatos, que, tras una serie de entrevistas y pruebas psicotécnicas, quedaron reducidos a poco más de un centenar y, luego, a una treintena. No se ponía tanto énfasis en su formación técnica como en su perfecta forma física y estabilidad emocional.

La última criba se centró en dieciocho individuos. Los médicos recibieron instrucciones de examinar su estado de salud, pero, según la leyenda, pronto vieron que con esa excusa podían realizar, además, experimentos que rebasaban lo razonable. Así, los pobres candidatos sufrieron docenas de ensayos clínicos que rozaban la tortura: exámenes radiológicos, análisis de fluidos corporales e inserción de catéteres por todos los orificios imaginables de su cuerpo. Se les confinó en cámaras anecoicas, tuvieron que someterse a frío y calor extremos, superar pruebas de asfixia con CO2 y pilotar artilugios diseñados como diabólicas atracciones de feria para forzarles a perder la orientación.

Experimentos sádicos

Una especie de rito de iniciación eran los viajes en la “rueda”, una centrifugadora gigante. Se trataba de un brazo de quince metros en cuyo extremo había una cápsula oblonga con capacidad para un hombre. Un motor eléctrico de 4.000 caballos lo hacía girar de forma que sus ocupantes se vieran sometidos a tremendas aceleraciones. El máximo eran 20 “ges”, aunque algún voluntario soportó 32 “ges” durante 25 segundos.

Algunos candidatos a astronautas comentaron, solo medio en broma, que el comportamiento de los médicos durante su experiencia en la centrifugadora había tenido algo de sádico. No solo se les sometía a intensas aceleraciones, sino que, girando la cabina en la que iban sentados, podían ejercerlas en diferentes direcciones: de cabeza a pies o viceversa. A su vez, la apodada “eyeballs out” hacía que los globos oculares pugnaran por salirse de sus órbitas.

Barron Gulak en la cápsula centrifugadora.

Barron Gulak en la cápsula centrifugadora.

Cortesía de Gallaudet University Archives: Barron Gulak Collection

Otro ensayo igualmente desagradable consistía en inyectar agua helada en el oído de los candidatos para alterar su sentido del equilibrio. La idea era simular la desorientación que sufrirían en estado de ingravidez. Pero el efecto duraba poco, así que persistían las dudas de cómo reaccionarían tras horas o días sin experimentar la sensación de pesantez.

Trastornos de equilibrio

Alguien recordó entonces que en un laboratorio militar de Florida se habían llevado a cabo experimentos sobre trastornos del equilibrio, y específicamente sobre las causas del mareo. Para ello habían contado con la colaboración de dos voluntarios afectados de sordera total. El primero había sido una mujer, Pauline Hicks, que permaneció poco tiempo en el programa, harta de las incomodidades que suponían algunas pruebas; el segundo, Robert Greenum, continuó colaborando durante muchos años.

Greenum se había educado en el Instituto (hoy Universidad) Gallaudet de Washington, una organización dedicada al tratamiento de personas con incapacidades auditivas. Cuando, a finales de los años cincuenta, la NASA buscó voluntarios para realizar ensayos clínicos, fue él quien sugirió Gallaudet como el lugar ideal donde encontrarlos.

Once antiguos alumnos se ofrecieron para el programa. Todos eran sordos, no de nacimiento, sino como secuela de alguna enfermedad, como la meningitis padecida durante la niñez, que había dañado irreversiblemente su oído interno, donde reside el órgano del equilibrio. Un equipo de doctores los sometería a las mismas pruebas diseñadas para los astronautas reales, en un intento por descubrir las diferencias entre las reacciones de sujetos sanos o con discapacidad e identificar las causas últimas de los episodios de vértigo.

Algunos de los primeros ensayos se realizaron con una sorprendente escasez de medios. Aprovechando que el edificio estaba cerrado al público, Hicks y Greenum, por ejemplo, pasaron toda una madrugada subiendo y bajando ochenta pisos en los ascensores de alta velocidad del Empire State Building, con los ojos tapados o mirando fijamente los destellos de una bombilla con la que se intentaba provocarles postimágenes.

La habitación giratoria

Otro artilugio diseñado especialmente para esos ensayos era la habitación giratoria, un cubículo de cinco metros sin ventanas, que giraba sin parar como un tiovivo a solo diez vueltas por minuto. Algunos voluntarios pasaron allí doce días seguidos, sujetos a todo tipo de test psicológicos, análisis de sangre y orina, electroencefalogramas y pruebas de equilibrio.

David Meyers con la cabeza inmovilizada durante una prueba.

David Meyers con la cabeza inmovilizada durante una prueba.

Cortesía de Gallaudet University Archives: David Meyers Collection

Era una experiencia desconcertante. En el centro de la habitación, las condiciones eran normales, pero, a medida que uno caminaba hacia la periferia, la fuerza centrífuga se hacía notar, y, para mantenerse de pie, había que adoptar una posición inclinada 30 grados hacia adelante, a la manera que Michael Jackson popularizaría años después en su video Bad. Solo que esta vez no había truco.

Los voluntarios dormían con la cabeza hacia el centro de giro, lo que provocaba la acumulación de sangre en sus piernas, reduciendo el riego al cerebro. En el pequeño fogón, había que forzar la posición de las sartenes, apoyándolas en el mango para evitar que el aceite se derramase por el borde exterior. El lavabo también estaba inclinado, puesto que el agua se acumulaba en un lado, dejando el fondo visible en el otro. Y cuando abrían la puerta del frigorífico, frutas y latas salían disparadas de los estantes.

Harry Larson en una cámara rotatoria.

Harry Larson en una cámara rotatoria.

Cortesía de Gallaudet University Archives: Harry Larson Collection

Para entretenerse durante las largas horas de confinamiento, disponían de varios juegos: dardos y pelotas de tenis que encestar en una papelera. En una habitación rotatoria no era fácil: el giro arrastraba la diana fuera de la trayectoria de los dardos, las pelotas se desviaban, y las pocas veces que entraban en la cesta lo hacían girando sobre sus paredes antes de llegar al fondo, como un líquido al precipitarse en un sumidero.

De hecho, era una consecuencia del bien conocido efecto Coriolis, el mismo responsable de que los huracanes adopten formas en espiral. (Por cierto, en contra de lo que muchos creen, este fenómeno no es la causa de que el agua gire en uno u otro sentido al desaguar un lavabo; la fuerza de Coriolis solo es significativa a grandes distancias, no a unos pocos centímetros).

El Michelon, la prueba definitiva

Durante horas y horas debían realizar pruebas de coordinación psicomotora: ensartar una aguja a la primera en agujeros de diferentes diámetros, desde un centímetro hasta el tamaño de la mina de un lápiz. O caminar con los ojos cerrados sobre una raya dibujada en el suelo. O memorizar y luego teclear secuencias de números aleatorios. O someterse a volteretas en una silla giratoria que podía orientarse en las posiciones más inverosímiles. Tareas fáciles para todos ellos, puesto que su sistema del equilibrio, inhibido por la enfermedad, les hacía inmunes al mareo. Los médicos, en cambio, tenían que aferrarse a cualquier saliente para no caer.

En busca de la prueba definitiva, en enero de 1964, diez voluntarios se embarcaron en un pequeño arrastrero con base de Nueva Inglaterra, una costa famosa por sus violentas tormentas de invierno. No hubo que esperar mucho. El Michelon zarpó hacia una región de mar gruesa, y durante casi dos días estuvo capeando el temporal, con olas de 12 metros y rachas de viento de 80 nudos, mientras el hielo se acumulaba en los obenques.


Lee también

Rafael Clemente

El helicóptero Ingenuity se prepara para volar en Marte

Los diez se entretuvieron con la lectura o jugando a las cartas, sin sufrir el más mínimo síntoma. No así los médicos que controlaban el experimento: aunque iban saturados de medicamentos contra el mareo, uno a uno acabaron asomados a la borda y arrojando hasta la última papilla.

Los once voluntarios participaron también en vuelos del Vomit Comet, un avión de carga de estructura reforzada, cuyo interior, casi vacío, estaba acolchado en suelo, paredes y techo. Volaba describiendo una parábola durante la cual se experimentaban quince segundos de ingravidez. Fue una experiencia que todos disfrutaron, eso sí, sin sufrir el más mínimo asomo de mareo por muchas volteretas que se les pidiera dar.

John Zakutney en un molde corporal durante una prueba de la NASA.

John Zakutney en un molde corporal durante una prueba de la NASA.

Cortesía de Gallaudet University Archives; Harry Larson Collection

Los ensayos realizados con ese grupo de conejillos de Indias humanos permitieron desarrollar técnicas (de respiración, posturales…) para que los futuros astronautas “de verdad” soportaran mejor el mareo. Aunque no siempre. Aproximadamente, la mitad de ellos sufrían incomodidades durante su primer día de vuelo, hasta que estómago y oído interno se habituaban a la nueva sensación. Alguno, como Frank Borman, el comandante del Apolo 8 hacia la Luna, llegó a vomitar, y, ciertamente, una masa viscosa flotando por la cabina no resultaba un espectáculo agradable.

El programa de ensayo sobre mareo y equilibrio se mantuvo activo durante más de diez años, hasta unos ensayos realizados en 1968. Cincuenta años después, algunos miembros del equipo, ya muy mayores, pudieron asistir a la inauguración de un pequeño museo en la Universidad Gallaudet que recuerda su contribución a aquellos primeros y tímidos pasos en el espacio.

Share This Article
Leave a comment

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *