“El regreso al pueblo no siempre es tan bucólico como parece”

Equipo
By Equipo
7 Min Read

A Miqui Otero (Barcelona, 1980) siempre se le ha relacionado con la música. No hay más que buscar su nombre en Google para que, más pronto que tarde, un artículo acabe definiéndolo como melómano. Es difícil quitarse esa etiqueta cuando gran parte de sus novelas están repletas de melodías, incluyendo la última de ellas, Orquesta (Alfaguara), que acaba de llegar a las librerías y que precisamente tiene la música como una de las principales narradoras.

“No tengo ningún idilio especial. Simplemente me gusta”, confiesa el autor en un bar de l’Eixample, al que acude muchas tardes para desconectar de sus encierros de escritura. Es fuera de casa donde encuentra inspiración y donde se despierta su instinto de cazador de tramas. “Ahora, por ejemplo, estoy tratando de averiguar de qué habla el grupito ese de ahí atrás”. No alcanza a escuchar los cuchicheos de la mesa contigua, pero eso no le inquieta. En el fondo, sabe que “es más divertido imaginárselo”.

No tengo ningún idilio especial con la música. Simplemente me gusta”

Para escribir su último libro, ha dejado que el ingenio sobrevuele Barcelona y viaje un poco más lejos, hasta Galicia, a un pueblo que guarda muchas similitudes con el de sus padres, Valadouro, en la costa cantábrica de Lugo, pero que “es en realidad una mezcla de muchos”. El autor lleva recorriendo dicho lugar desde que tiene uso de razón y sus visitas se han multiplicado en los últimos años por el fallecimiento de varios familiares. “Son circunstancias raras, que te hacen pensar y que te obligan a revisitar el pasado, que siempre te anima a escribir, para bien y para mal”.

Cuenta que su playa “de toda la vida” es la de Las Catedrales, pero “ahora que se ha hecho famosa, hay que pedir ticket. He pasado muchos años por allí, así que no pretendía que esta fuera la típica novelita rural del barcelonés con gafas de pasta”. Todo ocurre en Valdeplata, “un lugar inventado” en el que se celebra una gran verbena de verano donde se juntan todos los vecinos.  Allí, una orquesta toca toda la noche y niños, jóvenes y viejos bailan las mismas canciones guardando secretos distintos.


Lee también

Xavi AyénBarcelona

Horizontal

“Entremezclar generaciones y sus respectivos problemas era algo que me interesaba mucho, y uno de lo sitios donde podía hacerlos coincidir sin que causara extrañeza era precisamente en una verbena de pueblo, pues la música popular me permitía ponerlos bajo la misma capota de canciones. Necesario si la música es quien cuenta las cosas, pues solo narra aquello que ve”.

Miqui Otero publica 'Orquesta'

Miqui Otero publica ‘Orquesta’

Pau Venteo / Shooting

Aunque a Otero nadie le quitará Barcelona –de hecho asegura que, “es más que probable que mi próxima novela vuelva a ambientarse aquí” –, le sienta bien “airearse de vez en cuando. Cuando permaneces mucho tiempo en un lugar te apetece salir y explorar otros territorios. Me daba cierto respeto que celebraran Rayos o sobre todo Simón como las grandes novelas de Barcelona. Una etiqueta que te deja boquiabierto pero que es tan grande que puede tapar otros posibles temas que palpitan y están latentes en la trama”. Por ello, la idea esta vez era “hacer el recorrido inverso. Tanto Simón, como Rayos e Hilo musical arrancaban en Galicia y venían a mi ciudad, y ahora desando la ruta”. Y lo hace alejándose del yo y poniendo el foco por primera vez en un nosotros.

Pese a sus esfuerzos por trasladarse de vez en cuando a otros territorios, reconoce que “el regreso al pueblo no siempre es tan bucólico como parece” y que “son las trampas de la nostalgia lo que nos lleva a ese pensamiento, basado no en el regreso en sí, sino en la necesidad del regreso. Los sitios no están esperando congelados a que regresemos y, cuando vuelves, están representando otra obra. Por eso, no es extraño que nos sintamos desubicados, aunque no siempre es fácil aceptarlo y sobrellevarlo”.


Lee también

Xavi AyénBarcelona

Horizontal

El paso del tiempo y cómo asumirlo es algo que está muy presente en el imaginario del autor. “No solo en el mío, sino el de toda una generación y, seguramente, las que vendrán. Vamos muy rápido y no acabamos de poder atrapar el presente ya que este es hiperveloz y nos abruma. La reacción física y natural es pensar en un lugar edénico, donde el ritmo se espesa y donde la vida podría ser maravillosa recogiendo cosas del campo. Idealizamos esos lugares y, cuando entran en contacto con la realidad, se desvanecen”.

Esa idea de vuelta a lugares de paz la desarrolló por completo Otero durante la pandemia. “Ahí sí que empecé a sentime parte del nosotros de una forma casi caricaturesca. Tenía la casa a reventar de juguetes y, aún así, me puse a fabricar los míos propios de cartón con mi hijo. Hice dragones con hueveras mientras el vecino de al lado estaba haciendo pan. Un día, mientras pintaba con témperas, me dije: ‘¿qué coño estamos haciendo? Dos semanas más de encierro y hubiera hecho la Sagrada Familia en cartón, palabra. Se instaló una distopía en nuestra realidad. Por una vez. la historia en mayúsculas se colaba en nuestra intimidad y se consolidaba una negación del futuro porque todo se veía negrísimo. Necesité entonces volver al pueblo”, concluye.

Share This Article
Leave a comment

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *