La carga banzai, la temida táctica japonesa en la Segunda Guerra Mundial

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El 28 de mayo de 1943 las fuerzas estadounidenses estaban a punto de culminar la reconquista del archipiélago de las Aleutianas con el asalto a la guarnición japonesa en Chichagof Harbor, en la isla de Attu. El coronel Yasuko Yamasaki decidió no esperar la acometida del enemigo, y, creyendo que así salvaría su honor, preparó un último ataque a la desesperada.

El objetivo japonés era causar tantas bajas como fuera posible y morir luchando contra los estadounidenses. Un asalto frontal a todo o nada. De los 2.300 hombres con los que contaba Yamasaki, solo unos mil estaban en condiciones de combatir. A los que no pudieron unirse a esta ofensiva se les ofreció una pistola para suicidarse o recibir una inyección letal de morfina.


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El asalto comenzó la mañana del 29 de mayo y el factor sorpresa estuvo del lado japonés. Sus soldados rebasaron con facilidad las primeras posiciones enemigas. Los estadounidenses nunca habían visto nada semejante. Pese a ese éxito inicial, los contingentes nipones, presos de una inspiración fanática, avanzaron sin ningún orden, separándose en pequeños grupos. Por su parte, las tropas de EE. UU., una vez recuperadas del asombro inicial, pudieron organizar una mejor línea defensiva.

Una muerte gloriosa

A los estadounidenses les llamaron la atención los gritos de “banzai” que proferían sus enemigos para darse ánimos en aquella acometida sin cuartel. Pese a esa muestra de valor, que parecía de otra época, las armas automáticas norteamericanas acabaron imponiéndose. Al final de la batalla, habían muerto los 2.300 atacantes japoneses y 529 estadounidenses. El último episodio de la reconquista de Attu representó el 40% del total de las bajas niponas sufridas en toda la campaña, librada entre el 11 y el 30 de mayo de 1943.

El ataque en Attu es considerado por muchos historiadores como el momento fundacional de las cargas banzai contra tropas occidentales. Ese tipo de ataque consistía en que los japoneses lanzaban a sus soldados en oleadas, como un último sacrificio para conseguir una muerte gloriosa, preferible a conceder una rendición que consideraban deshonrosa.

Soldados estadounidenses utilizando un mortero contra las tropas japonesas en Attu, 1943.

Soldados estadounidenses utilizando un mortero contra las tropas japonesas en Attu, 1943.

Dominio público

Conviene señalar que el término de “carga banzai” fue acuñado por las tropas aliadas por los mencionados gritos que proferían sus enemigos antes de comenzar los asaltos; en cambio, los militares japoneses jamás lo utilizaron.

El origen de la denominación está en la expresión “tennōheika banzai”, que puede traducirse como “larga vida a su majestad el emperador”. Esa muestra de lealtad al trono del Crisantemo tiene sus orígenes en el siglo VII, aunque con el tiempo cayó en desuso. Se volvió a recuperar en la era Meiji (1868-1912), cuando el Japón que se modernizaba necesitó reforzar la adhesión de su población al soberano.


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La expresión se vinculó a una interpretación un tanto interesada de la tradición samurái del país. Lo cierto es que se romantizó y se exageró cómo estos guerreros habían encarado la muerte en batalla en épocas pasadas para fraguar un ejemplo de sacrificio para los jóvenes reclutas, que iban a combatir en las guerras que libró el Imperio del Sol Naciente en Asia a finales del siglo XIX y principios del XX.

Cuerpo a cuerpo

Con ese clima de creciente militarismo, la fórmula comenzó a utilizarse para celebrar victorias en el campo de batalla o para insuflar valor en las guerras contra China o Rusia. Además, con el tiempo se fue acortando a “banzai”, simplemente.

El nuevo ejército del Japón modernizado favoreció las tácticas de asalto directo para imponerse a sus enemigos, en virtud del exhaustivo entrenamiento y la disciplina de los soldados nipones. La intervención en la rebelión de los bóxers y la guerra contra Rusia (1904-1905) fueron un claro ejemplo de esa manera de combatir.

Soldados japoneses de refuerzo en la guerra contra Rusia, en 1904.

Soldados japoneses de refuerzo en la guerra contra Rusia, en 1904.

Dominio público

Aunque exitosas, esas tácticas pronto demostraron ser muy costosas en vidas, como se vio al intentar asaltar las posiciones rusas fuertemente fortificadas en el asedio de Port Arthur, durante el conflicto de 1904-1905. Pero, aunque fallecieran muchos militares, todavía no habían adquirido el carácter claramente suicida que tendrían cuarenta años después.

Durante las invasiones de China, en los años treinta, las cargas constituyeron un método para intimidar a un enemigo numéricamente superior, pero peor entrenado y sin un armamento sofisticado para trazar posiciones defensivas firmes. Gracias a los asaltos frontales a bayoneta calada, los soldados de Tokio solían hacerse con la victoria.


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La pericia en el combate cuerpo a cuerpo fue también característica de las fuerzas japonesas al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando las hostilidades se extendieron por todo el Pacífico. Por ejemplo, en la campaña de Malasia, a principios de 1942, las tropas de Tokio se impusieron a las unidades del ejército británico, pese a ser inferiores en número en muchas ocasiones.

De igual modo, los estadounidenses tuvieron que hacer frente a asaltos frontales como los de la isla de Makin o en la defensa del aeródromo de Henderson, en Guadalcanal. Aunque, en estos casos, los contingentes norteamericanos fueron más afortunados que sus aliados. Fue precisamente en la campaña de Guadalcanal donde se certificó el cambio de tornas en la guerra del Pacífico, ya que Japón no avanzó más y pasó a estar a la defensiva.

¿Una táctica útil?

Con el nuevo escenario bélico, floreció el adoctrinamiento que había comenzado en la era Meiji y que el Japón militarista de los años treinta había llevado un paso más allá al manipular la herencia samurái. Sus gobiernos ultranacionalistas ahondaron en la idea de que era preferible la muerte antes que una rendición deshonrosa. Además, se convenció a los soldados y oficiales de que, si caían en manos de las tropas aliadas, los torturarían o los ejecutarían, lo que acabó por persuadir a muchos de no dejarse capturar con vida.

La tendencia vista en Attu de combatir hasta el final para intentar causar grandes bajas al enemigo se fue repitiendo en las siguientes batallas, como en el desembarco en el atolón de Tarawa, en noviembre de 1943. Allí, los últimos trescientos defensores se lanzaron a una carga desesperada que fue repelida por la superior potencia de fuego de los marines.

Marines estadounidenses en Tarawa.

Marines estadounidenses en Tarawa.

Cassowary Colorizations/Joel Bellviure / CC BY 2.0

Al margen del discurso de “muerte antes que deshonor”, había algo más tras esos ataques suicidas. Como recuerda Max Hastings en su libro Némesis (Crítica, 2008), las autoridades niponas eran conscientes de que no tenían recursos para derrotar a EE. UU. en el campo de batalla, pero querían imponerle tal coste de bajas por sus victorias que Washington terminara aceptando una negociación para zanjar el conflicto.

La carga banzai más grande de la guerra se produjo durante la batalla de Saipán, en el archipiélago de las Marianas. El 7 de julio de 1944, tras tres semanas de combates, las tropas estadounidenses habían ocupado dos tercios de la isla, acorralando a cuatro mil defensores japoneses. El comandante de ese contingente, el general Yoshitsugu Saitō, consideró que la rendición no era una opción y ordenó una carga banzai en la que también debían participar unos pocos civiles nipones.

El caso de Iwo Jima

El ataque comenzó al amanecer del 7 de julio. Saitō se suicidó poco antes mediante el ritual del seppuku (o harakiri, como es más conocido en Occidente). Se repitió el guion habitual. En un primer momento, las líneas estadounidenses se vieron sorprendidas por la violenta acometida. El asalto se prolongó durante unas quince horas, y muchas posiciones quedaron aisladas ante el empuje japonés, tal como había sucedido en Attu.

Por suerte para las fuerzas norteamericanas, en el sector central del frente se encontraba una unidad de marines que ya había rechazado una carga banzai en Tarawa. Su experiencia fue fundamental para contener la ofensiva japonesa y ganar tiempo para traer refuerzos y recomponer la defensa. Al final del día, cuatro mil japoneses habían fallecido, así como 406 estadounidenses (otros 512 estaban heridos).

Las secuencias vividas en Attu, Tarawa o Saipán fueron una constante a lo largo de las diversas batallas en el Pacífico. Pese a su espectacularidad y su enorme coste en vidas, las cargas banzai no tuvieron ninguna utilidad militar. A nivel estratégico, no sirvieron para forzar la comentada negociación, y, sobre el terreno, tampoco dieron resultados. Podían tener un impacto psicológico sobre los soldados aliados en primera línea que tenían que repelerlas, pero, gracias al entrenamiento y al superior armamento, siempre pudieron rechazarlas.

De hecho, hubo comandantes japoneses que las prohibieron expresamente a sus tropas. Así lo hizo el general Tadamichi Kuribayashi, responsable de la defensa de la isla de Iwo Jima durante febrero y marzo de 1945, que consideraba que era una absurda pérdida de vidas. Sin recurrir al fanatismo, consiguió resistir el asalto estadounidense durante treinta y seis días, cuando los planes de EE. UU. pasaban por lograr la victoria en apenas cinco.

Manchuria, el final

La última carga banzai de la Segunda Guerra Mundial se produjo en el marco de la invasión soviética de Manchuria. El avance de los atacantes fue espectacular, causando grandes bajas a las tropas japonesas del ejército de Kwantung (considerado una formación de élite). Uno de los pocos puntos donde los militares asiáticos plantearon una dura resistencia fue en la ciudad de Mutanchiang (noreste de China).

Allí, pocas horas antes de que el emperador Hirohito anunciara por radio la rendición de Japón, el 15 de agosto de 1945, los últimos soldados que aguantaban la acometida soviética sobre la ciudad lanzaron una carga banzai sin ninguna esperanza, más allá de cumplir con el destino que les habían inculcado.

Vertical

El general MacArthur junto a Hirohito, emperador de Japón.

Terceros

Curiosamente, en el Japón actual se sigue utilizando la expresión “banzai”, aunque con unas connotaciones muy diferentes. En su forma acortada, se traduce literalmente como “diez mil años”, y es una manera de expresar prosperidad o entusiasmo. Otros idiomas asiáticos también tienen vocablos con significados parecidos: “wansui” (chino), “van tue” (vietnamita) o “manse” (coreano).

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