La esclerosis de Zygmunt Baumann

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Mi filósofo favorito y pareja artística, Javier Gomá, fue de los primeros en admitir y reivindicar con orgullo la condición de género literario de la filosofía, replegadas su velas por el avance de la ciencia a un territorio mucho más útil, justo y hermoso que el de pretender disputar a la física subatómica las verdades últimas. Y tal vez la mejor prueba de ese tenor literario de la filosofía es que los filósofos más famosos del mundo lo son por haber dado con una metáfora afortunada para explicarlo todo. Después de todo, una metáfora es poco más que un resumen. 

Mi querido y atribulado Salvoj Zizek, que tan útil resulta en el análisis cultural cuando no lo vence su obsesivo freudianismo, explica la relación promiscua entre la realidad y la ficción, entre verdad y símbolo, mediante la metáfora de la aleación de metales, indivisibles una vez completado el proceso y convertidos en una realidad tercera que no es lo mismo que la suma de las partes. Síntesis de una tesis y una antítesis, que es otra metáfora llamada la dialéctica, que ya usaban los griegos y que en su conformación actual fijó Hegel. El alemán Peter Sloterdijk es famoso por su paradigma del mundo espuma, es decir una suma de burbujas, una metáfora, hay que admitirlo, felicísima por cuanto combina la esfericidad impenetrable del individuo con la tendencia de las pompas a pegarse unas a otras y formar un sistema sin perder su unicidad. 

Del mismo modo, el polaco Zygmunt Baumann se convirtió en superventas mundial el día que explicó que la modernidad era líquida. Tanta fortuna hizo la metáfora que ya nunca pudo salir de ella y a su fundacional Modernidad liquida siguieron Educación líquida, Amor líquido, Miedo líquido, Identidad líquida

La liquidez que Baumann atribuía a la posmodernidad (aunque él nunca usara ese término) se basaba en la hipótesis de que las sociedades humanas transitaban por periodos convulsos y de transformación rápida seguidos de otros estables y duraderos en los que los cambios eran imperceptibles. Esos serían los periodos sólidos de la historia. No importaba que hubiera guerras o cambios en los ejes de poder, porque las costumbres, las tradiciones, los códigos, la estructura social permanecía inmóvil, inalterada. 

Los que no entiendan cómo un periodo puede ser sólido y a la vez vivir grandes convulsiones, solo tienen que ver la extraordinaria serie Shogun, en Disney +, segunda adaptación a televisión de la novela de James Clavell publicada en 1975 y llevada a televisión en 1980 con Richard Chamberlain y Toshiro Mifune como protagonistas.

En esos términos, Baumann postulaba que en la modernidad, nunca se alcanzaba ese estado sólido en el que las sociedades permanecen iguales a sí mismas durante un largo periodo, y que la condición genuina de la modernidad era la liquidez, las sociedades maleables y en permanente transformación de su actividad, sus relaciones económicas, políticas, afectivas y familiares. Para Baumann los conceptos líquidos clave de la modernidad eran emancipación, individualidad, espacio-tiempo, trabajo y comunidad. Es decir, el mundo líquido en el que según el sociólogo y filósofo polaco habitamos viene caracterizado por el cambio social y el individualismo.

Baumann, que murió a los 91 años en 2017, era él mismo un caso de la fluidez que exigió a tantos el siglo XX: judío polaco huido de los nazis hacia el Este, tras la II Guerra Mundial se desempeñó como agente de los servicios de inteligencia de la Polonia comunista que pretendía acabar con la insurgencia nacionalista ucraniana y estudió sociología en Varsovia a la vez que prestaba servicios de espía, pero tuvo que huir del país en los sesenta por las políticas antisemitas de la URSS, si bien él siempre fue un antisionista militante. Tras viajar por medio mundo, acabó instalándose en el Reino Unido, donde se desempeñó veinte años como profesor y publicó sus libros más relevantes. Crítico con las políticas sionistas de Tel Aviv, en 2011 decía que “la opresión y la humillación de Palestino fue, es y será siempre una receta para el terrorismo, no para su erradicación: los extremistas israelíes y palestinos se necesitan mutuamente para sobrevivir, no pueden vivir unos sin los otros”. Bauman fue también uno de los filósofos de referencia, en los noventa, del movimiento antiglobalización.

Dicho lo cual, lo cierto es que tanta liquidez, tanta fluidez en el movimiento de capitales, tanta flexibilidad laboral, no mejoraron la movilidad social, no hicieron sociedades más dinámicas, no aceleraron el ascensor social ni permitieron prosperar a las clases medias. El líquido no dio paso al gas, sino que la circulación coaguló, el dogma neoliberal esclerotizó las estructuras sociales, las clases medias vivieron un hundimiento de su poder adquisitivo por culpa de tanta flexibilidad y fluidez en todo Occidente y hoy la tendencia de todo, de las ciudades, del trabajo por cuenta ajena, de la inversión productiva, de la industria y de la innovación tecnológica funcionan en términos de colapso, de embolia, de trombo. Habitamos a medio camino entre Years and Years y El colapso, entre una ficción inglesa y una francesa.

Los anticoagulantes neoliberales nos condujeron al ictus en 2008 y hoy Occidente entero vive con la secuela, la hemiplegia: la mitad derecha es carne muerta. Y esto no es una metáfora.

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