No seamos idiotas, por Toni Segarra

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Llevamos tanto tiempo hablando de polarización que hemos perdido la conciencia de lo que significa. Y es preocu­pante. La lógica de la polarización conduce al conflicto, a la rotura, a la violencia. Más tarde o más temprano. Es inevitable. Eso lo sabe todo el mundo.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en la sesión de control al Gobierno celebrada este miércoles en el Congreso.

Dani Duch

Y cuando digo que lo sabe todo el mundo me refiero a que es uno de esos aprendizajes básicos de la vida en sociedad que inculcamos a nuestros hijos con insistencia desde que empiezan a entendernos. Pide perdón, hijo. Da las gracias. No pegues, no insultes, no chilles. Respeta a los más pequeños, a los más débiles, a los diferentes. Las cosas se piden por favor. Eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca. El objetivo es construir una manera de vivir que nos permita progresar sin matarnos unos a otros. Por alguna razón la política, los políticos, lo han olvidado. O les da igual.

Yo no me había parado a pensarlo. No de este modo. Quizá por mi condición de profesional de la propaganda. Es obvio que los partidos buscan la diferenciación desesperadamente, en un entorno de homogeneidad inevitable, y polarizar les ayuda. También a los medios de comunicación, que ya son descaradamente el portavoz de la política, porque crear tensión construye audiencia.

Así que, de algún modo, siempre le he visto la lógica a esta ansiedad por arrojarnos unos contra otros. Una lógica marketiniana. Pero lógica, en el sentido estricto, no tiene mucha. Al final de todo ese esfuerzo vienen los guantazos.

Soy lo suficientemente mayor como para recordar que la política no fue siempre así. De hecho, llamar política a este permanente ejercicio de confrontación es un poco ridículo, porque en principio la política consiste en hablar y acordar con quienes no piensan como tú.

¿Por qué los políticos parecen estar tan interesados en provocar el desastre?

Es posible que la proximidad de nuestra última terrible violencia nos hiciera en el pasado más cautos, más sensatos, más civilizados, más demócratas. Quizá el olvido sea una de las causas de esta deriva funesta.

Si todo el mundo sabe lo que pasará, ¿por qué los políticos parecen estar tan interesados en provocar el desastre? Quizá porque no ven el peligro, o lo minusvaloran. Al final nunca pasa nada. Somos perros ladradores. La gente ya sabe que no lo decimos en serio. O una variante de eso, que tiene sentido: ya no le importamos a nadie, no pasará nada, qué más da. Tal vez esa indiferencia, esa desafección, es precisamente lo que se busca. Que no molestemos, que nos confor­memos.

Cabe pensar en la mera inconsciencia. Que sencillamente no se dan cuenta. Que les parece lo normal. Voy a ver a quién insulto hoy, para que no se crean que soy como él, aunque lo sea. Sería tranquilizador, de alguna manera, del mismo modo que nos tranquilizan las teorías de la conspiración, que son una construcción desesperada de sentido. Nos daría una razón para entender por qué el mundo no funciona: lo gobiernan seres incons­cientes.

Hay otra lectura posible, más inquietante. A lo mejor lo que ocurre es que los políticos son malvados. Buscan provocar ese aquelarre final, esa bronca definitiva. Saben lo que va a ocurrir y lo estimulan. La guerra y la violencia tienen su atractivo, eso es indudable. Devuelven el mundo a una simplicidad brutal, más gobernable. Y siempre puedes ser de los vencedores (o de los perdedores, hay quien vive muy bien de las derrotas).


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Toni Segarra

Pilots carry a drone on a training ground in Kyiv region on February 23, 2024, amid the Russian invasion of Ukraine. (Photo by Genya SAVILOV / AFP)

Por simplificar: ¿es posible que nuestros políticos, en general, se hayan vuelto idiotas?

Yo diría que es más bien al contrario, somos todos nosotros, o casi todos, los que somos idiotas, en el sentido más etimológico, más griego, del término. Idiota viene de idiotes, palabra que designaba al ciudadano privado, y por extensión, al que no
se ocupaba de los asuntos públicos. Los griegos, como es sabido, valoraban en extremo la participación cívica, esencial para la democracia, y el término acabó designando al inútil, al falto de ambición, al inconsecuente, al egoísta, al ignorante, al inmaduro, al indiferente…

Puede que seamos nosotros los que no pasamos de la queja, los que seguimos adelante a pesar de esa bronca, como si no fuera con nosotros, como si no fuera grave. Y quizá no lo es, todavía. Lo será.

Volver a la política, ser menos idiotas, pasaría por elegir a quienes no nos se­paran, a quienes no se insultan. Sería un ­paso.


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Toni Segarra

Walking shadows - Fotografía de stock

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