el falso mito inventado por el franquismo

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En los años 40, en plena posguerra, el hambre se convirtió en la gran preocupación para importantes capas de la población ante la penuria, la subida de precios y la omnipresencia del mercado negro. El franquismo atribuyó la mala situación a la climatología, pues en un país aún eminentemente rural y mayoritariamente seco, la lluvia era extremadamente importante y la escasez de agua, determinante. Fueron los tiempos de la “pertinaz sequía”, un término acuñado por el régimen que se refería a la inusitada y prolongada falta de precipitaciones que estaba causando graves problemas de subsistencia a gran parte de la población. El relato caló tanto que aún hoy se sigue recordando, aunque, en realidad, ese excepcional periodo seco nunca llegó a producirse o al menos no con la severidad que proclamó el régimen.


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El paleoclimatólogo Mariano Barriendos ha reunido una exhaustiva base de datos correspondiente a siglos de precipitaciones y sequías. “Cuando analizamos las cifras de los años 40 no aparece ninguna evidencia de que se produjera un fenómeno de carácter excepcional”, señala, para agregar que en esa década “hubo momentos de menos lluvias de lo normal, pero también lo es que hubo fases y lugares en que se registraron datos por encima de la media”.

Los datos muestran que en los años 40 hubo episodios de sequía, pero también de lluvias por encima de lo normal: nada excepcional

En el mismo sentido se expresa el historiador Miguel Ángel del Arco, coordinador del libro Los años del hambre: historia y memoria de la posguerra franquista (Marcial Pons), al recordar que “las revistas científicas de la época no se refieren a un fenómeno de ese tipo en aquella época”. Simplemente porque, a pesar de que sí hubo períodos secos, no existió una escasez de lluvias tan extrema y prolongada como difundió el régimen.

Sin embargo, “el franquismo –continúa- fue muy eficaz creando mitos que han perdurado en el tiempo, y uno de ellos fue este”. Del Arco ha estudiado el hambre que se produjo tras la Guerra Civil -con picos entre 1939 y 1942 y otro en 1946-, situación para la que el régimen esgrimió diversas explicaciones. Primero fue la destrucción causada por la contienda, más adelante el aislamiento internacional y, cuando, a finales de la década, esos argumentos ya no eran suficientes recurrió la “pertinaz sequía”. El régimen, en suma, utilizaba factores externos para explicar el hambre que sufría buena parte de la población y optaba por no asumir ninguna responsabilidad.

Dos mujeres trapichean en el Madrid de 1940, donde la escasez generalizaba obligaba a recurrir al mercado negro

Dos mujeres trapichean en el Madrid de 1940, donde la escasez generalizaba obligaba a recurrir al mercado negro

Efe

Del Arco sostiene que tras la guerra no hubo simplemente una situación de hambre debido a circunstancias contra las que poco se podía hacer, sino una verdadera hambruna generalizada en amplias zonas de España. “Y la hambruna fue en primer lugar política; afectaba más a las clases bajas que eran las que más habían apoyado a la República, mientras que donde sí había alimentos disponibles era en el mercado negro cuyos precios no todos podían pagar”.

La segunda causa del hambre fue la combinación de la autarquía, la mala gestión económica y la nefasta distribución de la producción agrícola, que en los primeros años de la década, cuando España aún apoyaba abiertamente al Eje, priorizó la exportación de alimentos al III Reich. Algunas estimaciones sitúan en 200.000 personas el exceso de mortalidad durante los años más duros de penuria.

Franco se presentó como un héroe contra la sequía con la construcción de pantanos

El historiador Nicolás Sesma, que acaba de publicar Ni una, ni grande, ni libre (Crítica), coincide en la existencia de una mala gestión y en la importancia de este factor, y añade que tras la guerra hubo una suerte de contrarreforma agraria que dejó desprotegidos a los trabajadores del campo. Eso, unido al incremento de mano de obra a consecuencia del regreso de muchas personas desde las ciudades y la desmovilización militar, causó que los propietarios no vieran necesario invertir en tecnologías para mejorar la productividad, pues había abundantes trabajadores disponibles y a bajo coste.

Este error provocó que la producción del campo fuera inferior a las necesidades de la población. Una consecuencia más de la autarquía, una estrategia cuyos motivos últimos eran tanto de económicos como ideológicos.


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Franco, durante un discurso de inauguración

¿Por qué ha perdurado hasta nuestros días la idea de la “pertinaz sequía”? “Cada país tiene sus obsesiones –explica Sesma- y eso es lo que ocurre con la política del agua en España, con gran parte de su superficie de secano”. En su opinión, primero el franquismo logró transmitir a la población la existencia de una excepcionalmente prolongada y grave sequía cuyas consecuencias condicionaban la vida del país. Y tras crear artificialmente esa ansiedad colectiva, el régimen se presentó como artífice de su solución en forma de decenas de pantanos.

Pero ambas premisas eran falsas, porque la falta de lluvias no fue tan importante como se publicitaba, y porque muchos de los pantanos inaugurados por Franco habían sido en realidad proyectados por la República que en su corta trayectoria no había tenido tiempo de terminarlos. La misma República contra la que se había alzado el dictador

Mussolini, Franco y las ideas que perduran

España no es única por lo que respecta a falsos mitos del pasado que siguen vivos muchas décadas después. Cuando el historiador Nicolás Sesma señala que cada país tiene sus obsesiones históricas, como el agua en el caso español, lo explica también con el ejemplo de Italia. Allí “hay una obsesión por la puntualidad de los trenes y todavía hoy se argumenta que Mussolini logró que los ferrocarriles llegaran a la hora”. Sin embargo, el imaginario fascista estaba construido sobre unos cimientos falsos. La idea de que con el Duce los trenes llegaban a la hora obedece a que a partir de 1931 la ley prohibía toda “ofensa al prestigio del Estado, de la autoridad o del sentimiento de la nación”. Como consecuencia, los medios de comunicación, fuertemente controlados por el fascismo, dejaron de informar de los atrasos en ese servicio de transporte. Si se dejaba de hablar del problema, el problema desaparecía.
En la España franquista los medios de comunicación, desde la prensa al omnipresente No-Do, estaban también fuertemente controlados por el régimen y “con ese monopolio informativo el discurso gubernamental de los terribles efectos de la falta de lluvias y el papel salvador de Franco y sus pantanos caló en la población”, afirma Sesma. Y lo hizo de tal modo que la idea de la “pertinaz sequía” ha perdurado hasta nuestros días.

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